El sueño de la casa propia


 Hace un par de días mi madre me comentaba que aquí a la vuelta había muerto un señor y que la esposa estaba bastante jodida. Sí, el famoso coñovirus o eso nos quieren hacer creer, pero no es el tema de este texto. Se trababa de un hombre bastante joven, de unos setenta y dos años, que había ido a la costa, se pegó la gripe china y esperó a tener dificultades para respirar para consultar al sistema médico, que como hace con todo el mundo chupa personas medianamente enfermas y las devuelve con las patas hacia adelante.

El caso es que me decía mi madre: —Me contó Fulana (la vecina de al lado) que al Fulano este (el finado, que en paz descanse) lo conocía desde que eran chiquitos y vivían en la villa. Mirá vos, tan nariz parada que era, y había sido que salió de una villa como todos nosotros.

—Y sí —le respondí yo—, pasa que antiguamente en este país era posible con solo trabajar ir comprando un terreno y ladrillo y armarse un chalecito. Había trabajo pero también había crédito para las familias trabajadoras y solo bastaba tener una ocupación fija para poder llegar a concretar “el sueño de la casa propia”.

Entonces nos pusimos a hacer un recuento de lo relativamente fácil que resultaba a nuestros padres y más aún a nuestros abuelos llegar a tener una propiedad una vez llegados a la adultez y con una familia constituida. Antes cada hijo salía de la casa de los padres con su terreno y su casita, por humilde que esta fuera.

Enumeraba mi madre el caso de mi abuelo Nino que se compró en cuotas el terreno en que emplazó la casa en la que aún hoy vive mi abuela, hoy con ochenta y tres años, y contando. También el caso del tío Ito (por Víctor), hermano de mi abuelo, quien se murió a los cuarenta y dos años de un cáncer fulminante en la garganta, dejando a su viuda y sus hijos con terreno y casa propios, a pesar de que siempre fue un changarín.

—Antes el que trabajaba podía pensar en algo propio —le decía yo a mamá—. Yo sé bien que me puedo romper el culo laburando hasta la vejez pero nunca tendré nada que me pertenezca. Mirame, tengo treinta y dos años, trabajé la mitad de mi vida y sigo viviendo aquí, con mi madre y mis hermanos, soy prácticamente una mantenida sin tener perspectiva de salir de aquí. Estudié años en la universidad, cuando tus tíos y tu papá eran prácticamente analfabetos cuando consiguieron tener lo suyo. Y ojo, no estoy diciendo que esté mal lo de ellos, sino que está mal lo mío. Hoy en día los profesionales viven en la pobreza, mientras que los obreros viven directamente en la indigencia.

Entonces me dijo algo que me llamó la atención: —Pasa que en realidad yo creo que aparentemente es verdad que cuando hubo gobiernos llamémosles “peronistas” (lo dice con resquemor, no es lo que se dice peronista), estos dieron facilidades a los pobres para pagarse un terrenito. Lástima que muchas veces pasó eso, que los piojos resucitados se olvidaron y ya ni se acuerdan de que todos salimos de alguna villa.

Entonces me salió la maestra de dentro, que a veces no puedo controlar.

—Es que no existe una política de población seria. Vos fijate que la Argentina es el octavo país del mundo en extensión, si se cuenta solo la plataforma continental, sin la Antártida. Es, más o menos, del mismo tamaño ella sola que todo el continente europeo, pero con la población equivalente a uno de esos países, como por ejemplo España, que tiene el tamaño de una provincia como Buenos Aires o Santa Cruz, pero con una población equivalente a la de toda la Argentina. Es una locura. Pero el caso es que esto no parece ser de una resolución en el corto plazo, y vos fijate cómo vivimos ahora. Siempre que ves a alguien que edifica, ¿dónde es? Construye en la casa de los viejos. Si tiene la suerte de nosotros de tener un terreno grande quizás no viva como perejil en maceta, todos apiñuscados, pero la mayoría sí. O hay que tener un dios aparte como B (mi hermana mayor), de que su marido es hijo único y huérfano. O de L, a quien el exmarido le dejó una casa que construyó en un terreno que le regaló el hermano cuando se fue a vivir al Chaco. ¿Quién carajo te va a regalar un terreno de diez por treinta en los tiempos que corren? Y la tipa tiene la escritura a su nombre y todo. Eso fue un aborto de la naturaleza. Yo sé que jamás voy a poder tener nada mío, ni siquiera un departamento.

—Salvo que te hagas una casita acá.

—Sí, pero no quiero. No quiero vivir toda la vida rodeada de mi madre y mis hermanos, eso es solo para conflictos.

“Casado casa quiere”, dice siempre el Gringo, y tiene razón. Lo que no me atreví a decirle a mi madre es que día a día va creciendo más en mi interior la certeza de que jamás podré aquí, de que indefectiblemente en algún momento tendré que irme de aquí y quizás no regrese.

Es triste, pero la vida se va tornando cada vez más imposible en este tiempo en que a duras penas uno siendo solo, trabajando, puede hacer frente a los alimentos. El día que se lo diga será con pasaporte y pasaje en mano, pero en la mente hay certezas que van enquistándose con la fuerza de una sentencia.

Me gustaría que todo fuera más fácil. Me gustaría que esos gobiernos peronistas de los que ella hablaba como con vergüencita volvieran a hacer felices a los argentinos. Me gustaría que existiera una política activa de poblamiento del territorio y de vivienda para los argentinos. Me gustaría que un argentino con título de doctorado no tuviera que volar al otro lado del océano para procurarse una vejez digna. Me gustaría que un tipo con título de doctorado no tuviera que irse al otro lado del mundo a lavar copas o cuidar viejos, a manejar taxis o a limpiar casas. Me gustaría no haber tenido que ceder dos años de mi vida (por ahora, la cosa va para largo) en común con el hombre a quien amo y sin quien no sé vivir ya para asegurarnos un futuro a ambos y un presente a él que aquí no nos es dado, donde nacimos.

Pero nos expulsa nuestra patria.

A veces pienso que soy la peor, una cipaya, una hija de puta por desear más que la mera supervivencia, por desear formar una familia y procurar a mis hijos un porvenir que no se sepa de antemano plagado de obstáculos, carencias e incertidumbre, aunque ese porvenir deba buscarlo en otras latitudes.

Estoy cansada de vivir en la incertidumbre porque a pesar de la buena voluntad de los Estébanes Bullrich del mundo, no lo disfruto.

Y entonces pienso: es injusto que yo me sienta mal por desear más. Me lo merezco, es mi derecho como ser humano, como ciudadana, como peronista nacida aquí, donde nacieron Perón y Eva. Trabajo desde los dieciséis años, jamás le hice asco a ningún trabajo ni a ningún sacrificio, el primer pantalón que me compré en mi vida y que no me lo “regalaron”, entendiendo por regalo una donación de caridad lo compré con el dinero de mi trabajo a los dieciocho años. Mi primer celular que no me lo donó nadie sino que lo pagué peso sobre peso fue a los veintisiete años. No tuve una ducha caliente dentro de la casa sino hasta hace unos cuatro años. ¿No merezco otra vida?

Deseo desde el fondo de mi corazón que este país al que amo vuelva a ser lo que fue, pero lo veo difícil cuando siete de cada diez niños son pobres, la incertidumbre es la regla, los precios se disparan a cada instante, cada día hay menos puestos de trabajo disponibles y nuestras riquezas se regalan mientras los argentinos padecemos sin que a nadie parezca importarle.

Con todo el dolor del mundo, creo que alguna vez llegará el día en que, pasaporte en mano, deba decirle a mamá: “Si aquí no me es dado hacer un futuro, deberé buscar otro rumbo. Espero volver a verte otra vez y si no te veo, buenos, días, buenas tardes y buenas noches”.

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