(Publicado el 26 de noviembre de 2020)
Es un día extraño.
Hay demasiadas emociones para que le quepan a uno en un solo corazón.
A Diego lo quise mucho. Me costó aceptarlo con sus bemoles, como a uno le cuesta aceptar a los padres, por ejemplo, cuando descubre que son tan humanos como cualquiera. Pero el amor es otra cosa, la gracia del amor es precisamente que uno es capaz de amar a pesar de las imperfecciones y a menudo termina amando las imperfecciones primero y por las imperfecciones después. Ayer, sin ir muy lejos, recordaba con una mezcla de risa y tristeza las últimas palabras que me dijo el abuelo Nino pocos días antes de morir: “Apurate, Rosi, que te van a salir telarañas”. El abuelo era un hombre de los de antes, que creía que una mujer solo puede estar completa si tiene a su lado un macho para que la sirva. Y sin embargo, lo amé con locura, no solo por sus virtudes sino también por esas cosas que lo hacían imperfecto a mis ojos, pero sobre todo, que lo hacían él. Amaba al abuelo Nino —y lo sigo amando— como amo a mi padre y amo a ese gringo de gesto adusto y pocas palabras, que es mi compañero y mi alma gemela. Ninguno es perfecto pero si lo fueran, no serían ellos.
Y el Diego es así.
Es un hombre que salió del barro y llegó a lo más alto, cometió errores y fue endiosado y sin embargo, así, imperfecto, se ganó el corazón de todo un pueblo y el respeto del mundo entero. Por eso lo amé, por eso lo lloro. Porque los pobres de la patria lo lloran, porque ellos fueron felices por él. Hoy un señor sollozaba en la tele, un hombre de rostro curtido, lloraba y decía: “No teníamos para comer, pero lo veíamos por la tele y éramos felices”. Y Diego era eso. Era un soldado de Dios a quien el Padre obsequió una zurda privilegiada para demostrarles a los pobres de la patria que era posible llevar la bandera a lo más alto aún siendo un cabecita. Diego no era un erudito, no destacaba por su conocimiento de la filosofía ni por su “deconstrucción”. Era un hombre más con una zurda privilegiada, solo eso. Y sin embargo logró todo lo que muchos estudiosos intelectuales no logran nunca: ser un ídolo popular sin parangón. Y fue eso porque tenía un buen corazón, que finalmente le falló. Exaltaba los valores que tocan la fibra sensible del alma del pueblo argentino y también sus contradicciones: el terruño, la patria, la humildad, la justicia social, la madre, los hijos, la familia. Pero también las minas, la desmesura, la picardía. Diego era todo… era todos. Lo que todos somos, eso era él y por eso queda un vacío tan grande, una orfandad tan indecible. La soledad irreparable.
Hoy mi compañero me decía que se sentía más solo que nunca. Ni siquiera cuando su madre murió se sintió tan solo, pues ese dolor íntimo que sintió en aquella oportunidad le pertenecía a él, pero este dolor nos pertenece a todos. Le dolía estar lejos y no poder abrazarse con los seres queridos pero también con los millones de compatriotas anónimos que hoy iban a estar sufriendo. Todo tiene que ver con todo. En este momento de orfandad hubiéramos necesitado estar juntos, abrazarnos y decirnos te quiero. Y no poder hacerlo dificulta aún más este tránsito. Uno oscila entre la desesperación, la incredulidad y el shock, sin escalas, en una montaña rusa de emociones contradictorias que se entremezclan y causan náuseas.
En lo particular, Diego era mi papá. No solo por el parecido físico sino por esa chispa, la rapidez de respuesta, el carisma, la personalidad avasallante y leonina. Pero también por los domingos de chiquita viendo a Boca, los abrazos y los videos de archivos de TyC Sports, que papá miraba mientras relataba, contando los nombres de todos los jugadores y los clubes por los que estos habían pasado, aunque nadie lo quisiera escuchar. Cuando papá murió estaba tan perdida como ahora, pero tenía muchos menos años y por lo tanto, mucha menos consciencia de lo que significa la muerte. Por eso un poco estoy duelando a Diego pero también a papá, al abuelo Nino, a mi tío Néstor —un gallina maradoniano— a la niña que fui, a la mujer que soy.
Nunca imaginé que este día llegaría. Tal como pasó con papá. Uno ya pensaba que era omnipotente, inmortal. Uno ya creía que era un punto fijo de la vida, algo inamovible e imperecedero. Llegué a pensar que el Diego —que el Gordo Meza— nos enterraría a todos, pero no. Y ese es su último acto de rebeldía: mostrar a los necios como yo que hay que valorar lo que se tiene mientras dura, porque mañana puede ser tarde.
Nos deja este sentimiento de comunión, el verse en los ojos llorosos del otro y ya entenderse, la complicidad de la tristeza y el amor compartido. Nos deja los goles pero a quienes lo hemos visto jugar poco y nada, nos deja el hombre. Las frases, las anécdotas, la vehemencia con la que defendió tantas causas justas para los pueblos del mundo. El dador de alegrías y de tristeza. Nos deja a sus hijos que son un poco los hijos de todos. Nos deja la contradicción que es parte fundamental del gen argentino.
Se nos fue Diego, nomás.
Pero quedamos los que estamos. Rotos, moquientos, con los ojos enrojecidos y las gargantas destrozadas, pero quedamos. Abracémonos en este día, el mejor homenaje para el hombre que más abrazos generó es estrecharnos con nuestros seres queridos, con fuerza, como gritando un gol.

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