(Publicado el 4 de febrero)
Advertencia: Voy a ser un poco explícita a fines prácticos. Los menores de edad no lean esta publicación. En fin.
Cómo funciona la fisiología del placer en una mujer lesbiana es una pregunta que desde mi experiencia no puedo responder, debo confesar que nunca me he sentido atraída por ninguna mujer y tampoco he experimentado encuentro alguno con una mujer, excepto, naturalmente, conmigo misma.
Lo cierto es que son mentiras, por lo menos en una mujer heterosexual, cada uno de los mitos acerca de la penetración. Lo sé porque soy una mujer heterosexual y debo confesar —no lean los compatriotas religiosos— que a pesar de no estar casada no soy virgen.
Es mentira que duele la primera vez. Es mentira que necesariamente debe doler, es mentira que deba sangrar, es mentira que no podés alcanzar el orgasmo la primera vez. Es mentira que no llegás al orgasmo mediante la penetración vaginal y tan es así que incluso en la soledad las mujeres nos complacemos con los dedos —algunas con elementos contundentes de diversa naturaleza— porque necesitamos hacerlo... No existe punto de comparación entre la sensación que nos provoca la estimulación del clítoris y aquella que sentimos cuando nos llenan por completo. No existe punto de comparación, ¿se entendió? El máximo del placer lo sentimos en compañía del macho heteropatriarcal, cuando este se pierde por completo y a lo bestia allí donde Judas perdió el poncho.
Y déjense de joder con esta sarta de sinsentidos. Están creando un ejército de frígidas y eso no lo podemos permitir.
Nos quieren histéricas y odiando para que no nos emparejemos con un hombre y sigamos en la pelotudez y el onanismo, pero yo sé bien que las mujeres somos muchas veces más capaces de sentir placer que el hombre y que el placer no depende —a veces ni siquiera pasa— por el clítoris. En una buena noche somos capaces de ganarle por seis a uno al hombre y sí, en eso juega mucho la penetración. ¿De verdad creen que las heterosexuales no hemos tenido nunca un orgasmo, o será que creen que mandamos al jefe a hacernos una Manuela todas las veces, o una lenguadita? No. Si pinta, pinta, pero no es la regla general y dejen de confundir a nuestras niñas.
Conozco en persona a más de una jovencita en edad de merecer que teme establecer relaciones con varones por temor a que estos las lastimen. Y quiero llorar. “Nena, estás preparada para sacar una criatura de ahí dentro, ¿te parece que no te van a caber unos veinte centímetros?”.
Es tristísimo lo que están haciendo con la mujer. Es tan triste que me veo obligada a hablar recurrentemente de sexo aunque no debería ser mi principal tópico en el contexto de una crisis terminal de nuestra economía.
Pero, ¿saben qué? Soy plenamente consciente de la degradación de los valores que implica esta sexualidad posmoderna y algo debo hacer para desactivar esta bomba de tiempo que nos está llevando a la ruina.
El hombre posee tan solo dos certezas en la vida: la muerte y el sexo. Todo lo demás lo ignora, pero esas dos variables determinan la actitud del hombre ante la vida —o su ausencia— y lo definen. Por eso de todas las esferas posibles que a fines analíticos uno pueda tomar, la sexualidad es particularmente útil para describir hacia dónde se encamina el ethos de cada sociedad en un momento determinado.
Pero, ¿saben qué? Soy plenamente consciente de la degradación de los valores que implica esta sexualidad posmoderna y algo debo hacer para desactivar esta bomba de tiempo que nos está llevando a la ruina.
El hombre posee tan solo dos certezas en la vida: la muerte y el sexo. Todo lo demás lo ignora, pero esas dos variables determinan la actitud del hombre ante la vida —o su ausencia— y lo definen. Por eso de todas las esferas posibles que a fines analíticos uno pueda tomar, la sexualidad es particularmente útil para describir hacia dónde se encamina el ethos de cada sociedad en un momento determinado.
En esta sociedad globalizada y posmoderna, el modelo de sexualidad ideal es idéntico al de comunidad ideal: una sexualidad mecanizada —en el sentido de mecánica aséptica de sentimientos, aunque también puede implicar el uso de elementos contundentes físicos como sucedáneos del contacto de un otro—, mediatizada, en el mejor de los casos, aislada, llevada a cabo en soledad.
Y es triste que el sentido primigenio de los términos relacionados con la sexualidad se diluya en el uso. Decíamos “cópula” porque implicaba el acoplarse, decíamos “coger” porque implicaba tomar del otro, como brindarse también. Los hermanos hispanos usan “follar” porque el acto simula el movimiento de un fuelle.
Hoy solo nos queda la paja, que además se trasladó al terreno del hastío existencial, aquel que en mis tiempos le llamábamos “fiaca” y todo se entremezcla. Es natural que hasta el sexo te hastíe cuando nunca en la puta vida te dio vuelta como una media un macho que te hiciera poner los ojos en blanco.
O será que como dice uno que yo conozco: “Pasa que a vos te gusta demasiado, Negrita, eso no es normal. Vos sos como el caracol, vas a morir con el bicho adentro”.

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