Profecía autocumplida

Me tomé el trabajo de buscar un texto que yo misma publiqué en marzo de 2020, cuando todo esto del coñovirus era muy confuso y me parecía necesario desensillar hasta que aclarara. Decía yo misma cosas como estas: “Sigo escéptica con este asunto. Entiendo que tiene su seriedad y también celebro las medidas que está tomando el gobierno nacional, sobre todo si ellas redundan en la tranquilidad de la población, que oscila entre la paranoia extrema y la irresponsabilidad extrema.

También entiendo que se trata de una oportunidad como pocas de cerrar culos a fuerza de gestión. En la cancha se ven los pingos, como quien dice. Yo esperaba que se extremaran las medidas más adelante, sobre el pico del invierno y la gripe, porque me inquieta pensar en un país sin actividad económica por meses. Pero reitero: apoyo las medidas preventivas. Siempre que se pueda curar en salud, bienvenido sea”.

Y a trece meses de esas declaraciones veo que no estuvo mal esperar a ver qué pasaba. En ese momento, como ahora, me sentía escéptica respecto del relato oficial acerca de la pandemia. En ese momento como ahora, consideraba que la forma de cerrar culos cuando uno gobierna es a fuerza de gestión, a pijazo limpio, como tiene que ser. Apoyaba, por otra parte, la premisa de que una etapa de aislamiento podía servir para poner lo más a punto posible un sistema de salud que sin lugar a dudas venía enormemente castigado.

Hago todo el prolegómeno para que no venga ninguno a hacerse el sorprendido con mi postura del día de hoy. Llevamos un virtual año y medio de gobierno, del que unos tres meses pasaron dando algunas señales extrañas aunque en medio de un idilio propio de los famosos cien días y luego sobrevino la pandemia, un evento extraordinario que hubiera sido una excelente excusa para llevar adelante reformas extraordinarias, rayanas en lo revolucionario. Pero los resultados están a la vista, tanto de la pandemia como del gobierno: una no parece avecinar el Armagedón a menos como profecía autocumplida, el otro, no lo sabemos, pero a veces se maneja como mono con Gillette.

La Rosario Meza de marzo de 2020 era una mujer que, habiendo votado al oficialismo que en este momento sigue gobernando no tenía elementos para determinar si era el asunto de la gripe del pangolín tan terrorífico como se lo mostraba y tampoco tenía los elementos para determinar si el gobierno estaba a la altura de las circunstancias o no.

Hoy poseo muchos más elementos para observar ambos fenómenos en paralelo, el reto era desensillar hasta que aclarara pero no quedarme dormida sin haber observado nada de lo que pasaba.

Aquí no me interesa conversar acerca del virus ni sobre el sistema de salud ni que me vengan a dar clases de epidemiología, lo que deseo es plasmar someramente mis observaciones al calor de los acontecimientos.

Está claro para cualquiera que quiera ver hoy que la famosa “cuarentena más larga del mundo” no ha servido de gran cosa en lo que a preservar la salud de la población atañe, también está claro que no hay modo de que detrás de la eterna prolongación del estado de excepción debe haber intereses, se nos está adoctrinando demasiado en la aceptación de ese estado, a punto tal que la tan mentada “nueva normalidad” pareciera terminar siendo la naturalización de todos los rasgos que en el comienzo del viaje parecían sacados de la fantasía de un Ray Bradbury. La “nueva normalidad” es la aceptación de los rasgos punitivos de la disidencia, represivos, de la asimilación del estado de vigilancia mutua, en el que además del control social se ejerce la delación entre pares, en el contexto de una sociedad movida por el terror a la muerte y el resentimiento. No hace falta un panóptico cuando todos podemos vigilarnos entre todos, delatarnos, perseguirnos.

A esta altura de los acontecimientos nadie que quiera ver puede negar que sea cual haya sido el origen del virus, sea cual sea su contagiosidad, sea cual sea su letalidad, estamos asistiendo a un experimento de control social que además provoca una enorme concentración de capital, la desaparición de determinadas ramas de actividad de la faz de la tierra o su transformación en actividades de consumo suntuario, exclusivo de la élite. Es evidente que están teniendo lugar un proceso de destrucción del empleo, una reforma laboral de facto y la formación de un ejército de desocupados en disponibilidad para disciplinar a los trabajadores y disuadirlos de toda resistencia. Todas esas son cuestiones que no tienen discusión, están pasando mientras nos hacen números y números de “la pandemia”.

¿Te quedaste sin trabajo? La “pandemia mundial” (que afecta a todos los continentes y latitudes del planeta La Tierra, como me gusta decir a mí, para reforzar la hipérbole). ¿No tenés un mango? La pandemia macrista. Se terminó la discusión política.

¿Pretenden suspender o eliminar unas elecciones de medio término que parecieran venir adversas para el oficialismo? La pandemia. ¿El gobierno ajusta al pueblo y hace macrismo sin Macri? La pandemia. ¿Oficialismo y oposición hacen cada vez mejores migas a la vista de todos, poniendo cada vez más de manifiesto el pacto hegemónico que suscribieron para garantizarles a los poderes fácticos la alternancia entre dos facciones de su proyecto de país, una neoliberal y la otra socialdemócrata? La pandemia. Acá no entiende el que no quiere.

Mientras tanto, el país se torna día por día más invivible. El precio de los alimentos es prohibitivo, no hablemos de medicamentos o vestimenta. Y decime, ¿quién carajo puede estar sano en un ambiente tan hostil? Se nos encierra por “nuestro bien”, privándonos del sustento, de los bienes necesarios para la sobrevivencia, sin expectativas de futuro, angustiados, estresados. ¿Quién no se va a enfermar en un contexto así? El ser humano no es una máquina, tiene una psique, tiene un alma y ambas repercuten de lleno en la salud física.

¿Alguna vez conociste a un paciente oncológico? Yo sí. Cuando los médicos sospechan que puede que tengas cáncer, una de las primeras cosas que te preguntan es si has tenido que atravesar en el último tiempo algún evento o proceso traumático, depresivo o similar. Está demostrada la asociación entre la malasangre, como le llamamos vulgarmente, y determinados tipos de cáncer. El ser humano no es una máquina, el cuerpo responde positivamente a un espíritu medianamente feliz y equilibrado y se enferma en situaciones de estrés. Y eso último no hay que ser un científico para saberlo, basta acordarte de todas las veces que tuviste diarrea o constipación, vómitos o sudoración en una situación de nervios. A mí se me va la voz cuando me pongo nerviosa. Me quedo muda, eh. No me sale una sola palabra, hago fuerza y nada.

Imaginate ser un viejo de setenta u ochenta años cuya única vía de conexión habitual con el mundo exterior sea la tele, a través de la que no parás de escuchar que existe en el aire una amenaza mortal para tu vida, que es muy probable que esa amenaza te mate y a la vez, que esta se trasmite de persona a persona. Tus hijos, tus nietos, la persona que te ayuda te pueden traer la peste y aniquilarte. Imaginate saberte anciano, más frágil que el resto y sentirte vulnerable, a merced de ser alcanzado por el beso de la muerte, propiciado convenientemente por aquellos a quienes amás. Imaginate que pase el tiempo y la supuesta amenaza no ceda, transcurren las semanas y los meses y seguís sin recibir el beso de la muerte, pero tampoco el matecito amistoso, el abrazo sanador, la luz del sol. ¿Cuánto tiempo podés vivir así hasta que tu cuerpo se debilite y elijas, entre morir dentro de una cámara aséptica, completamente aislado del mundo o morir abrazando a quienes amás, esto último?

¿Y qué pasa con los trabajadores? ¿Acaso no tener para comer no debilita la salud? ¿Estar endeudado hasta el cogote no enferma, no saber si el mes que viene no te van a rajar del laburo no tiene ninguna influencia sobre el organismo, acaso eso no debilita?

Todo esto por no hablar de la epidemia de agorafobia, el agravamiento de la condición psíquica de los enfermos mentales e incluso de los pacientes clínicos de patologías médicas independientes de esta nueva fiebre. O de la naturalización del miedo pánico a los gérmenes en niños y adultos, el aumento de la tasa de suicidio, la depresión asociada al encierro… Todo eso, ¿no afecta a la salud?

Y sin embargo aquí estamos, asustados por el “aumento de casos”, sin desconfiar del hecho evidente de que no existe relato disidente de los fenómenos que llegue a penetrar la dura barrera del blindaje mediático de todo el arco ideológico, de “izquierda”, “centro” y “derecha”. No es posible plantear dudas respecto de la gravedad de la situación, la medición de esa situación o el manejo de la misma sin resultar sistemáticamente tachado de conspiranoico, negador del virus o antivacunas.

“Yo no niego que haya que vacunar a la población, simplemente sostengo que estaría bien que el Estado argentino desarrollara su propia vacuna”: antivacunas. “El aparato productivo no va a soportar otro parate, es imprescindible organizar la producción, planificar la oferta y sostener el trabajo”: macrista opositor o trotskista. “Me da pena la epidemia de ollas populares que esta situación significa, quiero un país en que los trabajadores puedan valerse a sí mismos y brindar a sus familias el sustento a través del trabajo”: gorila. “Tuve coronavirus y mi familia también y no hay de qué asustarse, sí cuidarse, pero no entrar en pánico porque el miedo debilita el sistema inmunológico”: negador de la pandemia.

Como se ve, a un año de iniciado este proceso no hay muchas certezas, pero sí hay algo que sobresale: el estado de hostilidad latente, la naturalización de la lucha entre pobres y la concentración de la riqueza de los ricos. La conclusión de la observación de este proceso, a un año de iniciado, no es la mejor: la nueva normalidad que nos dejará el coronavirus será el triunfo máximo del individualismo, la rúbrica de la sociedad de islas. Este experimento, al final, no habrá sido más que una guerra de desgaste entre las élites globales y los pueblos del mundo con la complicidad de los Estados nacionales. Una guerra de desgaste no contra un virus medianamente mortal sino contra los pueblos. El proceso de debilitamiento es la condición previa para que de este proceso el resultado que surja sea una sociedad de supervivientes empobrecidos, seleccionados por ese dios de la muerte que se llama coronavirus, el que dejará vivir solo a los que no se hayan doblegado por el desgaste. Los viejos, los enfermos, los débiles mentales no lograrán llegar a la próxima etapa, pues el terror los debilita y el beso de la muerte se torna en profecía autocumplida. ¿El antídoto? No dejarse debilitar por el relato, no dejarse arrastrar por la dictadura de lo políticamente correcto. Nuestra salvación depende de actos cotidianos de rebeldía, de darnos el permiso de vivir sin miedo. El amor, la fe, el sol, los abrazos, la familia, el ejercicio al aire libre, la oración, la lectura. Todos esos medicamentos son tan importantes como el lavado de manos y ese vicio espantoso de delatar al vecino.


(Publicado el 6 de abril)

 

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