Una aburrida anécdota escolar



Cuando yo era chica, cada escuela se especializaba en una “orientación”, lo que significaba que el currículo de asignaturas que los alumnos cursaban se centraba de alguna manera en alguna área de estudio en específico. Entonces podías tener una escuela con orientación en Ciencias Naturales, en Artes, en Ciencias Exactas, etcétera.


En mi caso particular, me recibí de bachiller en Economía y Gestión de las Organizaciones, una orientación de lo más pedorra que pudiera haber, porque casi todas las materias que cursábamos eran una cagada: sistemas de información contable (SIC), teoría de las organizaciones, economía, proyecto de organización, etcétera. Cosas con nombres raros y aburridísimas.


Pero centrándome en esta última materia, precisamente, una de las pocas cosas de relativo interés que aprendimos fue a manejar una empresa simulada. ¿Y qué es una empresa simulada?, se preguntarán ustedes. Una empresa simulada es una suerte de ejercicio lúdico de administración, en el que los alumnos se reúnen en grupo y fundan una empresa de simulacro que puede ser una sociedad colectiva, una SRL, etcétera, dedicada al comercio. Para ello deben rellenar toda la documentación pertinente al supuesto hecho, desde la inscripción en la AFIP hasta los libros contables relativos a la actividad comercial de la empresa, así como diseñar los catálogos de los productos, el logotipo de la empresa, la gráfica en general, la publicidad y cualesquiera otras imágenes relacionadas con el funcionamiento de una empresa real, solo que todo es de mentiritas, un juego.


Una vez al año, se realizaba una feria de empresas simuladas, de la que participábamos todos los alumnos y el profesorado del colegio, eran invitadas las familias y allí debíamos diseñar un stand de ventas, atender al público y vender nuestras mercancías. Es decir, intercambiábamos dinero de mentira (billetes, pagarés, cheques, pagos con tarjeta de crédito, etcétera, todos de mentiritas) por la nada misma y una factura tipo B que debíamos entregar al consumidor final, guardando los duplicados para más tarde asentar las ventas en nuestros libros contables.


El día de la feria, además, se llevaban adelante unas votaciones, en las que los alumnos de los otros cursos de la escuela, las familias y los profesores elegían la mejor empresa. Entonces no solo nos matábamos por diseñar stands atractivos, sino que queríamos estar a la vanguardia de la publicidad, ofrecer un servicio de atención al cliente de excelencia, proveer una oferta interesante de mercancías, etcétera. El grupo que fuera elegido sería acreedor de un diez como nota final en ambas materias involucradas en el proyecto: SIC y proyecto de organización.


Pero una vez las cosas salieron mal. En términos reales, competíamos solo dos grupos, o ellos o nosotras seríamos acreedores del premio, no había manera de que alguno de los otros grupos fuera electo ganador de la feria, pues ni sus libros estaban en orden, ni sus stands eran atractivos ni en términos generales habían puesto la energía suficiente en el asunto. No tenían cómo competir con mi grupo o el de la famosa vinería.


Ellos vendían vinos, nosotras vendíamos CDs. Habíamos armado un stand con una bola de espejos, luces de colores, música y éramos todas chicas, nos pusimos lindas y sonreíamos mucho. Ellos eran todos chicos, se vistieron de traje y corbata, llevaron un montón de vinos de verdad, caros, y unos copones finos que no sé a quien le habrán robado. Además hicieron una picada y exhibían unos quesos tremendos que les eran entregados a los concurrentes a modo de souvenirs. Los vinos no los abrían, obvio, pero los quesos y los salamines, sí. Tenían un billete invertido, cosa que nosotras no teníamos.


Y en la votación nos rompieron el orto, era obvio. Nos hicieron concha, teníamos todas las de perder. Pero hubo un giro.


El último día del año, luego del acto de despedida, anunciaban el ganador de la feria de empresas simuladas y para sorpresa de todos, la vinería no ganó. ¿Y por qué? Bueno, pues, por empachados.


Lo que pasó fue lo siguiente: estos pavotes “habían vendido” por encima del stock “disponible”, lo que obviamente no estaba permitido.


Es fácil la cosa: cuando vos tenés un almacén y uno viene a comprar pan, no necesitás más que mirar dentro del canasto si hay en existencia un poco de pan para vender. Mirás y ves. Y entonces vendés pan hasta donde te alcanza, cuando el canasto está vacío decís: “No me queda, maestro”. Y listo.


Pero como se trataba de una empresa simulada, es decir, de mentiritas, estos nabos no se dieron cuenta de que habían vendido mucho más de lo que tenían en sus imaginarias bodegas, lo que significó un tremendo descalabro en sus balances.


En mi caso, en cambio, me había tomado el puntilloso trabajo de armar planillas en las que figuraba el número de copias de cada producto. Del disco más demandado declaré convenientemente la compra de unas cien copias, mientras que tenía unas cinco o diez de los discos menos buscados, cosa de poder vender todo de manera inteligente. Así, una vez retirado del stand el comprador, cada una de las vendedoras debía tachar de la cuadrícula el número de ejemplares vendidos, para que a simple vista fuera fácil corroborar que teníamos stock disponible.


Luego, me tomé convenientemente el trabajo de realizar todos los asientos, factura por factura, con el conveniente arqueo de caja, recuento de mercaderías, fichas de stock en mano, con el fin de entregar un balance con ajustes perfectamente ordenado. Naturalmente era yo la contadora oficial de esa empresa, la más traga del grupo, y no dejé nada librado al azar. Lo que no pudieron el dinero y la extorsión por vía de salamines y queso pategrás y parmesano lo pudo el sentido común.


Así mi grupo se ganó el famoso diez y la vinería fue descalificada por las autoridades escolares.


¿Y toda esta aburridísima anécdota de mi deprimente época de colegiala, a qué viene? Bueno, pues, viene a lo siguiente: al día de hoy, siendo ya una señora que peina canas, me sigue sorprendiendo en la peor coyuntura posible la ausencia total de sentido común que manifiestan personas que yo no termino de considerar tontas del todo.


Véase: mis compañeros de la vinería no eran tontos, de hecho eran los más tragas del curso, los galancetes de los que todo el mundo creía que tenían mucho para dar en el mundo empresarial o dondequiera que decidieran hacer carrera. Simplemente no supieron resolver en la práctica algo que a cualquiera que hubiera comprado o vendido algo en su vida no se le hubiera pasado por alto. La práctica supera a la teoría. Ellos puede que se sacaran diez en todas las evaluaciones de SIC, pero en el territorio se mostraron verdes.


Y en la coyuntura actual pasa exactamente lo mismo. Cuando uno oye a personas medianamente formadas que te dicen que el gobierno debería entregar plata a los trabajadores y encerrarlos indefinidamente so pretexto de una contingencia sanitaria se pone de manifiesto esa cualidad de verde, del que no tiene la capacidad para llevar a la práctica la teoría y usar el sentido común.


No hace falta ser un máster en Economía por ninguna universidad extranjera. Con haber comprado o vendido alguna vez en la vida basta para saber que el almacenero vende pan hasta donde le da el canasto. Si no hay bienes en el mercado no hay nada que se pueda vender y los billetes pasan a ser apenas papeles sin valor, como los billetes de las empresas simuladas, que no servían para nada.


Los billetes no se comen, el aire tampoco. Hay que tener sentido común para darse cuenta de que un país que no produce bienes tarde o temprano se va a encontrar en la encrucijada de mis compañeros de la vinería: muchos con plata queriendo comprar, ningún vino en la bodega para vender.


La economía de un país no la mueve el dinero, este es apenas una promesa de intercambio entre bienes: un bien material como un kilo de pan a cambio de un bien inmaterial como una hora, o diez minutos de trabajo. Cuando se paraliza el trabajo se paraliza la producción y por lo tanto, el papel moneda pierde todo su sentido.


Pero no solo eso: además los bienes intercambiables son limitados y si se paraliza la producción el stock tiende a agotarse, lo que a la vez infla los precios para desestimular la demanda.


Y después está la cuestión de la recaudación fiscal: a menos producción y menos comercio menor recaudación por parte del Estado, que comienza a emitir papeles que no sirven ni para limpiarse el culo y aún termina perjudicando a aquellos que no viven de producir nada, ningún bien material, es decir, a los empleados del Estado que en la mayoría de los casos son precisamente quienes vociferan a los gritos por la conveniencia de la cuarentena eterna.


Sin producción y sin trabajo la economía no funciona. La vida real no es una empresa simulada, en Argentina los trabajadores somos víctimas de un gobierno que no está observando una cuestión elemental de sentido común y son sus seguidores enfervorecidos los que no están entendiendo que la plata no se come, lo que se come son los bienes que el trabajo produce.


Sin stock no hay economía. Hay carestía, desabastecimiento, inflación, hambre, destrucción del aparato productivo y de la matriz comercial, anomia. O en el mejor de los casos, si de una empresa simulada se trata, te llevás contabilidad a marzo.


Eso lo aprendí yo a los quince años, ¿por qué es tan difícil que adultos que se creen inteligentes lo comprendan?

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