Algo está por pasar, algo está por venir



Una de mis frases de cabecera es esa de Antonio Gramsci que dice: “El viejo mundo se muere, el nuevo tarda en aparecer y en ese claroscuro surgen los monstruos”. Es concisa, visual e infinitamente profunda, porque se puede aplicar a un sinnúmero de situaciones de la vida sin perder valor de verdad. Claro que yo soy peronista y Gramsci cometió el error de nacer en Italia y no en Argentina y de morirse antes del advenimiento del peronismo, por lo cual muchos compañeros se le enojan a una por reconocerle valor intelectual alguno a un tipo proveniente de una extracción sociocultural distinta al peronismo.

Ese es un pensamiento estrafalario, aunque bien mirada la cosa resulta ser un vicio frecuente. En lo personal puedo decir que me autopercibo en la ignorancia socrática; en el idealismo, platónica; en la conciencia de la naturaleza humana como intrínsecamente política soy aristotélica y en el recurso a la duda como método no dejo de reconocerme cartesiana. También soy capaz de admitir el valor de Maquiavelo (quien, le guste al presidente o no, está más vivo que nunca) y sigo otorgando el beneficio de la duda a Hobbes y a Rousseau a partes iguales. Y no por todo ello me he apartado de ser profundamente humanista, cristiana y deseosa de la justicia social. Esto es, peronista.

Pero hay de todo en la viña del Señor: existe un submundo de peronistas que resultan sectarios en el mal sentido. No en el sentido de apegarse fielmente a la letra de la doctrina peronista, sino que parecerían creer que el peronismo surgió de un repollo y no abrevó en todo un universo de tradiciones filosóficas. En fin, cosas que pasan. El caso es que lo afirme quien lo afirme, aquello de que en el claroscuro surgen los monstruos es cierto y vale para todos los fines de ciclo, tanto para el corto siglo XIX como para el largo siglo XX, como les llamó el extinto Eric Hobsbawm.

Ahora que está comenzando a emerger plenamente el siglo XXI en todo su esplendor, el observador atento tiende a sentirse embargado por esa sensación de extrañeza —o acaso debería llamarla extrañamiento propiamente dicho—, hija de la aparición de toda clase de señales que surgen en todos lados al mismo tiempo y otorgan la impresión de que, al decir de Beto Quantró, un viejo personaje de Diego Capusotto: “Algo está por pasar, algo está por venir”. Desde la operación contra el gobierno de Nicolás Maduro en Venezuela hasta la bravuconería al mejor estilo cowboy de Donald Trump en Groenlandia y Canadá con la aparente venia de Vladímir Putin, pasando por el clima enrarecido en Irán, la inminente revelación de los pormenores de los archivos de Jeffrey Epstein y los incendios intencionales en la Patagonia argentina y chilena, cada uno de los eventos en apariencia aislados parece estar representando una delgada hebra de seda en una trama superior que los contiene a todos y les otorga un sentido integral.

De momento no termina de revelarse el diseño en el tapiz, pero la sensación de que se está tejiendo un escenario novedoso permanece intacta, generando tanta expectativa como el temor reverencial propio de quien no sabe qué carajo esperar. A primera vista pareciera que el mundo se encamina hacia un reparto en tres zonas de influencia —quedando el hemisferio occidental bajo el dominio de los Estados Unidos, Asia y África bajo el ala de China y Europa como apéndice natural de Rusia—, aunque hacer pronósticos resulta arriesgado.

Es que, en paralelo con ese proceso, las señales parecen indicar que la era de los Estados nacionales como instituciones fuertes terminó, para pasar a ser reemplazada por la hegemonía de una auténtica oligarquía aristocrática internacional (la sinarquía de la que hablaba Perón) que se valdría de los Estados como gerentes administradores de la riqueza y no como detentores efectivos e incuestionados del poder político. En ese estado de situación, el advenimiento de un nuevo orden mundial multipolar —o en rigor de verdad, tripartito— podría combinarse por relación de complementariedad con la cristalización del globalismo, respondiendo el reparto del mundo en zonas de influencia a una división entre Estados Nacionales gerentes al modelo de los virreinatos de la época colonial, al mismo tiempo que la élite global profundiza su hegemonía silenciosa, oculta al ojo del observador superficial.

En ese sentido, el viraje en la postura de Donald Trump desde una actitud relativamente “rebelde” hacia la oligarquía financiera internacional durante su primer mandato hacia una sumisión deliberada frente al sionismo en este segundo periodo de gobierno (atentado contra su vida mediante, sumado a los rumores de extorsión judicial derivada de los alcances del affaire Epstein), podría resultar un indicador de cómo la sinarquía internacional se vale de diversos instrumentos para ejercer presión y dominio sobre los llamados “líderes mundiales” —con la posible excepción de un Putin respaldado en una tradición nacionalista propia y en una sociedad homogénea poco permeable a las ideologías foráneas— con el propósito de asegurar para sí la hegemonía global solapada.

En ese posible esquema, los shows de fuegos artificiales en zonas calientes a nivel geopolítico, jugadas aparentemente torpes y todas a la vez, podrían estar haciendo las veces del canto del tero, que grita por un lado y pone los huevos por el otro. Así, a lo bruto y bajo la premisa de que quien mucho abarca poco aprieta, Donald Trump podría estar orientando a la opinión pública dentro y fuera de los Estados Unidos para que finalmente el mundo termine de aceptar la caída del imperio estadounidense desde el lugar de potencia hegemónica global hacia una posición más modesta de primus inter pares en un mundo tripolar.

Los próximos “fracasos” diplomáticos de los Estados Unidos podrían tener, dentro de ese posible escenario, la finalidad de mostrar una actitud de “quise pero no pude” tendiente a justificar el repliegue de la política estadounidense hacia dentro de las fronteras del territorio americano, en una reedición militarizada de la vieja Doctrina Monroe de “América para los americanos” (entendiendo por “América” al continente americano en su totalidad pero por “americanos” a los Estados Unidos). Es la hipótesis de la “Doctrina Donroe”, ese jocoso juego de palabras con el que la prensa internacional bautizó esta reedición de la vieja y conocida Doctrina Monroe a cargo del presidente Donald Trump.

Esta hipótesis explicaría tanto el interés por controlar Venezuela con fines de especulación en torno al precio de los hidrocarburos (y por qué no, para asegurarse una reserva de petróleo casi inexplotada que, aunque más difícil de extraer que aquella que los Estados Unidos explotan en su propio territorio mediante el fracking, de todas maneras nunca viene nada mal) como la intención de anexión de una Groenlandia rica en minerales e ideal para la producción de insumos tecnológicos de relevancia en la era de las telecomunicaciones y la “inteligencia artificial”.

No obstante, a pesar del reciente bautismo de la estrategia atribuyéndole a Trump la ejecución de la cosa (“Don-roe”, por el nombre de pila del presidente), de todos modos es posible rastrear por lo menos desde el periodo de Joe Biden un interés deliberado de los Estados Unidos en incrementar su influencia sobre la totalidad del territorio del continente, interés que se vio reflejado años atrás en el alto perfil que cosechó la exgenerala del Comando Sur del ejército estadounidense, la verborrágica Laura Richardson a quien no le provocaba sonrojo afirmar que los recursos naturales del Cono Sur les pertenecían a los Estados Unidos y resultaban relevantes para su seguridad nacional. En esa continuidad se pone de manifiesto cómo el entramado del poder real tiende a ser independiente de quién ocupe el sillón, los intereses geopolíticos son independientes del muñeco que ponga la cara en la ejecución de la política y en muchos casos la elección (a cargo del poder real, no de los electores) de una figura como “líder mundial” depende directamente de la utilidad de este en el contexto geopolítico. 

Sobre la base de ese presupuesto se comprende entonces el regreso de Trump, personaje cuyos modos campechanos resultan de lo más funcionales a la estrategia de “quise pero no pude”, al tiempo que su relación de respeto mutuo con Putin favorece la negociación a puertas cerradas del reparto del mundo (vamos, que la última reunión entre los dos líderes tuvo lugar nada menos que en Alaska, simbólicamente a un tiro de piedra de la disputada Groenlandia). La actitud entre prescindente y colaboracionista del Kremlin en torno a las cuestiones de Venezuela y Groenlandia parecerían corroborar la hipótesis de acuerdos mutuos de no intervención entre uno y otro líder. “Yo no me meto en Ucrania, vos no te metés en Venezuela y con lo de Groenlandia, si te necesito, te chiflo”.

Y si de monstruos que surgen del claroscuro se trata, el surgimiento de iniciativas como el recientemente fundado “Consejo de la paz” —virtualmente, una reedición de la OTAN en términos continentales— parecerían ir de la mano del interés de los Estados Unidos por asegurarse la sumisión de los representantes políticos en países como el nuestro donde la totalidad de la clase política está alineada (si no en el discurso, por lo menos en la práctica) detrás de la idea de que el sometimiento a la metrópoli resulta inexorable. La presencia de un Javier Milei en las fotos y la firma del acuerdo, con su ya tradicional carita de feliz cumpleaños, no resulta para nada extraña a quien haya estado mirando más o menos el escenario previo.

Lo que coloca a nuestro país en un lugar de precariedad del que difícilmente pueda salirse en el mediano plazo a menos que de las entrañas del pueblo surja (o resurja, como ya lo hizo en 1945) un espíritu verdaderamente revolucionario que venga a cortar de cuajo con los intentos desembozados de la clase política argentina por entregar en bandeja no ya una soberanía que resulta meramente discursiva sino lisa y llanamente el territorio de nuestro país, con todas las riquezas que alberga nuestro suelo incluidas. Porque el descenso de los Estados Unidos desde el rol de potencia hegemónica global hacia uno de gerente del poderío de la élite global en un contexto de multipolaridad relativa significaría necesariamente un recrudecimiento de la injerencia directa en estas latitudes.

Estados Unidos no puede renunciar a su poderío global sin reclamar mayor tributo al que considera históricamente como su “patio trasero”. No puede sencillamente porque la sociedad estadounidense está acostumbrada a unos estándares de vida que los Estados Unidos no podrían sostener de manera autónoma a largo plazo. Las contradicciones internas en una sociedad que ya se encuentra convulsionada son difíciles de pronosticar.

Claro que a todo ese panorama le subyace una voluntad que no se puede nombrar pero que amalgama y explica tanto el giro belicista de Trump en favor de lo que Ike Eisenhower llamó el complejo industrial-militar como las “anomalías climáticas” en la Patagonia, que provocan incendios monumentales y favorecen el consiguiente desplome del valor inmobiliario en territorios riquísimos en recursos estratégicos, cuya compra a manos extranjeras resulta curiosamente favorecida por los sucesivos decretos firmados por Javier Milei. El interés repentino de toda la clase política y los medios de comunicación por dejar del todo aclarado que “teorías de la conspiración” como el llamado Plan Andinia responden al orden de la fantasía antisemita no producen más efecto al observador que la instalación de una duda razonable.

Vistos los hilos a distancia y a pesar de que la trama se niega a aparecer, no deja de existir en el aire un tufillo a fin de era, la sensación más intuitiva que material de que nos encontramos frente al comienzo de un nuevo ciclo que se teje lentamente. En el tiempo iremos observando el diseño, uno que abarcará todos los elementos pero que por estos días apenas nos otorga esa sensación de expectativa, la sensación de que algo está por pasar, algo está por venir. 

No tiene por qué ser algo bueno, sino quizá apenas algo nuevo o acaso similar a cosas vistas en el pasado, pero con una nueva vuelta de rosca. Lo único que nos es dado afirmar es que el mundo como lo hemos conocido parece estar mutando de forma. Eso no es en sí mismo ni bueno ni malo, la ventaja que el observador bienintencionado quizá encuentre en el asunto es que tal vez (y solo tal vez), amanecido este nuevo mundo que se avecina el claroscuro deje de una buena vez de engendrar tanta monstruosidad.

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