Esa maldita pila de platos


 


Imaginemos esta escena: una madre llega por la noche de trabajar. Estuvo desde temprano en la calle, está cansada y tiene hambre, se siente sucia y se quiere duchar, leer un rato o mirar algo en la tele y prepararse para ir a dormir. Pero al llegar se encuentra una pila de platos sucios en la cocina, pegotes de comida por todos lados, vasos y tazas desparramados en la mesa de la cocina y el comedor. En el baño hay una pila de ropa sucia, dentro del lavarropa alguien se olvidó una tanda de ropa limpia que quedó húmeda por horas sin que nadie la pusiera a colgar, hay que lavar todo de nuevo porque el olor a podrido es insoportable.


Y olor a pis hay también ahí, nadie tuvo la decencia de limpiar el inodoro o sacar los papeles sucios acumulados en el tacho. Le duele el vientre, pasa la escobita a la taza del baño y se sienta a orinar ya de peor humor incluso del que tenía cuando salió del trabajo o cuando venía apretada como sardina enlatada en un colectivo atestado, donde le tocaron el culo, la apoyaron y donde estuvo parada como una hora a pesar del dolor de piernas. Era subirse a este bondi y llegar de una vez a casa o esperar quién sabe hasta cuándo a que viniera uno más vacío en el que se pudiera sentar un rato.

“Menos mal que me puse un tampón además de la toallita”, piensa, “porque si no, esto sería un desastre”. Estira la mano, tantea la manija del cajón debajo de la bacha y se encuentra vacía la caja de tampones. Recuerda que solo quedaba uno antes de irse, iba a pasar por el chino a comprar pero lo olvidó completamente. Hace cálculos mentales, quizá a su hija también le llegó el periodo, siempre están más o menos acompasadas. Se termina de lavar y sale, irritada. Hubiera querido darse una ducha e irse directamente a la cama, pero no le queda más remedio que ponerse a lavar los platos si es que quiere comer algo.

La barriga le ruge; a pesar de todo, su cuerpo la obliga a recordar que está viva y tiene necesidades. Al pasar frente al dormitorio de su hija encuentra la puerta entreabierta, en el interior de la habitación la piba está tirada en la cama plácidamente, ni siquiera nota el caos que la rodea, la mugre, el desorden. Toda la casa es un desastre, pero su pieza también. La saluda y la chica no responde, no la oye por los auriculares. Está absorta en su pantalla, vaya uno a saber haciendo qué, hablando con quién (o con quiénes).

La madre entra sin golpear, la toma del hombro, la sacude y la chica se saca por fin los auriculares y la mira de frente, ofuscada por la interrupción. Le contesta con monosílabos y en tono irritado, revoleando los ojos. ¿Comió? Sí. ¿Fue a la escuela? Sí. ¿Su hermano comió? No sabe. “¿Por qué no tendiste la ropa que te dije que había quedado en el lavarropa? Estaba tu uniforme ahí, y la ropa de trabajo de tu papá”. “Ay, no sé. Me olvidé”.

Siempre se olvida, de todo se olvida, nunca es capaz de hacer nada, pendeja desagradecida de mierda. “Ah, pero de contestarles los mensajes a tus amiguitos no te olvidás nunca”, hubiera querido decirle, pero para qué, si es al pedo. Todo lo que le digo le entra por un oído y le sale por el otro. A tu edad nosotros no teníamos ni para comer y vos tenés todo y no sos capaz ni de pasar la escoba, te va a cubrir la mierda y vas a seguir sacándote selfies en pelotas delante del espejo.

Y así son todos los días: levantarse, desayunar a las corridas, llevar al chiquito a la escuela, ir a trabajar, pasarse el día limpiando la mugre de otros a cambio de un sueldo magro que no le alcanza para comprarse ni unas bombachas a fin de mes, volver a casa viajando como el culo y quedarse hasta cualquier hora de la noche limpiando la mugre de otros, gratis. A veces hay algunas variantes: sexo sin inspiración por cumplirle al marido, algún gesto de ternura de vez en cuando o la bendición de saber que hoy él sale temprano y va a cocinar.

También hay días peores. Cada tanto pasa que al llegar se los encuentra levantados pero igualmente en la suya, parecen no ver el chiquero en el que viven, pareciera que si ella no está para decirles lo que tiene que hacer ellos no hacen nada y todo recae sobre sus hombros. Esos días explota, se enfurece y grita, pero ellos no la escuchan. El chiquito se asusta al verla así e intenta hacer algo, pero ella le dice que no, porque no lo hace bien. Está cansada de que no hagan nada y cuando lo hacen, que lo hagan mal.

La hija directamente la deja pagando, le cierra la puerta en la cara y se encierra en su pieza o bien le contesta y eso la enfurece más. Le dice que es una desagradecida, una cómoda de mierda y que más le vale que por lo menos se ponga a estudiar y a levantar las notas, porque ella no piensa seguir manteniendo a una pendeja malcriada e inútil que no sirve para nada.

El marido es un caso aparte, él también está cansado, frustrado y siente que ha fracasado como hombre, como padre, como todo. No reconoce en esa mujer neurótica y sobrepasada a la chica de la que un día se enamoró, todas las veces que insinúa alguna solución al pozo en el que siente que se encuentran a ella le parece que está mal. “¿Por qué no dejás de trabajar así tenés más tiempo para ocuparte de la casa?”. Ella le responde que no, que para empezar, con el sueldo de él no alcanza para nada, pero además ella no quiere vivir ahí encerrada como una esclava. “¿Por qué mejor no dejás vos de trabajar y te hacés cargo por una puta vez en la vida de tu responsabilidad como padre?”. Siente que es injusta, ella tiene que saber muy bien que siempre que él intentó intervenir en la crianza de los chicos ella lo frenó en seco. ¿Y ahora le reclama que es un padre ausente?

Siempre que quise ponerles los puntos me sacó cagando, que era muy bruto, que no les grite, pobrecitos, y ahora se la agarra contra la pendeja que es un sol, no le hace mal a nadie. Quince años tiene, no es justo que la cargues con la responsabilidad de llevar adelante un hogar. ¿No te acordás de lo que eras vos cuando tenías quince años? Cuando los dos teníamos quince años. Nos pasábamos el día en mi pieza besándonos y comiendo la comida que nos preparaba mamá, cagándonos de risa. No te quedaste embarazada cuando todavía estábamos en la secundaria porque Dios es grande pero entonces a vos no te importaba nada, solo yo.

Solo estar conmigo, no podías vivir sin mí, no podías vivir sin esta. ¿Te acordás cómo te encantaba esta? Esa verga que a esta altura siente que ya la tiene de adorno, porque una vez cada muerte de obispo la usa, entre gallos y medianoche, cuando ella se digna recordar que es su mujer. Y pensar que siempre que su compañera en el trabajo le roza la mano o le apoya disimuladamente las tetas en la espalda se hace el boludo como perro que se lo están culiando, porque lo que él quiere no son más problemas, sino soluciones. Y eso que la pendeja esa parte la tierra, pero no vale la pena echar todo a perder por un polvo. ¿Y encima con una mina del laburo? No, amigo, donde se come no se caga.

Desde hace varios días vengo pensando acerca de lo mismo. Es un problema recurrente, aunque muchas veces señalarlo provoca el enojo reactivo, acaso porque a nadie le gusta (a ninguno nos gusta) que nos coloquen de frente un espejo en el que no nos queremos mirar. Pero por ser tan frecuente ese mismo conflicto, considero que alguien debe expresarlo como tal, porque siempre es una pena llegar al extremo de romper de manera definitiva los vínculos afectivos para darse cuenta de dónde uno la pifió.

Y pasa en toda clase de vínculos, lo sé porque en tanto que persona con cierta capacidad para ejercer el don de la palabra, a menudo me vienen a contar su versión de los hechos otros a quienes resulta que les termina pasando más o menos lo mismo y yo, como disco rayado, siempre les digo a todos lo mismo.

En primer lugar, que un puente no se sostiene de un lado solo, no hay forma de que en una relación afectiva (de marido y mujer, de padres e hijos, entre hermanos, entre amigos) la cosa funcione si uno solo pone de su parte. El asunto en realidad es que siempre, la mayoría de las veces, cada uno está poniendo a su manera de su parte, aunque al mismo tiempo cada uno estamos encerrados en nuestra propia celda de enojos, frustraciones y autoconmiseración y no somos capaces de ver por nuestra cuenta lo que está haciendo el otro. Creemos que estamos sosteniendo el puente solos, tan solo por nuestra incapacidad de ver al otro sosteniendo la orilla que le toca.

Entonces una pregunta legítima sería la siguiente: “¿Y vos, qué estás haciendo?”. Pero en serio, sin ofuscarse, sin calentarse. ¿Qué estás poniendo de tu parte? O por lo menos, qué carajo se supone que estás intentando hacer. ¿Cuántas veces damos por hecho que estamos remando solos en dulce de leche sin tomar en cuenta las brazadas de quienquiera que se encuentre a nuestro lado?

Es lógico que la mujer del ejemplo esté harta y se sienta sobrepasada, fracasada e invisible, que sienta que si ella falta el mundo se les viene abajo a todos porque ninguno tiene la capacidad de valerse por sí solo, todos dependen de ella. Y sin embargo nadie la ayuda, nadie le demuestra un mínimo de gratitud, todos la dan por sentada, todos están seguros de que ella siempre estará ahí para solucionarles la vida. Es lógico que se sienta sola o peor: que crea que todos se cagan en ella, que todos los sacrificios que hizo fueron para nada porque a ellos no les interesa más que mirarse el ombligo, son una manga de egoístas.

Pero bien mirada la cosa, ¿hace cuánto que no se comunica con los hijos? ¿Acaso se acuerda de que cuando la hija era apenas una niña de la edad de su hermano, curiosa y con ganas de aprender, le hacía esos desplantes en la cara? “Mami, te hice la cama”. Pero no, porque así no se ponen las sábanas, esto es al revés, dejá, lo hago yo. Por aquel entonces la escoba era demasiado alta y pesada para ella, por lo que siempre dejaba un montón de pelusa debajo del mueble de la cocina y en el comedor y eso la sacaba de quicio.

Además, tardaba una eternidad. Nena, dame esa escoba, que estoy apurada. “Mami, te hice jugo”. Ay, gracias. Pero no, uf, está muy dulce. Muy dulce, muy salado, muy lento, muy desprolijo, muy torcido, muy frío, muy quemado, muy esto, muy aquello. Nunca gracias y ya, nunca bien y ya.

No se trata de buscar buenos y malos porque la vida no es una película de Batman. Tampoco hay que buscar culpables, nadie es juez ni fiscal de la conducta propia y ninguno somos monedita de oro. Se trata de observarnos a nosotros mismos y rastrear qué cosas hicimos para estar donde estamos. Y por eso es legítima la pregunta: ¿Y vos qué estás haciendo, vos qué hiciste hasta ahora? ¿Acaso nos tomamos el trabajo de evaluarnos en nuestras conductas y reconocer cuando nos equivocamos? ¿Acaso somos capaces de mostrarnos vulnerables frente a quienes amamos para pedir ayuda antes de que sea demasiado tarde?

La pila de ropa no se junta en un día, la frustración sexual no se acumula en un día, la indiferencia de los hijos, del marido, de la mujer, del padre, de la madre, del amigo, del otro, no se ganan de un día para el otro. Son procesos de los que todos hacemos parte tanto por acción como por omisión. Tampoco el ejemplo es para que el lector se lo tome personal. Podría haber elegido como protagonista al varón que se mata trabajando y mantiene a una familia, o a la hija sumida en la depresión, o el niño confundido que aún busca la aprobación de una madre a quien parece que nada le viene bien.

O podría haber tomado otra historia y otros personajes y en todos los casos el trasfondo seguiría siendo el mismo: la incapacidad para decirles a los que nos aman lo que necesitamos, para expresar lo que esperamos de ellos y para dejarnos por un rato de jugar a las adivinanzas y a la manipulación. “¿Necesitás algo?”. “No”. Pero ese “no” significa en realidad: “Obviamente que sí, pero, ¿cómo no te das cuenta de todo lo que necesito?”. Y es injusto porque, ¿acaso vos en tu espiral de autoconmiseración y dando por obvio lo que para vos es obvio, no estás ignorando, soslayando o pasando por alto lo que espera el otro, lo que necesita el otro, lo que desea el otro, lo que para el otro es obvio? ¿Por qué no sos sincero, frontal, honesto y te dejás de jueguitos? No estamos para jueguitos, no estamos para adivinar ni para tendernos trampas discursivas; estamos para acompañarnos, jugamos todos para el mismo equipo.

Y que no se nos olvide. El amor es amalgama necesaria para que la familia funcione, pero no es suficiente y se puede terminar. Terminar, olvidar, horadar, soslayar, desgastar. Si no existen la cooperación, el aprendizaje conjunto y sobre todo, la comunicación, el amor no basta. Y muchas veces nos olvidamos de ello. De decir, de afirmar, de mostrar, pero también nos olvidamos de ser dignos de ese amor. No damos el brazo a torcer, creemos que el primer paso lo debe dar el otro, que el otro está en falta. Sin pensar que del otro lado de la cama, en el otro cuarto o en la otra esquina de la casa el otro está pensando lo mismo, está sintiendo lo mismo. También se siente cansado, también se siente imperfecto, también se siente invisible, también se siente frustrado, insuficiente, falible, fracasado, y tampoco da el brazo a torcer, tampoco se muestra vulnerable, tampoco pide ayuda, tampoco te dice lo que necesita.

Así es como se rompe algo que parecía inquebrantable. ¿Te acordás cuando te volvías loco por la sonrisa de esa persona a quien amás? O cuando sentiste por primera vez ese olorcito de tu bebé recién nacido y viste sus deditos apretados, una mano igualita a la tuya pero en miniatura, con esas uñitas moradas y afiladas, perfectas. ¿Te acordás cuando tu mamá era la persona más increíble del mundo, la más graciosa, la más buena, cuando en los brazos de tu papá sentías que nada ni nadie te podía hacer daño, porque allí, en ese lugar tibio te sentías completamente libre, completamente seguro?

Si no te acordás, hacé fuerza por recordar. Y bajá la guardia, todavía estás a tiempo.

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