Hace algunos pocos años sostenía esta premisa: no se puede ser feliz cuando alrededor existen tantos compatriotas, hermanos, prójimos que sufren y padecen toda clase de iniquidades y violencia, carencia y desigualdad. Hasta el día de hoy considero que esa visión tiene cierto sentido. Llamarse a uno mismo cristiano y no sentir en el propio cuerpo el dolor de los semejantes es poco menos que una contradicción ontológica. Y mucho más en tiempos aciagos como estos, en los que cada vez somos más los argentinos que estamos sumidos en una situación de mera supervivencia, remando en dulce de leche todos los días para sacar adelante a nuestras familias sin perder la dignidad en el camino.
Sin embargo, con el tiempo me di cuenta de que se puede aprender a ser feliz y que ello no implica la indiferencia frente al prójimo. No existe una contradicción flagrante entre la felicidad ontológica de quien trabaja todos los días por encontrar un sentido a la existencia y las penurias cotidianas de una vida que a veces se torna cuesta arriba. De hecho, a veces ser feliz es un acto de rebeldía cotidiana, una venganza personal mucho más productiva que el odio, la rabia o la autoconmiseración.
En un mundo de infelices, ser feliz es un acto radical (pero nada que ver con la UCR). Una postura frente a la vida y por qué no, un chiste interno para reírse del ateísmo bobo que supone que a Dios lo hemos inventado para consolarnos a nosotros mismos bajo la promesa de la vida eterna mientras transitamos una vida de miseria. Y como yo me estoy riendo la mayor parte del tiempo de todo y de todos, incluso cayendo en la incorrección política, esa ironía me causa gracia. Desde hace muchos días vengo dando vueltas a esta idea, porque la vida me puso frente a una situación que me encuentra mucho más entera de lo que me hubiera imaginado y me doy cuenta de que ello se debe precisamente a muchos años de haber estado haciendo esa gimnasia, la de aprender a ser feliz. Es un ejemplo como cualquier otro, pero se aplica a todos los órdenes de la vida.
Hace diez años se murió mi gata. No era cualquier gata sino “la” gata, esa que te cambia completamente la vida. Yo tenía quince años cuando ella nació y la tuve once años conmigo. Mínimi. A los pocos meses de nacida nos dimos cuenta de que era ciega, probablemente lo haya sido desde el nacimiento pero no fue sino hasta determinada edad, más intrépida y salidora, que la cosa resultó evidente. Y bueno, pasó lo inevitable. Los gatos tienen eso de seleccionar algún boludo como esclavo y en el caso de Mínimi, me eligió a mí, la más boluda de todas. Era la hija de mi gata Cuba, no la dimos en adopción porque yo la quise (nos quisimos) desde el primer día.
Y qué decir, me enamoré. Estos bichos tienen esa capacidad de obnubilarte completamente, sacarte de vos, enamorarte en éxtasis. Es que tienen todo para enloquecerte: son redondos, suaves, estrujables, huelen bien y su ronroneo te provoca calma. Yo no tengo hijos ni planeo tenerlos, pero no necesito haber parido para saber que en intensidad ese amor tan abnegadamente ciego que uno llega a sentir por un gato solo se puede comparar con esa sensación, la de haber parido y que te entreguen a tu bebé en brazos: hermoso, rosa y fragante a placenta y a vos misma, porque es parte de tu carne.
Así que Mínimi, ciega, siempre aventurera pero frágil, me enseñó todos esos sentimientos que las madres aprenden a los ponchazos sobre la marcha: el amor incondicional, la responsabilidad por una vida que depende enteramente de vos y ese miedo sordo y constante de quien vive con el ¡Jesús! en la boca. Con los años desarrolló asma y alergias alimentarias. Por once años la cuidé como se cuida a un bebé recién nacido: horarios, noches en vela, meos y cagos, lo lindo y lo feo. Una vuelta el ataque de asma fue demasiado para ella. Cuando la llevé a la veterinaria por centésima quincuagésima vez esa misma semana, me esperaba oír lo peor.
Eutanasia, le llaman. Cada tanto aún tengo pesadillas en las que sigo viendo la aguja oscilando. Se la clavaron en el corazón y al comienzo se agitaba con fuerza mientras su cuerpo se aferraba a la vida, para luego ir quedándose más quieta, más quieta. Sus manitos de algodón se crisparon y luego fue todo quietud. Mi muñequita de toda la vida convertida en un trapo, uno que sin embargo besé frenéticamente porque era lo último que me quedaba de ella. Me dijeron que podía quedarme afuera del quirófano pero, ¿cómo la iba a abandonar en ese momento?
Ella nunca me abandonó cuando la necesité. Cuando mi papá se murió era ella la que estaba ahí en mis regazos, la que por meses siguió yendo a llorar a los gritos a su almohada, porque de él fue amiga y lo extrañó tanto, acaso poniendo en palabras (en maullidos desesperados) el desgarro que yo no me atrevía a manifestar para no inquietar a mamá y a mi hermanita, que me necesitaban fuerte. Y los gatos tienen eso, son los mejores compañeros del duelante porque están presentes aunque en silencio, tragando la mufa del sujeto de sus amores, incluso pagando ese milagro de sanación con su propia salud. No sé cómo lo hacen pero así es, ellos absorben todo el dolor humano, físico, mental y espiritual, y te drenan el alma para que puedas seguir adelante cuando ves todo negro.
Y aquellos fueron tiempos negros, qué decir. Perder en ese momento a Mínimi fue un golpe durísimo porque por aquel tiempo ella no era una mascota: era mi ayudante terapéutica, mi sostén emocional y mi jefa. Todo mi día estaba organizado en torno a ella, a sus necesidades, a su salud. Abandoné por etapas mis estudios y me las ingeniaba para trabajar solo porque necesitaba la plata, pero por ella lo hubiera largado todo, porque así me sentía. Sentía que era capaz de dar literalmente mi vida por aquella criatura de Dios, de pelito de plata suave como el plumón.
Pobrecita. Claramente la del problema era yo y no ella, aquel fue el punto más bajo de mi vida. Empecé a tener ataques de pánico, pensamientos intrusivos y algunos intentos medio torpes de suicidio. No sé si me quería morir, lo que quería era dejar de sufrir. Era infeliz, pero debo reconocer hoy, con el diario del lunes, que era deliberadamente infeliz. Uno a veces se embala en su miseria, rumiando, sintiendo pena por uno mismo y quizá en el fondo un poco de lealtad mal dirigida, suponiendo que dejar de estar hundido en la mierda es una especie de traición hacia sus muertos, como si no morirse uno con ellos fuera lo mismo que olvidarlos. Y en ese contexto lo encontré a él. O me encontró, o Dios me lo mandó o no sé. Fede. No sé qué cosa pudo haber encontrado de atractiva o atrayente en esa versión de mí. No tengo la menor idea, pero qué me importa.
Es obvio por qué me enamoré de él pero lo inverosímil es que él se enamoró de mí y aquí estamos. Una década completa ha pasado y lo que sea que haya obrado como intercesor entre los dos aún nos mantiene unidos. “Por sus frutos los conoceréis”, digo siempre. Como él mismo suele decir, cuando estás cerca, de las rosas como de la mierda, el olorcito se te pega. Uno se da cuenta conociendo a una persona en profundidad en su habla cotidiana, en su manera de proceder, en sus reacciones ante los eventos que la vida va presentando, de si la persona en cuestión tiene un núcleo de contención que la sostiene y la enriquece, la ayuda a crecer y (por cursi que suene) si la hace sentir amada.
En diez años pasé de querer matarme a ser una defensora radical de la felicidad como acto de rebeldía ante la vida, como una venganza personal. Uno no enciende una lámpara para tenerla metida dentro de un cajón, cuando uno anda cerca de las rosas el olorcito se le pega. Hay personas que aunque te esfuerces por deprimirte igual te levantan, su influjo es tal que la mera presencia ya te hace sentir que sos importante, que tenés una misión en el mundo y que por el solo hecho de merecer su amor ya estás recibiendo una caricia de Dios. “Si esta persona me ama, es porque Dios me ama. Porque Dios puso a esta persona en mi camino. Y si Dios me ama, ¿cómo no voy a ser feliz?”.
Es un ejercicio pleno de lógica, como se ve.
Claro que no fue todo rosas ni tampoco color de rosa, cualquiera que me conozca sabe que esa etapa del exilio fue toda una afrenta para mí. El tipo estaba lejos y mi cuerpo lo extrañaba, era como si me estuviera sobrando la mitad de la cama y faltando la mitad del corazón. Pero la sobreviví porque a pesar de la distancia física nuestras almas seguían funcionando juntas. Leo esto y me da un poco de arcadas. Hay dos cosas que me provocan intolerancia gastrointestinal: lo impostado y lo cursi. Acá parece haber lo segundo, aunque por lealtad con la verdad no puedo usar otro lenguaje para describir las cosas, estoy siendo quirúrgicamente precisa.
Porque así era. Encontrar a quien te sostenga incluso cuando el problema tuyo es la distancia con esa misma persona que te sostiene es no simplemente un milagro, es un aborto de la naturaleza.
Y ahora me está pasando esto otro, siempre digo medio en joda medio en serio que sin gatos no existen los escritores. Como yo soy un poco escritora mental, aunque en la práctica no pase de escribidora, necesito un gato. Y ahí está Clemente, mi viejito bebé. Hace diez años, cuando estábamos con Mínimi en la misma etapa que ahora con Clem la sola idea de su muerte ya me provocaba náuseas, me enfermaba físicamente. Ahora, en cambio, no me pasa lo mismo. Y no es que ame a Clemente menos de lo que amaba a Mínimi, lo que sucede es que en el medio pasaron diez años enteros de un trabajo duro, que se manifiesta en el ejercicio radical y cotidiano de haber aprendido a ser feliz.
Ser feliz a pesar de todo y de todos, ser feliz por el solo hecho de que puedo y de que serlo constituye una pequeña victoria diaria, una gimnasia de autovalidación —acaso un poco soberbia o por lo menos orgullosa— y una vendetta personal frente al mundo, frente al Maligno y a sus servidores. Una vez el hombre me preguntó si yo era feliz y le respondí que no, que no tenía ningún motivo para serlo. Me respondió visiblemente herido, se notó que le había dolido la resolución con la que yo afirmaba aquello. “Entonces acá estoy pintado como una pared”. Le pregunté sardónicamente si por su parte él era feliz, si es que aquello se podía “ser” y no meramente “estar”, por rachas y de a fogonazos.
Me dijo que sí, que por supuesto. Y luego me hizo un inventario de mil razones por las que él era feliz y otras mil por las que debería serlo yo. Me dijo que era una lástima que no supiese ver todas las bendiciones que me rodeaban… incluido él. O peor: si las veía y aun así me empecinaba en ser una desgraciada era porque en el fondo no le estaba otorgando valor a nada. Fue como un cachetazo, uno de esos bien dados a tiempo, que más que dolerte te acomodan las ideas. Tenía razón.
Yo, que toda la vida había sido enseñada a creer que no es posible y hasta es tonto decir así abiertamente “soy feliz”, a quien habían enseñado a sentir que la felicidad no es un rasgo inalienable de la condición humana sino apenas un estado transitorio de relativa paz o tranquilidad cercana a la alegría, me sentí estúpida. Me sentí ingrata, sentí que debí llegar a ese momento de mi vida adulta para comprender que había vivido equivocada.
A partir de ese día empecé con la rutina. Como si me hubiera anotado para ir al gimnasio, pero acá se entrena el espíritu. Todos los días hay que repasar la lista, agradecer por cada uno de los elementos en ella y así, de a poco, aprender a ser feliz. Desaprender a ser infeliz y aprender a ser feliz. Es duro. Trabajoso. Agotador. Pero precisamente por ello vale la pena. Los seres humanos tendemos a ignorar el valor de las cosas hasta que nos toca obtenerlas, trabajar por ellas y conservarlas en buen estado. Y si es agotador es porque el mundo se las ingenia para cagarte la vida aunque sea un rato al día.
Uno va al supermercado y vuelve del orto, mira el noticiero y se engrana, sale a caminar y se encuentra a una pareja de viejitos recogiendo de la basura unas hojitas mustias de apio con las que seguramente prepararán un caldo. ¿Cómo puede uno ser feliz en medio de tanta injusticia?
Día a día ves que tu abuela ya no reconoce a nadie, está rígida por el Alzheimer. Tu mamá se peleó con la hermana y no puede ir a visitar a la madre en su lecho de muerte. Tu gato, a quien amás como solo se puede amar a un gato, se está empezando a morir. Lo ves, lo sentís, es inminente. Pueden ser días, semanas o a lo sumo un año, pero su muerte se acerca, lo sabés muy bien porque no sos idiota y ves las señales.
Las recaídas gastrointestinales de las que cada vez le resulta más difícil salir, el pelito encanecido, las patitas flacas, la pancita arrugada y esa lentitud que vos sabés que solo otorga la edad, porque el espíritu es el mismo de siempre. Hay que ser un cínico o un forro para que eso no te afecte.
Y te afecta, porque quizá seas un poco cínico por deporte y bastante forro, pero de piedra no sos. Te afecta y por momentos te estruja el corazón. Te hace pensar en el paso del tiempo, en la finitud y en que no existen los finales completamente felices, el “Y vivieron felices por siempre” se rompe, se matiza y hasta se puede ir bien a la mierda cuando el primero de los dos se muere. Y entonces ahí tiene que notarse la gimnasia, ahí se ve si realmente el músculo se tonificó o si era pura pose para Instagram, frente al espejo y con mancuernas. Ahí se nota si uno realmente aprendió a ser feliz, o si solo está haciéndose el superado mientras en el fondo sigue siendo la misma piba enferma de tristeza que dejó en manos de una pobre gata que no tenía la culpa de nada la poca cordura que le quedaba, la que le impedía tirarse cualquier día a las vías del tren.
Funciona (y menos mal, porque de eso se trata madurar).
Se puede salir de esa espiral de autoconmiseración y empezar a ver el lado luminoso de la vida sin negar que el mundo se empecina en ser bastante choto. Estamos en febrero, con motivo de la fantochada esta de San Valentín ayer Diosito me dio una de esas cachetadas inesperadas que te acomodan las ideas y lo hizo en la forma de un video viral que se cruzó mientras scrolleaba las redes sociales. A un viejito le preguntaban cómo sería su cita ideal por el Día de los Enamorados y él respondía que no existe cita ideal porque la chica con la que él querría tener una cita ya no está. Olga, se llamaba. Olgui. Salió de la operación pero una bacteria se la llevó igual. Y dijo esto, que me golpeó con la fuerza de un rayo y me desarmó por completo mi postura anticupido y Grinch de San Valentín, porque él no estaba impostando nada, no estaba sobreactuando, él estaba amando de verdad. “Hoy le voy a llevar flores al cementerio y a pensar en ella todo el día”. Lo decía sonriendo. El amor es eso, aprender a ser feliz es eso. “Tuvimos momentos buenos, momentos malos, momentos regulares y otros normales, pero siempre estuvimos juntos”.
¿Y qué más se necesita que eso? Nada. Estar juntos, reconocerse en el otro (en el que sea que nos rodee; nuestra pareja, nuestros hermanos, nuestros amigos, nuestro gato, nuestro perro o el vecino; el que sea, siempre y cuando no sea nuestro bastón ni nuestra muleta, sino nuestro compañero de ruta). Reconocerse, saberse amado y merecer el amor. Nada más. Eso no se contradice con el sufrimiento que es inherente al ser humano, ni con la injusticia que es la regla en el mundo.
Desde el mismo momento en que nos dotó del libre albedrío Dios nos dio la llave para transitar este mundo que nosotros mismos como especie nos arreglamos para convertir en inhabitable. Ser felices es una decisión, una actitud ética, estética y política frente a la vida. Y no estoy descubriendo el agua tibia, ya el finado Jauretche nos enseñó: “El arte de nuestros enemigos es desmoralizar, entristecer a los pueblos. Los pueblos deprimidos no vencen. Por eso venimos a combatir por el país alegremente. Nada grande se puede hacer con la tristeza”.
Sin superioridad moral sino desde las costras del que atravesó los espinos, puedo decir que aprendí la lección. Puedo, como el señor del video, sonreír incluso cuando pienso en la inminencia de esa muerte que se avecina, pensando no en el viejito que tengo en frente sino en el gatito que fue, en todas las veces que nos reímos juntos a lo largo de los últimos catorce años. Puedo decir “Este es mi compañero de vida” y no “Es mi ayudante terapéutico, mi muleta espiritual”. Puedo porque aprendí a ser feliz.
Y lo mismo con el hombre, que fue el que me enseñó. No lo necesito para vivir ni tampoco para ser feliz, solo lo amo, solo lo deseo y deseo que sea parte de mi vida para siempre, porque ahora hay músculo para prescindir de las muletas. Ojalá así sea, ojalá sea de esos “Y vivieron felices para siempre” que solo se terminan con la muerte y no con la ruptura. Pero si no lo es, igual sé que ya me enseñó la lección más importante de la vida, me enseñó a ser feliz como postura radical de rebeldía frente a un mundo donde la infelicidad y la injusticia son la norma. Con esa sola lección ya me salvó la vida.
Y si estas torpes líneas llegan a hacer lo propio con alguien, con un solo lector, ya daré por justificada mi obra. No digo que pretendo salvarle la vida a nadie, solo espero que si vos estás leyendo esto y sentís que no podés ser feliz porque la vida no coopera, igualmente podés serlo como un acto de protesta permanente, nomás por llevar la contra. Es bastante más difícil que hundirse en la propia miseria, pero por eso mismo vale la pena. Y al fin y al cabo, nadie dijo que sería fácil.

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