Hay una película de M. Night Shyamalan que de adolescente solía mirar bastante seguido con mi hermana. Y cuando digo “mi hermana” así nomás a secas, siempre me estoy refiriendo a la misma, la que es menor que yo, aunque tenga otros cuatro hermanos mayores. El tema no está en el hecho de que sea hermana, sino que sea “mía”. Pero vayamos por partes, como Jack el Destripador. Porque quiero antes que nada hablar de la película, La dama en el agua.
No sé si es de las favoritas de la audiencia, pero creo que a nosotras nos gustaba esa idea que subyace a toda la historia, la idea de que estamos donde estamos por algo y para algo, incluso a costa de nuestra propia voluntad. La cuestión es que merece la anécdota, porque hace pocos días recordé un episodio que me marcó para siempre, pero para comprenderlo, el lector tiene que conocer algo de esa historia.
La película se ambienta en un complejo de departamentos y tiene por protagonista a Cleveland —el señor Heep—, un hombre solitario y con claros rasgos obsesivo-compulsivos que trabaja como conserje, manteniendo el orden y la limpieza de todo el edificio, pero en especial de la piscina. Un buen día (o una noche), Cleveland se encuentra en el complejo con Story, una chica de aspecto frágil, empapada, desnuda, herida y desorientada. Nadie la conoce y nadie sabe de dónde vino. El hombre siente pena por ella y decide ayudarla, aunque en el camino nos iremos enterando de que Story no es una chica como cualquier otra.
Es una narf, una ninfa del agua que se desvió de su camino y a quien Cleveland debe ayudar a regresar a su mundo con la intervención de todos los vecinos del lugar. Así, el conserje logra comprender que todos están allí por algo y que su misión conjunta los convoca. Incluso lo inexplicable, lo inenarrable, lo doloroso y lo que en un comienzo no se entendía convergen hacia el hoy y hacia este nosotros que hemos construido, acaso de manera fortuita. Y de esa manera, ayudando a Story mediante la cooperación de todos esos virtuales desconocidos que él creía ni lo junaban, Cleveland sana sus propias heridas y vuelve a ser lo que había nacido para ser: un hombre que cuida, que sana y cuya misión en la vida es esa. Curar a otros.
Story madura de golpe también y a pesar de sentirse frágil e incapaz, logra reconocerse en su ser y aceptar el rol que el destino le asignó, uno que ella jamás hubiera elegido por su propia cuenta. Pero entre todo ese mundo de emociones también está la magia y no es casual, porque de creer para ver es que se trata todo esto. Usando su capacidad para predecir el futuro, Story llega a vaticinarle al escritorsucho del edificio cómo será su vida, dónde lo llevará la vocación del decidor.
Este personaje lleva un tiempo escribiendo un libro al que llama “Libro de cocina” (The Cookbook) y que para él no tiene la mayor relevancia, aunque él no puede parar de escribir, como si fuera un autómata. Story le revela que un día terminará ese libro y que este cambiará el mundo, aunque no necesariamente para bien del escritor. Por las palabras contenidas en ese texto lo matarán, pero su muerte no será en vano. El hombre acepta el vaticinio con la calma de quien ya se la veía venir y a pesar de todo, sigue escribiendo. Es su sino, lo que tiene que hacer. Y él cumple su responsabilidad incluso a sabiendas del destino que ese deber le depara.
Es una imagen fuerte la del mártir, no a cualquiera le asignaríamos ese rol. Hay una vieja canción que dice: “A todos los hombres que nacieron para salvar un país, los mataron”. Ahí se ve con claridad lo que implica eso de arremangarse por una causa: el mártir no se salva a sí mismo, sino que se sacrifica por todos. Y resulta que ya siendo mayores, años después me tocó volver a cruzarme con esa imagen del Cookbook, en un contexto que nada tiene que ver con el cine.
Era Navidad, la última Navidad que pasamos juntas mis hermanas, mi mamá y yo (las dos hermanas que siempre están acá, las que no tienen sus propias familias con las que pasar las fiestas), el año antes de que la chiquita se fuera a vivir a Finlandia. Y por pasar el rato, a la mayor se le ocurrió que jugáramos un juego de mesa que por entonces estaba de moda, que se llama “Con eso no se jode”. Es un juego de mal gusto donde gana básicamente el que menos escrúpulos tenga (no desde lo práctico, sino desde lo hipotético, claro está).
A esas cosas gano siempre yo, porque cuando no estoy practicando el chiste verde, el humor negro —o más bien, renegrido— es mi especialidad. ¿Tengo que decir que soy capaz de matar a mi madre, a mi abuela o a mi gato para ganar? Lo hago, qué carajo me importa. Lo importante es ganar y cagarse de risa un rato y como para la maldad tengo imaginación, (“I’m the school bully,/ the classroom cheat/, the nastiest playfriend/ You’re ever gonna meet”. Gracias, Pete Townshend, por describirme con tanta precisión) bueno, obviamente venía dándoles una paliza a las tres. La única que tenía chances de empatarme era ella, la chiquita.
Y entonces en un momento le tocó elegir entre que yo quedara viva o alguna de las otras dos, era fundamental para ganar el juego. Le tocaba “matar” a una para poder tomar la delantera y ella, por supuesto, hizo lo que tenía que hacer, me mató. Pero no está ahí la revelación, sino en la muerte que me dio. Podía haber elegido un cáncer fulminante o que me pisara un coche (lo que hubiera explicado lo prematuro de mi muerte y por qué, en el contexto del juego, me moría yo antes que nuestra madre, por ejemplo). De hecho, en otra ronda yo había hecho precisamente eso; apelando a la lógica preferí matar a mamá de un derrame cerebral mientras dormía que darle muerte a ella, la más chiquita.
Lógico, rápido y sin dolor. Pero ella no, ella me dio una muerte épica. Dijo que un texto que yo escribiría, un Cookbook, causaría que otros me persiguieran y me dieran muerte. No tuvo que explicar la referencia, todas la entendimos. Y fue todo un shock para mí, ese día me di cuenta de que a pesar de que nunca me lo había dicho, para ella mi palabra tenía (o podía llegar a tener) un peso específico. Fue una especie de epifanía, debo decir. Ese día me impuse a mí misma la tarea de estar a la altura de su imaginación.
No me refiero a escribir un libro revolucionario (para qué, si para eso ya estuvo Perón) ni a morir por una causa, pero sí a desempolvar el oficio y escribir siempre desde el corazón, aunque la vida se me vaya en eso. En esto entra otra canción que a ustedes seguro no les gusta, porque la escribió un comunista:
Si tu sino es cantar, cántalo todo:
tu camisa, tu patio, tu salud.
Si tú debes cantar de cualquier modo,
canta bien, con virtud,
pero ¡Ay, amor!, ¡Ay, amor!
Canta siempre de corazón.
Si tu sino es arder, arde con todo:
tu camisa, tu patio, tu salud.
Si tú debes arder de cualquier modo,
arde bien, con virtud,
pero ¡Ay, amor! ¡Ay, amor!
No te quemes el corazón.
Pero tiene sentido, porque se trata de encontrar el equilibrio. Uno debe hacer lo que deba, siempre, hasta las últimas consecuencias y dando todo de sí aun a costa de su propia salud, pero debe hacerlo siempre bajo la condición de no perder la ternura y no inmolarse por una causa que no vale la pena. La figura de Pedro crucificado patas arriba tiene su encanto, pero porque sabemos que el sacrificio de Pedro tuvo sentido.
Él no se hizo crucificar cabeza abajo para hacerse ver, por creerse mejor que nadie ni por llamar la atención, lo hizo porque se supo en todo momento indigno de recibir la misma muerte que Aquel que había dado su vida por la redención de la humanidad. La nobleza es uno de los elementos que distinguen el sacrificio de la performance.
Esa especie de brújula que constituye la aceptación de lo que Dios le asignó a uno como tarea cobra sentido solo cuando la tarea en cuestión no depende de la propia voluntad, sino de las propias capacidades, las herramientas con las que uno cuenta y la historia que lo trajo hasta aquí.
No sin derrotas ni sin flaquezas, claro. Pedro negó tres veces al Señor, al fin y al cabo. Pero después de esa claudicación entregó su vida primero, para solo al final ganarse el derecho a entregar su muerte. Podría haberse colgado de una higuera y su muerte no hubiera tenido sentido. Para muestra, un botón.
El caso es que resulta significativo el episodio porque no cualquier persona me dijo que mi palabra era importante: a su manera enrevesada y lateral, me lo dijo mi hermana. Y ahí volvemos al comienzo. Por qué antes que hermana es mía, por qué el “permiso” para escribir debía provenir de ella. Cuando éramos chiquitas las dos, recuerdo que mi papá siempre tuvo la mala costumbre de dejarme a cargo de ella, entonces en determinado momento se le hizo costumbre y me seguía a todas partes, como ahora hace el perro Fabio (que mientras tipeo duerme a mis pies).
No me la podía sacar de encima, incluso cuando llegado un punto yo ya estaba completamente en otra y lo menos que quería era estar escuchando a mi hermanita menor. Yo ya tenía el corazón más cerca del clítoris que del cerebro, estaba pensando en corpiños push-up, en caminatas felinas y en la mirada penetrante de mi profesor de Lengua, pero mi hermana me seguía a todas partes, siempre para preguntarme cosas. “Rosario, ¿cómo se divide por dos cifras?”, “¿Cómo se escribe tal cosa?”, “¿Qué significa ‘The cat is under the table’?”, ¿Qué son las mitocondrias, cuál es la capital de Tucumán?
Qué es, cómo se hace, cómo se dice, cómo pasó, cuándo. ¿Me explicás? Era agotador. Y entonces recuerdo que en determinado momento empecé a apelar a esa crueldad tan propia de los adolescentes tempranos y le decía: “Fulanita, no soy una enciclopedia”. O si no: “¿Sabés cuántas veces me ayudaron a mí a hacer mi tarea? Ninguna. Buscá en el diccionario”. Y no era que no supiera, era que no le quería explicar.
Era mala, cuando éramos chicas fui muy mala. No lo digo a título condenatorio, lo digo como descripción. Yo no tenía la culpa de que papá no tuviera trabajo y viviera de mal humor, sin ganas de tener que aguantarnos, de que mamá tuviera que trabajar como una desgraciada y entonces me mandaran a mí a cuidar de mi hermanita. No tenía la culpa de esa responsabilidad tan grande que me encajaron, aunque no lo hayan hecho con maldad. Yo tampoco lo hacía con maldad, pero lo hacía. Las circunstancias nos habían arrojado a eso.
Papá no era un mal tipo pero obraba mal, mamá no era una mala mina pero no estaba y yo no era una mala niña, pero le hacía maldades. Y toda esa crueldad se me vino encima cuando fui creciendo, en la forma de una culpa que aún hoy no me puedo terminar de sacar. Papá se murió un día y nos dejó a todos en pelotas. Mamá entonces tuvo que repartirse entre seguir laburando como una negra para darnos de comer y su propio duelo y entonces sí, por fin, concienzudamente me tocó hacerme cargo de esa piba que se había quedado más sola que nadie. Por eso digo que más que hermana es mía, porque un poco fue mi hija.
Y en ese contexto, un día me empezó a pedir que leyera sus textos. Quería una opinión sincera, aunque le molestaban un poco las correcciones. Estaba buscando alguien que tuviera la capacidad de ejercer la crítica objetiva de manera de ayudarla a mejorar. Era muy buena. Siempre le envidié su imaginación, la capacidad de crear mundos. Usando materiales que tenía a la mano, sí (Lord Byron, Mary Shelley, Mozart o Beethoven, esos eran los materiales de su narrativa) pero con esa habilidad para generar universos que yo no tuve nunca, en la reputísima vida.
Pero no, no era envidia. Era admiración. Le admiraba la imaginación, la veta para la ficción, pero también la libertad, eso que yo no gozaba. Porque desde que tuve uso de razón, yo sentí que mi lugar en la vida eran las palabras. Y sin embargo me callaba. Cuántas veces escribí textos que releía y tiraba a la basura porque no servían, porque eran malos, una porquería. Y la sola idea de que otra persona los leyera me daba asco, vergüenza, porque yo no era perfecta y no me daba permiso para errar. Pero ella, en cambio, te entregaba sus textos en crudo sin el menor pudor, era libre de equivocarse a plena luz del día y no pasaba nada. Y tenía madera, se le notaba. Aunque con los años dejó el oficio, por esa promiscuidad intelectual de ella, que siempre prueba todas las actividades y siempre hace todo bien, pero nunca se casa con ninguna.
Yo, en cambio, nunca fui así, no me salía todo bien. Me gusta la música pero no canto bien, me gusta el arte pictórico pero no sé dibujar, me encanta la literatura pero jamás tuve imaginación. Desde siempre quise ser escritora pero, qué lo parió, me faltaba el talento. Me faltaba el arte, pero las palabras estaban ahí. Entonces fue que sobrevino el repliegue. Durante muchos años estuve sin escribir una palabra.
Me convencí a mí misma de que “lo mío” era la docencia, bajo la premisa de Dewey Finn de que los que no lo logran, lo enseñan y los que no pueden enseñar, enseñan educación física. Si no vieron Escuela de rock, se las recomiendo, se trata acerca de un tipo perdido, que quiere ser estrella de rock pero por esos caminos de la vida termina descubriendo que nació para ser maestro, un maestro de rock.
Y yo al revés, me tiré de cabeza a la docencia creyendo que la cosa iba por ahí, pero no. Así como alguien me dijo “Usted es peronista de toda la vida, ch’amiga, aunque no se haya querido dar cuenta”, de la misma manera siempre fui escribidora, aunque no me haya dado el permiso de ejercer. Y ese “permiso”, si se quiere, me lo dio mi hermana cuando me dijo aquello del Cookbook. Fue una especie de epifanía, fue Dios hablando a través de la única persona a quien yo necesitaba escuchar. Por eso fue tan profundo para mí.
Ese día sentí que estaba donde tenía que estar, como Cleveland ahí para salvar a Story. Quizá no soy una escritora florida como Borges con su Aleph, tampoco soy el mago que sueña un hombre como en “Las ruinas circulares”.
No estoy aquí para crear mundos, pero quizá mi lugar sea otro: mi destino es escribir a pesar de todo. Describir el mundo que ya está, estudiarlo, dimensionarlo y diseccionarlo con el propósito de conservarlo, de cuidarlo. No estoy para enseñar en el sentido del maestro que se siente sabio e instruye, sino en el sentido de quien enseñando, muestra. Sin sentirse superior, ni especial ni sabio, sino apenas reconociendo en su limitación el propio don de la palabra. Fue verdaderamente aliviador.
El día que ella me dijo aquello fue como si Dios me dijera “Vos también estás para esto”. No porque mi hermana fuese una autoridad literaria, sino porque era la persona por quien elegí dejar de escribir (por lo menos intentarlo), para no hacerle sombra. Dios me dijo a través suyo que mi lugar era otro. Y entonces me sentí vista.
Por mi hermana a quien tantas veces le concedí tanto por este amor tan enorme y culposo que le profeso, un amor que las palabras no consiguen expresar, pero también por Dios. Porque fue entonces cuando terminé de entender que los milagros ocurren todos los días, que no suelen tener la forma de eventos megacósmicos con caída de fuego y apertura de mares, sino que se manifiestan a través de las pequeñas cosas. Dios está ahí, en los pequeños detalles.
Dios está en la risa de un bebé, en la anécdota guarra del abuelo Nino o en la palabra juguetona de una hermana rebelde que también supo estar bastante perdida en la vida. Cuando uno cree empieza a ver y no porque uno sea un estúpido, un conformista o un místico, sino precisamente porque no lo es.
¿Qué otra cosa más que una inteligencia suprema que teje nuestros destinos puede subyacer al hecho de que a pesar de nuestros esfuerzos las cosas a veces nos salgan como el culo? El demiurgo está ahí, está soñándonos como el mago de Borges y si eso es así, es porque nos ve. Y asignándonos roles en la vida, nos ama.
¿Por qué Dios nos asignaría tareas en la vida si no confiara en que somos capaces de cumplirlas? No hay epifanía más fuerte que esa, la de sentirse no observado sino visto por Dios. Sentir que te ve, confía en vos y te coloca donde estás para que hagas lo que tenés que hacer. A veces te abre puertas, otras veces te cierra algunas para que no vayas por donde no te correspondía. Pero si sabés observar las señales, te está guiando siempre.
Ese es el milagro más grande de la vida y por eso, ante todo, hay que creer para ver. El día que uno escucha a Dios hablando a través de los labios de aquellos a quienes ama, descubre que aunque los planes no se le cumplan como uno los pensó, igualmente Él tiene planes para uno.
Solo hay que rendirse, agradecer los dones, asumir la tarea y seguir. Sea escribir, curar, construir casas o vender fruta, sin conformismo pero sin la soberbia de creerse omnipotente, si estás acá y no ahí donde creíste que ibas a estar, seguro es porque Dios te puso ahí para algo. En algún momento, si aprendés a leer los milagros cotidianos, vas a averiguar para qué. Y ese día, vas a lograr la paz. Sé que suena a sarasa, pero lo digo por experiencia.

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