Siempre tuve la mala costumbre de ver miles de veces las películas de dibujitos y de ellas a fuerza de repetición me sé de memoria todos los diálogos, a punto tal que en el habla cotidiana suelo utilizar frases de películas como si fueran parte de mi refranero personal. Y una de esas películas que miro una vez cada tanto es ‘Los Increíbles’, la que, siendo de dibujitos, resulta ser también una de mis favoritas de superhéroes.
Ahí el conflicto es interesante: qué pasaría si de un día para el otro los individuos tuvieran que renegar sistemáticamente de sus superpoderes, coaccionados por un Estado que los prohíbe para no hacerse cargo de los costos de mantenimiento de la estructura burocrática superheroica. Así, Robert Parr —antiguamente conocido como “Mr. Increíble”—, un exsuperhéroe frustrado por haber tenido que abandonar sus días de gloria, se ve obligado a mantener su identidad secreta como única identidad, fingiendo ser una persona ordinaria, de las que nacemos sin superpoderes.
La familia Parr, compuesta por la esposa de Bob y tres hijos, se encuentra en la misma situación que el hombre proveedor: todos simulan ser normales aunque en rigor de verdad son extraordinarios y viven presos de una existencia que los reprime, pues en un mundo que ha prohibido a los súper, tener poderes puede resultar peligroso. Y en ese contexto Dash, el hijo del medio, un niño algo presumido y con mucha energía sin canalizar, le ruega a su mamá que le permita competir en los torneos de atletismo de la escuela y salir campeón aunque sea una sola vez. Pero Helen le dice que no puede hacerlo, porque su desempeño en la pista sería tan fuera de escala que todo el mundo se daría cuenta de sus superpoderes. “Todo el mundo es especial”, le dice Helen, dando a entender que no necesita destacarse en el deporte para ser él mismo. Y el niño, frustrado, le responde: “Es otra manera de decir que nadie lo es”.
Toda la película juega con esa idea. De hecho, el villano mismo coincide con ella. De niño era un fanático seguidor de Mr. Increíble, pero al verse rechazado por el héroe debido a su torpeza y su ausencia de superpoderes, el malo de la película decidió dedicarse a crear máquinas que simulan las capacidades físicas de los súper, con la finalidad de otorgar a los individuos normales acceso a las características exageradas de los superhombres, incluso habiendo nacido sin poderes. “Cuando todos sean súper, nadie va a ser”, afirma Síndrome.
Y con el tema del sexo pasa lo mismo, es el mismo principio. En la actualidad el sexo ocupa todos los espacios, está en todos lados, es prácticamente una deidad omnipresente que el individuo posmoderno glorifica y venera. Pero al mismo tiempo, está tan despersonalizado como experiencia que no atraviesa a nadie, es tan abarcativo que no abarca nada, es tan hiperbólico que resulta impostado, es tan sobreactuado que no se termina de vivenciar. Como todo es sexo, nada lo es.
Las redes sociales son apenas una ventana donde el fenómeno se observa, aunque se manifiesta en todas partes. Basta caminar un rato por los barrios del Conurbano bonaerense y prestar atención a las músicas que los vecinos escuchan a todo volumen para observar que el sexo no está simplemente representado por las formas más rudimentarias de la cultura popular, sino que resulta abiertamente sobrerrepresentado. En cualquier vereda se puede ver a las niñas escolares “perreando” sin que a los adultos sanos les preocupe la cosa, aunque seguramente el hecho servirá como material de masturbación a los adultos enfermos, que los hay y en todas partes.
Y claro, cómo habrían los adultos de sentirse abrumados por el comportamiento precozmente sexualizado de los niños si ellos mismos se encuentran inmersos en la misma dinámica. Las madres de familia se toman fotos provocativas que postean en redes sociales a cambio de unos cuantos likes, las jóvenes intercambian ‘nudes’ como mercancía con varones a quienes apenas conocen, en pago por acceso a cuentas de Netflix… Cuando directamente no “venden contenido” (eufemismo para la prostitución virtual) para no tener que trabajar.
El mandato parece ser más fuerte en mujeres que en varones, pero sea como sea, “la que va” ahora es ser sexy a como dé lugar, incluso a costa de la propia dignidad. O incluso a costa del propio placer. El individuo posmoderno se olvida de perderse en su deseo en un momento de intimidad porque indefectiblemente se ve impelido a espectacularizar la intimidad. Si no media una cámara que registre el momento, el momento en sí pierde sentido. Así como el individuo debe acordarse de sacarle una foto a su desayuno, a su recorrido en bicicleta, al espejo del gimnasio, a su oficina, a su cena, a la cancha donde va a mirar deporte, al teatro donde mira una obra, al restaurante donde come, a todo, debe también acordarse de sacar la foto “cuidada” del acto sexual.
Si hay foto hay video y si no hay foto no hubo experiencia. El mundo es Instagram y lo que no se muestra en Instagram, no sucedió. En el fondo, la hipersexualización no deja de ser una impostura más, una farsa que obliga al individuo a imponerse una “intimidad” muy entre comillas, explosiva y pública, que en muchos casos choca de lleno con la vida interna real de los sujetos individuales y de la vida en pareja. Así, las mayorías se dividen entre quienes efectivamente se hacen eco de la demanda de espectacularización de todos los aspectos de la vida, incluido el sexo, y quienes sufren un extrañamiento total frente a esa demanda y se terminan apagando completamente.
No es extraño conversar con parejas jóvenes que afirman tener sexo cada muerte de obispo. No tienen ganas siquiera, en muchos casos porque el vértigo de la vida moderna los tiene tan a mal traer que les drena el deseo por completo, en otros casos porque tienen ganas pero no se sienten “a la altura” del desafío. Sus cuerpos no son retratables, no se parecen a Pampita, a Anto Roccuzzo o a Luciano Castro y no se sienten “sexys”. No es que no deseen a la persona con quien se encuentran, afirman, pero de todas formas no tienen energías para entregarse libremente al deseo dejando de lado por unos instantes las responsabilidades de la vida adulta.
En el fondo, por escasez o por sobreabundancia, lo que opera es una mediatización de la sexualidad que impide a los individuos abandonarse ante una experiencia que, bien atravesada, constituye la válvula de escape por antonomasia de los microconflictos internos a la pareja y la argamasa que mejor sostiene el vínculo entre hombre y mujer. El individuo posmoderno llegó a un estado tal de mecanización de la intimidad, que ya no hace el amor y ni siquiera coge, sino que apenas se masturba.
Se masturba genitalmente, bombardeado por estímulos que le exigen descarga inmediata como la pornografía o las redes sociales, se masturba mentalmente consumiendo contenido basura por internet o se masturba sexualmente durante el coito, con el cuerpo de un otro que forma parte de la escena como por accidente. El otro podría no estar ahí y la experiencia no se perdería de mucho, pues lo que interesa no es el tránsito sino el resultado: un orgasmo opaco que no moviliza el espíritu ni repara el sueño, mucho menos cultiva la ternura y afianza el amor entre los amantes.
Cuando todo se sexualiza, nada es erótico. El sexo se presenta como espectacular, mecánico y explosivo. Salpica semen, sudor y squirt, pero deja a su paso un tendal de heridos: sujetos que no sienten al término del acto más que una descarga física y un vacío emocional rayano en la desazón. En el mejor de los casos, claro. En el peor de los casos no hay squirt y no hay sudor, sino apenas cumplimiento de los “deberes” sexuales. Y la nada misma.
Es que al igual que el arte, el sexo nos define como una especie única. Somos la única especie en la que existe la sexualidad como una estructura distinta del mandato genético de la reproducción. Incluso en otras especies animales donde las prácticas sexuales no tienen como única finalidad la reproducción sino la socialización o el establecimiento de jerarquías (como en algunos primates y seamos sinceros, cualquiera que tenga perros y gatos sabe que en ellos el sexo no siempre implica la reproducción) no existe el erotismo como tal, ese que inspiró a los poetas a escribir sonetos. Pero en la actualidad, ¿qué lugar hay para el galanteo y el erotismo, si este no se puede registrar en las redes sociales?
Las miradas, los roces, la respiración que cambia con la cercanía del otro. La lectura de las señales no verbales de otro sujeto cuando tiene ganitas y sus ganitas disparan las propias, que se manifiestan en la piel erizada y cosquillas allí, donde Judas perdió el poncho. Ese grado de intimidad que solo se logra con el conocimiento profundo, en el día a día, en una convivencia que aún se da el permiso de perderse en sí misma, dejando un rato de lado el reloj, las cuentas, la gotera del techo y la obligación de ser “instagrameables”.
Pero la vida posmoderna, en su liquidez y su tendencia a la falsa eficiencia, la rapidez y la eliminación de la intimidad como instancia de construcción de vínculos estrechos entre los seres humanos ha eliminado de nuestro menú de experiencias todo rastro de espiritualidad asociada con el sexo, de ahí la desazón que reina el alma luego de esos encontronazos ásperos, eventuales y torpes que llamamos hacer el amor. El principal órgano sexual, el cerebro, está tan sobrecargado que una sexualidad sana duele, como el clítoris cuando se lo frota con demasiada fuerza. Y el resultado es la frustración, la misma que Dash sentía por no poder practicar deportes a su manera, libremente y sin las ataduras de la represión.
El sexo bien entendido, al igual que el amor bien practicado, demora tiempo, esfuerzo, trabajo y entrega. Implica conocer al otro e involucrarse con él, en sus necesidades y en su placer, pero también en las propias necesidades y el propio placer. Implica diálogo. Diálogo de discursos y diálogo de cuerpos. Leer al otro y dejarse leer, entregarse en la desnudez más absoluta —no física sino espiritual— para dejarse atravesar de lado a lado. No en el sentido chabacano de la genitalidad, sino en el sentido trascendente del encuentro de dos almas. Y nada de eso se puede presumir en Instagram porque todo eso es abstracto y debe ser íntimo, solo de dos. Cuando todo es sexual nada es erótico y cuando nada es erótico, al final, no distamos mucho de relacionarnos de la misma manera que lo hacen los animalitos.
La posmodernidad líquida, en ese sentido, nos está deshumanizando. La hipersexualidad deserotizante es apenas una arista más de un proceso que se manifiesta en todos los campos de la vida. Lo que nos hace únicos y nos distingue de las demás criaturas de Dios se está yendo por la canaleta de una existencia que nos exige eficiencia, espectacularidad y rendimiento en desmedro de nuestra propia satisfacción incluso en el plano de las relaciones interpersonales, robándonos nuestro legítimo derecho a ser impredecibles, vulnerables, juguetones y por qué no, suaves, lentos. Intensos pero sin mostrarlo, perdidos en la experiencia, perdidos en el otro y olvidando por una puta vez que existen las cámaras, que existe el mundo y que les debemos rendir cuentas a cientos de desconocidos que nos observan y que se toman nuestras experiencias más íntimas como un snack cerebral que consumirán con avidez los tres minutos que, al scrollear, nos vean de pasadas.
Tal vez, solo tal vez, una forma de oponerse al sistema tan buena como cualquier otra sea volver a tomar el cuerpo como un templo y volver a deificar no el sexo sino el amor, no la genitalidad sino la espiritualidad y no la pornografización de la vida sino la intimidad, como un tesoro que solo les pertenece a aquellos con quienes hemos decidido compartirla. Sí, sé que yo soy una pacata y que me quedé varada en el siglo XVIII, en las novelas de Jane Austen y Charlotte Brontë, pero qué sé yo.
No lo digo viendo el asunto desde fuera. Ya pasé por mi etapa de “rebeldía” consistente en considerar el sexo como una transacción mecánica entre sujetos y con el tiempo, me sorprendí a mí misma sintiéndome plena recién cuando regresé al ideal anticuado del “amor romántico” como fundamento de un erotismo que no degrada al sujeto sino que lo expande, lo mejora. Y, por qué negarlo, ahora soy feliz. A pesar de las cuentas, de las goteras, de los kilos de más y solo por entregarme a la experiencia de amar a un hombre y poco más. Verdaderamente, se los recomiendo.

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