Ya conté esto muchas veces, pero como diría Mirtha, el público se renueva.
Hace justo dos semanas murió mi abuela Cándida. Por cuestiones familiares que no vienen al caso estuve sin verla todo el último año de su vida, tampoco estuve en su funeral aunque la quise mucho y no paro de recordarla. Era de esas personas ni buenas ni malas, sino incorregibles, que uno llega a querer a pesar de sí mismas.
En los últimos años estuvo peleada con Dios, después Él en su infinita misericordia le otorgó como don el Alzheimer para que no la estuvieran atormentando siempre sus recuerdos dolorosos. Pero para mí es inevitable asociar la época de Pascua con la abuela, porque de chiquita, cuando aún vivía con ella, siempre asistíamos a los oficios religiosos y ella guardaba un protocolo bastante estricto en respeto de Nuestro Señor.
Me gustaba mucho la misa del sábado, cuando el cura enciende con el cirio pascual las velitas que los feligreses llevan cantando: “Esta es la luz de Cristo, yo la haré brillar. Brillará, brillará sin cesar”. Recuerdo muchas de esas misas y también la procesión por el barrio, era todo un acontecimiento. Había un misterio ahí que me conmovía en lo más íntimo y que ahora siendo grande le puedo poner palabras: era esa mezcla de luto y gratitud por el Cristo que se entregó a sí mismo como un cordero para el perdón de nuestros pecados.
Lamentablemente como a casi todos nosotros, ese amor reverencial y la sensación de magia que me invadía cuando iba a misa siendo niña se fue diluyendo con los años, hasta que un día no fui más. Me creía demasiado inteligente para hacer parte de esa clase de supersticiones. Qué tontos somos cuando somos adolescentes, por fortuna la juventud es una enfermedad que se cura con el tiempo. Me perdí décadas de estar cerca de Dios por la estupidez de haberme dejado llevar por el progresismo estupidizante. Pero volvamos a la abuela.
El caso es que yo me alejé de esa magia antes que ella, pero igualmente se me quedó implantada en el corazón como uno de esos recuerdos que, pase lo que pase, siempre vuelven. Todo vuelve a mí recurrentemente: la luz tenue de las velas, el sonido de las voces cantando, la luna llena que iluminaba la iglesia a oscuras, el tacto frágil de la mano de la abuela sosteniendo la mía. Parecía hecha de papel de seda, arrugadita, pequeña y huesuda, pero siempre cálida y suave. Y su perfume.
Los aromas siempre han tenido esa capacidad de generar en mí recuerdos mucho más vívidos que aquellos evocados a través de otros sentidos. La piel, los ojos y los oídos no tienen tanta memoria como la nariz. Y la abuela siempre fue fanática de su perfume, que siempre usaba el mismo. Uno de esos chipre ambarados de antes, dulce y penetrante, que ni loca podría ponerme yo porque me haría doler la cabeza, pero que al mismo tiempo no puedo dejar de recordar con cariño porque me la trae a ella.
Y a mí la Pascua me huele a la abuela. Años atrás me tocó encontrarme frente a frente con uno de esos momentos en los que te toca vivir una epifanía sin siquiera desearlo. Empecé a vender cosméticos por catálogo (si hay miseria que no se note) y en una de esas, como premio por las ventas de Natura me llegó un perfume que no está disponible más que como una edición limitada, una vez cada muerte de obispo. Pero a mí me lo regalaron, así que lo abrí y por supuesto, me lo quedé. Es el perfume que ahora siempre uso el domingo de Pascua.
Se llama “Química de Humor” y me golpeó tanto en lo afectivo precisamente porque condensa todas las sensaciones que me provocaban esos fines de semana largos de mi primera infancia. Una salida cítrica y frutal con grosellas negras, que siempre me recuerdan a las uvas. El cuerpo es envolvente, de vainilla, azúcar y algo ligeramente alicorado. Jazmines y azahares. El fondo es amaderado y especiado, de sándalo, miel y mirra. Tal cual olían mis Pascuas de antes.
En la iglesia siempre estaban esas esencias: el sándalo de los rosarios, la cera de los atriles y las especias, mirra e incienso. En casa estaba lo otro. Porque la abuela siempre hacía esos pasteles que nunca más volví a probar. Ella no amasaba roscones ni empanadas de vigilia, en Pascua en la casa de mi abuela siempre hemos comido pasteles. Ella los rellenaba con esa mezcla fragante de pan rallado con ralladura de limón, vainilla, azahar y vino, dulce de membrillo y azúcar. Todos los ingredientes de mi perfume.
El día que sentí esa fragancia por primera vez lloré, porque es abrumador a veces verse a uno mismo de frente con un pasado que no hay manera de que vuelva. Me conmovió mucho y me hizo sentir que a pesar de estar en las sombras del olvido, la abuela Cándida estaba ahí, en mis memorias y en mi fe.
Porque en definitiva es eso lo que me enseñó la abuela, más allá de la pasión por los aromas: me enseñó a sentir la presencia de Dios en los rituales religiosos. Yo después por muchos años me olvidé de eso, aburrida como me sentía en misas que no tenían nada de especiales para mí. Pero esas misas de mi primera infancia no las olvido nunca porque en mi inocencia yo entonces era capaz no de reflexionar pero sí de vivenciar el verdadero sentido de la festividad.
No es moco de pavo dar la vida por toda la humanidad, no es moco de pavo vencer a la muerte. Hubo uno solo que lo logró y su sacrificio fue el que hoy me permite estar en paz sabiendo que la abuela ya descansa. Sufrió mucho en vida, seguramente purgó alguna que otra cosa, pero al final, se fue en paz. Si alguno de los que estamos vivos le quedamos debiendo algo, eso ya lo tiene que determinar Dios pero ella pagó todo y se fue en paz.
Se fue pero vive un poco. Vive en la fe que me enseñó a cultivar, vive en los recuerdos que guardo de ella, vive en mi perfume y en las flores que recuerdo. En Semana Santa vive más que nunca porque no paro nunca de recordarla. Mamá también la recuerda y seguramente otros habrá que también, cada uno con sus propias memorias y sus anécdotas particulares.
Siempre digo que a Cristo hay que honrarlo intentado todos los días estar a la altura de su sacrificio. No corresponde que nos digamos a nosotros mismos “Ojalá Jesús hubiera zafado, si se hubiera convertido en pájaro y hubiera volado no hubiera tenido que pasar por el Calvario”. Porque Él eligió cumplir su mandato para redimirnos a todos. “¡Aléjate de mí, Satanás!”, le dijo Jesús a Pedro cuando este insinuó que no hacía falta subir a Jerusalén.
Él sufrió por nosotros y ahora a nosotros nos queda la responsabilidad de estar a la altura de ese amor infinito que nos prodigó. La abuela descansa en paz gracias a Él. Y yo la recuerdo siempre como el aroma de mi niñez.

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