Lo que los argentinos deberíamos aprender del pueblo iraní





Aunque rodeado de un halo de exotismo y misterio a nuestros ojos adoctrinados en la cosmovisión occidental, el pueblo iraní puede resultar apasionante como caso de estudio a quien se detenga a observarlo despojándose previamente de las anteojeras ideológicas, incluso cuando a muchos de nosotros la cultura iraní nos parecería tan similar a la nuestra como podría serlo la cultura en el planeta Marte. Ese pueblo-nación aguerrido y aparentemente invencible (si no en su armamento por lo menos en su espíritu) aparece en este tiempo como un ejemplo a seguir por parte de las naciones que, al igual que la nuestra, se encuentran reducidas a la condición semicolonial.

Y ello por una sencilla razón: es un pueblo que se demuestra soberano en la práctica como nosotros nos autopercibimos soberanos en el plano de las ideas, sin que esa soberanía se verifique en la realidad efectiva. Eso en el mejor de los casos, entre sujetos medianamente politizados en las ideas del nacionalismo o el nacional-justicialismo que sean capaces de citar la soberanía nacional como una prerrogativa propia de los pueblos. A la inmensa mayoría de los individuos en nuestra sociedad esos temas ni le interesan ni tan siquiera se detiene a considerarlos.

Pero en Oriente de un modo general y en Irán en lo particular, la ecuación se invierte. Los iraníes no solo son políticamente activos, entendiendo a la política como sinónimo de la vida social, sino que a los iraníes nadie les dice qué hacer al interior de sus fronteras, cómo vivir su vida o gobernar su territorio y en ese sentido son mucho más libres de lo que somos aquí en Argentina, en los demás países occidentalizados y en Occidente en general. O bueno, puede que desde fuera intenten decirles cómo vivir, pero a ellos la opinión de terceros les importa un rábano.

Claro que su libertad está moldeada por una ética religiosa tan fuertemente arraigada que se entrevera en todos los aspectos de la vida privada y pública, convirtiendo al pueblo-nación iraní en una unidad mucho más sólida de lo que en nuestro mejor momento los argentinos tan siquiera podemos soñar. En palabras del general Perón, Irán es un pueblo, mientras que los argentinos nos hemos rebajado a la condición de mera masa desorganizada.

En Oriente es tan íntima la relación entre la práctica religiosa y la vida cotidiana privada y pública —esto es, política— que resulta imposible distinguir a la una de la otra. La religiosidad moldea la praxis de un modo impensado en un Occidente que practica deliberadamente el relativismo moral devenido en libertinaje y el laicismo político que separa a la clase política del interés nacional. No es que en las sociedades orientales no existan las contradicciones internas, la oposición política o la diversidad de opiniones: lo que existe es una cosmovisión de fondo que no negocia los fundamentos básicos de lo que la comunidad considera bueno y malo para el individuo y para el conjunto.

Ahí radica su soberanía, precisamente, una que tiene por fundamento la fe inquebrantable en la trascendencia. Aquí no sucede lo mismo y ello es así porque en sociedades como la argentina la política es vista en la mayoría de los casos como un negocio y no como un deber o un compromiso asumido con Dios y con la patria, esto es, con los hijos e hijas de Dios. Una política que no se base en una fe profundamente arraigada —aunque sea fe en la patria, para aquellos que se avergüenzan o les dan pudor las teocracias— es más fácil de corromper y de anteponer su interés individual por sobre el bien común.

Las imágenes de centenares de miles de ciudadanos con los puños en alto y en un grito de guerra, volcados a las calles de Teherán y de otras ciudades del país en reconocimiento de su líder supremo martirizado, resultan estremecedoras porque en ellas se ve claramente la magnitud de la fe que sostiene a un pueblo que en lugar de apichonarse o dividirse en momentos de tensión o de tragedia, se reúne y se prepara para la batalla: una batalla trascendente que puede determinar el destino de toda la humanidad de aquí en adelante. Alí Jameneí sabía que se avecinaba el ataque planeado por Israel y ejecutado en conjunto con los Estados Unidos, pero eligió morir junto con su familia para oficiar de amalgama que reuniese las voluntades de todos los musulmanes chiítas, iraníes y de otras nacionalidades.

Jameneí sabía que su martirio fortalecería a su pueblo, le insuflaría un hálito de vitalidad y voluntad de lucha renovada y que no sembraría el caos sino por el contrario, limaría las asperezas internas a la sociedad y reuniría a todos los iraníes para luchar contra el enemigo. Lo sabía porque conocía a su pueblo y decidió, sobre la base de ese reconocimiento, cumplir con su deber de hombre y de patriota e inmolarse por el bien de su patria, entregándose a las manos de Dios.

Una pregunta legítima que queda resonando al observar ese acto de sacrificio es la siguiente: ¿Cuántos de los líderes políticos y/o religiosos en Occidente de un modo general, en sus colonias en particular y en nuestro país en específico serían capaces de dar no solo la vida sino también la muerte en defensa de una causa nacional? El paralelo obvio con Jameneí es el propio Donald Trump, a quien a pesar de vérselo día tras día más desmejorado y a punto de estirar la pata, el miedo al propio escarnio público, al calabozo y posiblemente a la muerte (recordemos que ya fue víctima de un atentado contra su vida) parecerían haberlo arrastrado a cometer un acto criminal y terrorista tan obsceno e innecesario como la masacre nada menos que de ciento setenta niñas en una escuela al sur de Irán, metiéndose de lleno en una guerra que no le pertenece a él ni les incumbe a los estadounidenses como pueblo.

Pero en la Argentina el panorama no parece alejarse mucho de ese ejemplo hiperbólico. Aquí, los dirigentes se dividen entre los que se vuelcan de lleno a la codicia de poder y del dinero fácil provisto por los contribuyentes y aquellos que se dejan extorsionar por amenazas contra su vida o las de sus seres queridos. El “quise pero no pude” es un argumento legítimo para nosotros, seguimos vivando al dirigente que quiso pero no pudo porque lo importante no es querer sino poder.

Pero Alí Jameneí se hizo matar para que su pueblo tuviera un mártir en cuyo honor inmolarse en una lucha trascendente y épica entre el bien y el Mal así, con mayúsculas. Ese Mal adorador de demonios, encarnado en un Occidente corrupto y podrido que durante demasiado tiempo hizo a sus anchas construyendo su imperio sobre la sangre de inocentes, entre los que siempre se cuentan los niños como principales víctimas.

Alí Jameneí se sacrificó y dejó la vara demasiado alta, los hombres y mujeres aquí y en todos los pueblos sometidos deberíamos aprender de los iraníes a no exigirles a quienes nos dirigen menos que ese sacrificio. Los argentinos que vivimos enfrascados en rencillas irrelevantes e intrascendentes divididos por la lógica riverboquista de los siameses en espejo deberíamos aprender de los iraníes a exigir a nuestros dirigentes y a castigarlos severamente cuando traicionen el interés nacional y privilegien su bienestar material por sobre el bien común.

Deberíamos aprender a vernos mutuamente como hermanos y no como extraños, a reunirnos para enfrentar a nuestros enemigos en común en lugar de dividirnos en dos mitades, una de ellas siempre dispuesta a ponerse de rodillas frente al opresor. Deberíamos volver a tener fe, si no en Dios, por lo menos en nosotros mismos como pueblo y obrar en consecuencia. Ya lo hemos hecho, no es una quimera. Una vez fuimos un pueblo en lugar de una masa desorganizada.

Sí, los medios masivos de comunicación son empresas privadas cuyos propietarios y gerentes, comunicadores y caras visibles pertenecen en su inmensa mayoría a los mismos nombres y sectores que en Irán son capaces de orientar sus misiles para que destruyan escuelas y hospitales llenos de niños y de enfermos y que luego se toman el tiempo de esperar a que acudan en auxilio a las víctimas médicos, voluntarios y paramédicos para renovar los ataques y masacrarlos a ellos también. Sí, resulta difícil encontrar algo de verdad en medio del oscurantismo, la mendacidad desembozada y el interés por adoctrinarnos a través de la propaganda que señala de “teoría de la conspiración” a todo intento por deschavar la magnitud de los crímenes perpetrados por los hombres más poderosos de Occidente.

Sí, es más barato, menos comprometido y menos trabajoso regodearnos en nuestra miseria, dejarnos llevar por el indigenismo y la grieta y permanecer en la comodidad de nuestras trincheras cerradas a cal y canto, viendo en el vecino a un enemigo, siguiendo al candidato que está de moda aunque nos prometa el oro y el moro y aunque intuitivamente sepamos que nos está mintiendo pero no importa, lo que importa es que no gane el que nosotros decidimos que no nos gusta.

Es mucho más fácil creer en el sistema republicano de representación, en las elecciones cada dos años y en los diputados y senadores que un día pronuncian diatribas encendidas contra Milei o contra quienquiera que esté ocupando el sillón en ese momento, pero al final de la jornada le votan todo a favor. No a Milei, sino a quienes verdaderamente gobiernan esta colonia llamada Argentina, la que nos pertenece a los argentinos solo en lo formal pero ya no en lo efectivo.

¿Qué sucederá si los tiempos se aceleran alguna vez y el enemigo de los pueblos libres decide poner un pie en nuestro territorio, desplazarnos, asediarnos, hambrearnos, confinarnos en guetos y finalmente cometer un genocidio sobre nosotros, como ya sucedió en Palestina? El pueblo iraní nos está dando la pista clave de qué sucederá.

Ellos aprendieron de las experiencias de otros pueblos que no podían dejar de armarse hasta los dientes y hacer de cada hombre, mujer y niño un verdadero soldado capaz de morir por la patria dejando tras de sí la posta a otros que recogerán los estandartes para seguir en la lucha. Porque quien cree en una causa no le teme a la propia muerte sino al deshonor. A ellos les matan a sus hijos, a sus niños, y en lugar de replegarse se despliegan. Porque quienes creen fervientemente en Dios no sienten desconsuelo ante la pérdida. Sí dolor, sí sed de venganza y de justicia, pero no parálisis.

Mientras aquí no somos capaces de ponernos de acuerdo ni siquiera en la defensa de nuestros ídolos futbolísticos indiscutidos, allí en Medio Oriente el pueblo iraní está entregando voluntariamente su carne y su sangre en el altar de una patria que más bien se homologa a toda la humanidad. Porque cuando el enemigo es el Mal absoluto, no existen fronteras que delimiten las naciones.

Los argentinos tenemos una tradición de rebeldía frente al poder, una que se puso de manifiesto en la defensa de la ciudad de Buenos Aires en las invasiones inglesas, pero también se vio en Vuelta de Obligado frente a la armada anglo-francesa. Hicimos el 17 de octubre y también les derribamos aviones a los ingleses en Malvinas. Históricamente hemos sido un pueblo capaz de plantarse en defensa de esa soberanía que hoy nos resulta ajena, extraña y que a fuerza de adoctrinarnos, nos han arrebatado.

Tenemos en nuestro ADN cultural el germen para la organización y la lucha y en este contexto de III Guerra Mundial, Irán emerge como un espejo en el que vale la pena mirarse. Ese pueblo milenario, antiguo, sabio y guerrero es hoy un ejemplo de lo que algún día deberemos arremangarnos y empezar a hacer si de verdad queremos emanciparnos, sellar nuestra independencia definitiva y empezar de una buena vez a escribir las páginas de nuestra propia historia. A la pregunta por dónde radica la soberanía los iraníes la respondieron por la unidad de pensamiento, fe y acción. Los argentinos tenemos mucho para aprender de ellos. La pregunta que resta es si estamos dispuestos a aprender las lecciones… Y si aún estamos a tiempo.


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