Los escribidores adolecemos de un sesgo: para nosotros, todo son palabras. Todas las conversaciones —incluso las triviales— son material de escritura. Todas las experiencias, igual. Todas las ciencias son auxiliares de la literatura y todos los pensamientos son textos. Las palabras están en todas partes, aquello que no se puede nombrar no existe más que como una intuición e incluso el ejercicio de describir la propia incapacidad de explicar o de nombrar algo está mediado por las palabras. Las palabras construyen mundos: el mundo interno del sujeto y el mundo exterior en el que el sujeto está inserto.
Así que cualquier tontería nos puede disparar la escritura de algún textículo, no siempre tienen por qué hacerlo la coyuntura política, la realidad geopolítica o algún análisis sociológico de relevancia. A veces son pequeñas cosas las que nos encienden la mecha y nos ponen a teclear. Arranco por el final para luego llegar al núcleo: Dios se manifiesta todos los días, casi siempre en pequeños milagros inesperados, y hoy me tocó atestiguar uno de ellos. Pequeño, sí, pero relevante para mí.
Después del mediodía, cuando ya la sombra impide que se cuele la resolana y la brisa refresca más que entibiar, levanté la cortina de la pieza (no de cualquier pieza sino de la mía) y me lo encontré ahí, mi pequeño milagro: una rotunda rama de madreselva que parece haber caído por su propio peso, intentando aferrarse a la reja de la ventana. Sus hojas grandes, lanceoladas y de un verde contundente me obligan a deducir que hace mucho debe estar haciendo fuerza por crecer, solo que recién hoy logró explotar y dejarse ver. Y claro, dando la vuelta al costado de la casa veo que efectivamente ha sido así: por obra y gracia de su espíritu inquebrantable la madreselva ha venido laburando por semanas su regreso triunfal. Y hoy, justo hoy, me gritó: “Acá estoy, nunca me fui de tu vida”.
Fue una declaración de vitalidad y fortaleza tan evidente que cuando recuerdo esa epifanía se me llenan los ojos de lágrimas. De alguna manera en esa sola rama de madreselva sentí una caricia, un abrazo. Del Padre, sí, de Dios, pero también del padre en minúsculas, de mi papá, que era jardinero y fue quien primero, hace unos treinta años, plantó la primera ramita de madreselva en casa a unos veinte metros de donde la descubro ahora.
Y me emocionó tanto porque justo anoche estaba hablando del tema. Como dije antes, para el escribidor todas las conversaciones son material de escritura. Alguien me preguntó, atendiendo a mi gusto por los perfumes, cuál era mi opinión sobre la nota de jazmín. Le respondí que dependía de las cantidades y cómo viniera combinada. En “Alien” de Mugler puede llegar a agobiarme si no le tengo respeto en las atomizaciones, aunque en otros perfumes me resulta placentera. Recordé el viejo perfume de Avon, ‘Today’, que, siendo económico, no deja de ser de mis favoritos porque en él se presenta el jazmín combinado con nerolí (esencia de flor de azahar del naranjo) y con fresia, recreando casi con exactitud el aroma de las madreselvas en flor. “Es el aroma de mi infancia”, expliqué. Y al final terminamos hablando de eso, de mi infancia y no de los perfumes.
Me preguntó por qué el perfume de las madreselvas era el aroma de mi infancia, si es que alguien que ya no está entre nosotros acaso utilizaba un perfume de madreselvas o si había tenido la ocasión de oler la flor en vivo y en directo. Le conté que sí, que en casa siempre olía a madreselvas porque mi papá había armado una especie de glorieta de donde ellas se colgaban. Como yo incluso desde niña siempre fui enemiga de las altas temperaturas, de chiquita me pasaba horas y horas debajo de aquel macizo florido, fragante y fresco. Allí descansaba a la hora de la siesta, bebiendo a sorbos el néctar dulce de las flores, mientras admiraba a los picaflores que libaban con avidez, no me daba cuenta de que les estaba robando su alimento.
Finalmente le conté a mi interlocutor cómo nuestro terreno de 360 metros cuadrados siempre constituyó un pequeño bioma o un bosquecito en miniatura donde refugiarnos del sol abrasador. Cómo me entretenía bebiendo el néctar de la salvia guaranítica, cómo descubrí que las margaritas cuando están maduras tienen en su corazoncito amarillo miles de pequeñas florecitas que el observador poco atento quizá nunca llegue a descubrir. También le conté de las pequeñas crueldades que cometíamos cuando éramos chicos: abrirles la barriga a los bichos bolita y descubrir que de ahí salían miles de hijitos en miniatura, usar agua jabonosa para obligar a los grillos topo a salir de sus guaridas, quemar hormigas con el haz de luz proyectada por una lupa.
Eso último me recordó que fue el abuelo Nino quien nos enseñó a hacerles daño a las hormigas, ofreciendo una moneda a quien se pasara la tarde desculando a las pobres desgraciadas. Descubrimos prematuramente el ácido fórmico de la peor manera posible, porque después de despanzurrar varias hormigas las manos te apestaban y sin embargo, la moneda lo valía. Con eso después nos comprábamos un alfajor para tomar la merienda. Y el abuelo mataba dos pájaros de un solo tiro: se libraba de unas cuantas hormigas y se libraba de tener que cuidar a los nietos durante las horas de modorra vespertina, pues nos podíamos pasar el día entero desculando hormigas.
Eso fue de más chiquitos, cuando vivíamos al fondo de la casa de la abuela Cándida. Ella y el abuelo Nino tenían un patio pequeñito, pero denso de tantas plantas. Había frutales (manzano, duraznero, limonero, mandarinas) y muchas flores cuyos tallos los insectos no paraban de masacrar, de ahí la insistencia del abuelo en ese deporte nacional, el desculamiento de hormigas. Ellos vinieron de Corrientes con una mano atrás y otra adelante, eran incapaces de pensar otra forma de vida que no fuera esa, con la mujer dedicando horas y horas al cuidado del jardín y de la huerta.
Todavía me acuerdo de verlo al abuelo sentado en el patio comiendo mandarinas verdes. Apenas empezaban a pintar la cáscara, él se las comía. Arrugaba la cara todo el tiempo debido a la acidez y después tenía que salir corriendo al baño, pero el tipo se las comía. Y los duraznos también. A veces preparaba ollas y ollas de compota, pero antes lo ibas a ver abriéndolos uno a uno para sacarles los carozos… Y los gusanos. “El fuego mata todo, decía”. Una vez cocida la compota la colaba y listo, porque siempre algún habitante se escapaba de la pesquisa inicial: “Y si te comés un gusanito, tienen gustito a durazno nada más”.
En la vereda había moreras y una rosa de Siria cuyas flores de un lila grisáceo siempre me gustaba dárselas de comer a las tortugas, Charly y Nito. Habiéndonos ya mudado a esta casa, fue papá el que tomó la posta de la jardinería y con el tiempo armamos nuestro propio microclima: las madreselvas y las margaritas que mencioné antes pertenecen a esta etapa. También había lavandas y era un placer frotarse las manos con las hojitas para perfumarse. Apenas asomaban los primeros rayos de sol primaveral, era todo un placer encontrarse entre las matas de violeta alguna que otra florcita tímida. Tan hermosa y tan pequeña, discreta, con ese aroma empolvado a talquito de bebé. Me acuerdo que siempre armaba pequeños ramilletes que le ofrecía como regalo a mamá.
También exploraba el musgo y me imaginaba que era un gigante y aquello un pequeño bosque, con sus helechos y sus pinos. Creo que por entonces ya era una escribidora (una escribidora mental), porque vivía imaginando mundos ocultos ahí, al alcance de la mano. Los caracoles, bien mirados, tienen un hociquito como de gato. Los tallos de las calas son como una especie de red compuesta por montones de tubitos rellenos de espuma, que funcionan como una verdadera esponja. Los renacuajos tienen una carita muy simpática que no todo el mundo se detiene a observar. Las libélulas vuelan en parejas cuando hacen el amor y sus culitos largos entrelazados forman una estructura única con forma de corazón.
Y todo eso me evocó esta rama de madreselva justo hoy que venía de hablar del tema. Fue una epifanía: vos creciste, papá no está, el jardín cambió pero Dios sigue velando por vos y papá también, dondequiera que esté. Todas esas experiencias táctiles, olfativas y visuales que adquiriste gracias al jardín que él plantó siguen vivas porque estás viva vos y podés recordarlas. Pero eso no es todo: ese jardín tampoco se niega a desaparecer. No importa que le hayan ganado las hiedras, las campanitas, la pasionaria, la madreselva se empecina por seguir, incluso a veinte metros de donde fue plantada en un comienzo, incluso a casi veinte años de la muerte de papá.
El jacarandá que él cultivó de semilla a pedido de mamá hoy escandaliza a todo el barrio con su estallido de flores violáceas que se desparraman por toda la cuadra y tienen a don Hugo a las puteadas todo el verano porque las tiene que barrer. Es el mismo jacarandá por cuya sombra se pelean los vecinos a la hora de estacionar el auto, porque sí, será escandaloso para florecer, pero a ninguno se le ocurre cuestionar esa sombra majestuosa y espesa que parece devolvernos a otra época en la que el cemento no se lo comía todo. Pocos saben que a los pies de ese árbol descansan las cenizas de papá. No tienen por qué saberlo, es un secreto familiar que otorga sentido a toda la escena.
Y todo esto me vino a la mente hoy después del mediodía cuando levanté la cortina y vi una rama de madreselva. Sentí que la naturaleza, que Dios, me guiñaba un ojo con complicidad. Sentí que no estaba sola y que incluso en lo trivial puede estar guardado el secreto de la felicidad. Solo hay que abrir el corazón para saber leer los mensajes. Ufa, “leer”, “mensajes”. Para nosotros los escribidores todo está relacionado con las palabras.

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