Última cena




Hoy es Jueves Santo y la ocasión merece que hablemos un poco de Jesús, porque un día como hoy resulta que el tipo era capturado por quienes lo iban a asesinar.

En primer lugar, podemos hablar de su origen. Sabemos que era hijo de José, quien a su vez era descendiente del rey David, por lo que en rigor de verdad, pertenecía a un linaje real. Era un noble, ni un jipi ni un jornalero.

Nació en Belén por un accidente de la historia, pero se lo conoce como “nazareno”. Es que su familia tuvo que viajar desde Nazaret, donde residía, hacia Belén para estar presente en la ciudad de origen del padre durante un censo romano, cuando María se encontraba en avanzado estado de gestación.

Como no consiguieron albergue en el pueblo, la madre tuvo que dar a luz en un establo y acostar al niño en un pesebre, donde los Reyes Magos fueron a rendirle homenaje guiados por una estrella. Pero pasó su infancia en Nazaret, de ahí el gentilicio que no define, luego de que los padres huyeran a Egipto evadiendo la matanza de los inocentes que había ordenado Herodes el Grande, padre de aquel otro Herodes que años más tarde mandaría a decapitar a Juan el Bautista, pariente de Jesús por parte de madre.

En Nazaret José era constructor y existen elementos para presuponer que Jesús también lo era. De hecho, se presume que aquel era un pueblo donde habitaban muchos de los “albañiles” y “arquitectos” de la época, ocupados en la construcción de la ciudad de Cafarnaúm, donde Jesús llegaría a predicar durante sus años de madurez.

La tradición resume el trabajo de Jesús a la carpintería, pero eso es una reducción. En los evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas) se nombra tanto a José como a su hijo como tektōn (τέκτων), la palabra griega para “constructor” o “albañil”. Estas eran las personas dedicadas a trabajar materiales duros (piedra, metal o madera, indistintamente) y se dedicaban a levantar casas.

De hecho, la palabra “arquitecto” proviene directamente de aquel vocablo y originalmente se refería a los maestros artesanos dedicados a la construcción de infraestructura como templos, palacios o sinagogas. Hoy en día muchos no saben que los evangelios estaban originalmente escritos en griego, que era el idioma común a todos los pueblos del Imperio Romano en oriente en los tiempos de Tiberio.

No es casual entonces que varias de las parábolas estén emparentadas con el campo semántico de la construcción: Jesús hablaba de aquello que conocía, él entendía la diferencia entre construir en tierra firme o en suelo arenoso o inundable. Conocía la diferencia entre construir cimientos fuertes o no hacerlo, porque él se dedicaba a levantar casas.

Otro dato importante es que en la época (y hasta entrada la Modernidad, incluso en Occidente) los oficios se organizaban por familias, de ahí que Jesús haya aprendido el oficio de su padre. También existen autores que vinculan a Tomás el apóstol, patrono de los arquitectos, con la familia de Jesús, debido precisamente a que, siendo coterráneos y dedicados al mismo oficio, es altamente probable que fueran primos o, como se llamaban en arameo, hermanos.

Sí se conoce el parentesco entre Jesús y San Judas Tadeo, patrono de las causas imposibles, a quien a menudo se lo confunde con Judas Iscariote, el traidor. Jesús y Tadeo eran hermanos, aunque no compartían padre ni madre. Es que en arameo no existen dos palabras que identifiquen a los hermanos de padre y madre de los primos, hermanos por parte de un tío o una tía.

En ese sentido, Jesús fue hermano de Bautista también, hijo de la hermana de María, Isabel, que era hermana por ser su prima. La confusión acerca de si María tuvo o no otros hijos de su vientre además de Jesús queda zanjada rápidamente desde el mismo momento en que los mismos evangelios nos cuentan cómo, antes de expirar en la cruz, Jesús encomendó a Juan, su discípulo más amado, el cuidado de la madre. Si María y José hubieran tenido más hijos en común que el propio Jesús, el cuidado de la madre le hubiera sido naturalmente encargado al siguiente hijo.

El Jueves Santo Jesús se reunió con sus discípulos en el cenáculo y allí se declaró a sí mismo Hijo de Dios. No necesitó hacerlo expresamente, pero todos los presentes entendieron el mensaje. Eso fue así porque durante la cena de pascua Jesús declaró al pan como su cuerpo y al vino como su sangre: “Sangre de la Alianza Nueva y Eterna”, que sería derramada por los hombres en perdón de los pecados.

Él mismo se colocó en el lugar del cordero sacrificial y a través de esa transgresión renovó el contrato que Dios Padre había establecido con el pueblo de Israel. ¿Pero cómo iba a renegociar los términos de un contrato sin ser parte del mismo?

Con el acto solemne de su sacrificio fundó una Nueva Alianza y de esa manera dijo: “Soy Dios y estoy renovando este contrato anterior”. La muerte de Jesús hizo parte del ritual de la pascua judía, que consiste en partir el pan compartiendo varias copas de vino antes de cantar los salmos.

Pero aquella noche el ritual quedó inconcluso. Jesús no bebió la última copa, llamada la de la Consumación, y afirmó que no volvería a beber del fruto de la vid sino hasta su llegada al Reino de los Cielos. Y de hecho así fue: un soldado romano le dio a beber vinagre diluido en agua con una esponja justo antes de morir. Con ese acto se cerró el ritual de la Pascua de la Nueva Alianza, colocando al Cristo en el lugar del cordero.

Por no saber esto es que nos resulta extraña la elección de palabras en Getsemaní: “Padre mío, si es posible, que pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú quieras”. Se refiere a la última copa del ritual de la Pascua, la que Él sabe que solo ha de beber justo antes de la muerte. Jesús está turbado porque reconoce la dimensión de la pena que le tocará atravesar y sin embargo, acepta su responsabilidad como Redentor, sometido a la Voluntad del Padre.

Ojalá todos tuviésemos una ínfima fracción de esa determinación. ¿Cuántas veces alguno de nosotros, ante la adversidad, se pregunta: por qué a mí? Nunca pensamos: “Y por qué no, si al mejor de nosotros le tocó atravesar la muerte de cruz incluso luego de haber sido flagelado, que lo hizo solo para salvarnos, no porque haya cometido pecado alguno”. ¿Por qué no habríamos de aceptar nosotros los pecadores la Santa Voluntad de Dios cuando Él aceptó todo lo que se venía tan solo por amor hacia nosotros, sus hermanos?

Muchas veces pienso que no tomamos dimensión de aquel acto de entrega. No solo de parte de Jesús como hombre, sino de parte de Dios, que lo encomendó en su tarea de redimirnos. Estaba tan orgulloso cuando se presentó como el Espíritu Santo con la forma de una paloma, allí en el Jordán, cuando Juan lo bautizó. Tanto, que desde el Cielo se oyó: “Este es mi Hijo amado, que me regocija”. Y sin embargo renunció a Él por nosotros, los pecadores.

No tenemos idea de la magnitud del amor que Dios tiene hacia nosotros. Por eso nos empecinamos en no pensar en Él un rato al día, para agradecerle ese amor. Dios no nos necesitaba porque es perfecto, pero nos trajo al mundo porque nos quiso. E incluso luego de eso, nos entregó a su Hijo.

En esta Semana Santa, tomemos el compromiso de estar a la altura de esa entrega. Honremos a Cristo siendo mejores, siempre mejores. No que alguien más, mejores que nosotros mismos. La cosa no está en si comemos carne roja o pescado, si rezamos el rosario o no, si vamos a misa o hacemos empanadas de vigilia. La verdadera celebración de Pascua consiste en vivir de una forma que honremos en obra diaria el sacrificio de Jesús. 

Pecadores somos, pero Dios nos ama y eso ya nos debe inducir a superarnos. Si nuestros padres siendo imperfectos cuando les pedimos nos dan, cuando los ofendemos nos perdonan, ¿cómo nos negaría algo Dios Padre Todopoderoso, que es perfecto? Dios todo nos va a conceder y todo nos va a perdonar, pero la Pasión de Cristo nos exige que estemos a la altura de su dolor. No tenemos derecho a no ser cada día mejores cuando Él literalmente dejó su carne y su sangre en el barro por salvarnos a nosotros de una condena eterna.

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