Homenaje a Eva Perón





Revisando mis archivos me di cuenta de que nunca me he tomado el trabajo de escribir un texto sobre Eva Perón en conmemoración de su nacimiento. Sí para recordar su muerte, porque tenemos esa mala costumbre de acordarnos de la gente cuando se muere pero no de cuando vive. Cosa rara, pero indagar los motivos de ese vicio claramente sería materia para otro tipo de texto.

El caso es que como decía, nunca escribí sobre ella un 7 de mayo, esta fecha la suelo dedicar más a escribir acerca de mi abuela Estanislaa, que también cumpliría años hoy. Además en estos últimos meses ando con esa sensación recurrente de que es todo al pedo, no tiene caso seguir insistiendo en la conmemoración de un proceso que fue un aborto de la historia y difícilmente se vaya a replicar. “Los peronistas somos una especie en extinción”, suelo decir. “Porque ya no nacen niños peronistas”. Y eso ofende a los compañeros nostálgicos que siempre se niegan a ver la realidad.

Así que pido perdón de antemano por la ausencia de inspiración, vengo hace mucho así, pura introspección y pelotudez de mujer, sin escribir nada verdaderamente potable. Pero igualmente no dejo de estar inmersa en esta dicotomía: por un lado me hincha las pelotas el postureo evitista de tanto gorila de lomo plateado y me harta la melancolía de los peronistas nostálgicos, pero por otro lado al mismo tiempo siento que la fecha no debe pasar sin que la mencione aunque sea de paso. No para hacerme ver peronista, sino porque Eva lo merecía.

Alguna vez la definí como una generala de Dios y sostengo el epíteto, porque le calza justo. Dios tiene en la Tierra un ejército que defiende su causa aquí y por eso no me es extraño el concepto de “soldado de Dios”, que se puede aplicar a cualquier hombre o mujer independientemente de su profesión o el rol que ocupe en la sociedad. Solo basta para formar parte de las huestes divinas ser un individuo lo suficientemente comprometido con la Palabra de Cristo como para vivir como Él nos enseñó, o bien intentarlo todos los días.

Seguro todos conocemos a alguien así. Yo siempre pienso que el hombre es uno de ellos. No porque se acuesta conmigo (lo que ya de por sí debe ser una especie de martirio, pobre santo) sino porque en la práctica cotidiana es tan vehementemente, tan radicalmente bueno y generoso, que su vida ya constituye un mensaje. Es obra en movimiento, pero no en una escala normal, sino exacerbada. Una de esas personas que llevan la caridad y la bondad al paroxismo, incluso a costa de su buena salud y a veces, incluso a costa de su propia dignidad.

Y lo digo como una virtud, pero también con un dejo de amargura. Los soldados de Dios siempre se ponen al final en la fila para recibir, aunque siempre están primeros a la hora de dar. Es horrible, un simple mortal y pecador como quien escribe ve la cosa desde fuera y no deja de encontrar cierta injusticia ahí implícita. Es la misma injusticia que sentimos en lo más profundo de las vísceras ante la pasión de Nuestro Señor, solo que a una escala reducida.

“Sos demasiado bueno para que te traten así”, pensás, y sin embargo el tipo sigue siendo así, porque esa es su naturaleza y no se le puede pedir peras al olmo. Eva era igual, solo que su capacidad de transformar corazones era tal que el rango de su servicio marcial no se puede circunscribir al propio del soldado raso. Ella era una generala, lo que implica mucho más sacrificio que el del soldadito de a pie. Pero siempre estuvo a la altura, incluso más allá de lo que dictaba el deber y a costa de su propia salud.

En lo personalísimo no conozco el caso de otra persona cuya personificación del mensaje de Cristo me haya resultado tan patente. Es por eso que a Eva Perón siempre le tengo un cierto respeto reverencial y a veces no me animo a tocar su figura más que por encima. Pero siempre me impresionaron esos relatos de Evita yendo a meterse entre enfermos y apestados, a riesgo de contagiarse cualquier cosa, predicando no con el pico sino con el cuerpo el mensaje de los Evangelios.

Manifiesto en un abrazo, en esa sonrisa que parecía que encandilaba, en la bondad que sus ojos transmitían de un modo sereno frente a los pobres y violento frente a la oligarquía. Sí, porque en eso Eva también se parecía a Jesús y es acojonante una vez que uno alcanza a ver el paralelo. Jesús abrazaba a los leprosos a quienes durante años todo el que los viera los escupía y les arrojaba piedras, mientras no se guardaba de llamar de raza de víboras a los maestros de la ley o correr a latigazo limpio a los mercaderes que habían hecho de la casa de su Padre una cueva de ladrones. De verdad, es acojonante. Yo cuando pienso en esos dos personajes siento cómo se me pone la piel de mondongo (que de gallina, ni muerta).

Me siento pequeña ante tanta grandeza. Hay que tener la estatura moral de poder escupirles a los enemigos verdades a la cara con la autoridad con la que lo hacían esos dos, sin miedo a ejercer una violencia justa contra los opresores, pero sin perder jamás la ternura frente a los desvalidos. Ser violento por la fuerza de la propia ética es algo que no lo hace todo el mundo, pero ellos sí. Y por eso ella era una generala de Dios, porque tenía los ovarios para enfrentarse a lo que eso significaba.

Como Jesús, dio la vida por sus amigos. No hay mayor acto de amor que ese. Si de uno se reían por venir de un pueblucho olvidado (¿Y cuántas veces le tocó oír el chiste de: “O sea que hay alguna cosa buena que pueda salir de Nazaret”), la otra tuvo que fumarse el oprobio de ser “hija natural” en una época en que eso significaba virtualmente el ostracismo. Pero ambos demostraron que el valor no se mide en títulos ni en posesiones, sino en obras. Y manos a la obra puso la negrita de Los Toldos desde el primer momento en que tuvo la oportunidad.

Fue, por lo tanto, una santa sin poderes milagrosos. No los necesitaba, solo necesitaba su ferviente amor por los desposeídos, su vehemencia de cristiana recalcitrante y el poder del Estado en manos de un marido que fue el ejecutor en la política de la doctrina social de la Iglesia. Abrazar a quienes otros expulsan, esa era la principal virtud de Eva Perón. Yo misma no me siento capaz de eso. Es horrible, pero es así y me hace sentir vergüenza todos los días conmigo misma, pero por mucho que trate, no lo puedo evitar.

Cuando un linyera me pide algo en la calle, por ejemplo, siempre intento darle, incluso muchas veces uno da lo único que tiene y que no sobra. No lo digo para sacar chapa de nada, sino precisamente desde la culpa. Porque la verdad que nunca podría darle un abrazo a esa persona. Plata sí, pero no un abrazo. Y tal vez muchos de los que están en la calle necesiten de nosotros más lo segundo que lo primero. Pero nosotros no somos capaces de sentarnos a su lado, preguntarles cómo están, qué necesitan, quiénes son, cómo se llaman.

Humanizarlos, amarlos. Damos el billete arrugado y seguimos de largo, espantados por el olor a pis y mugre, culposos por el asco que ese olor nos provoca y apurados en la vorágine de nuestro propio ombligo. “Tuve hambre y no me dieron, tuve frío y no me vistieron”, dijo Jesús. Y nosotros creemos que dar de comer es tirarle diez lucas al croto para que se compre un sánguche de milanesa. O que dar abrigo al desnudo es donar a la parroquia las camperas que a nuestro marido ya no le cierran porque le creció la barriga.

Pero no, tal vez el prójimo tiene hambre de cariño, tal vez tiene frío en el alma porque nadie le dirige una mirada tierna, una palabra cálida. Una vez más: un abrazo. Pero Eva lo hacía. Lo hacía con el corazón en la mano, por amor, por vocación de servicio. Si uno se pone a recopilar testimonios de personas que recuerdan anécdotas y encuentros con ella, enseguida se da cuenta de que la magia no estaba en las muñecas, las bicicletas, las máquinas de coser o los colchones. La magia estaba en el amor. En ser vistos, acaso por primera vez en la vida.

Y eso es un cristiano en carne, sangre y espíritu. Un cristiano verdadero, un general de las huestes de Dios. Eva Perón, quien nació un día como hoy, lo fue. Una cristiana de pico, culposa y pecadora como quien escribe, que se siente pequeñita ante la grandeza de semejante mujerón, le rinde homenaje a esa hembra con estas toscas y torpes palabras. Sin inspiración, pero con mucho amor y gratitud por haber encarnado en la obra los valores que yo comparto y muchas veces no me sale poner en práctica.


Ilustración: Punch

Comentarios