Siempre estuve a favor de la gratuidad de la educación superior. El General Perón explicaba la cosa con sencillez pero con elocuencia: en un país que pretende desarrollarse es una estupidez poner la formación superior a la mano tan solo de los hijos de los ricos, teniendo tanta materia gris disponible entre los hijos de los obreros. Solo si una inmensa mayoría de jóvenes acceden a la universidad pública de manera gratuita es posible seleccionar a los mejores cerebros del país para que devuelvan a la patria los servicios prestados.
Con ese espíritu se fundó la Universidad Obrera Nacional, madre de la actual Universidad Tecnológica Nacional. En mi caso particular, es cierto que jamás hubiera tenido la opción de cursar estudios superiores a menos que fueran gratuitos, porque mi familia no podía pagar por ellos y por el contrario, desde adolescente me tocó trabajar para aportar a los gastos de la familia, no al revés. A mi generación nos criaron con esa idea: uno tenía que trabajar y si podía estudiaba, pero antes que nada había que ayudar a los padres y no ellos ayudarlo a uno.
Hoy en día veo a más jóvenes criados en la idea de que los padres tienen que ayudarlos a ellos, pagarles los estudios o comprarles su primera vivienda de solteros o un vehículo. Pero en mis tiempos de juventud no era así, por lo menos entre los hijos de familias pobres como la mía. Si querías estudiar tenías que pagarte vos la matrícula y además poner plata arriba de la mesa de tu mamá o bien estudiar en una institución pública y gratuita. Los materiales de estudio, viáticos y demás gastos corrían por tu cuenta.
Y por esa exigencia de cumplir en los dos lados, juntar plata para tu familia y al mismo tiempo estudiar es que a muchos de nosotros la carrera se nos prolongaba eternamente. El hecho de que la educación superior fuera gratuita nos brindaba seguridad en ese sentido. Vos agarrabas las materias que sabías que ibas a poder rendir en ese cuatrimestre complementando laburo y estudio, con la garantía de saber que una carrera más larga no implicaba más gasto. Lo importante no era terminar en un plazo que resultaba inverosímil para la mayoría de los estudiantes, el mérito estaba en seguir a pesar de todo.
El hecho de que no te corrieran de atrás con un látigo para recibirte antes de los 25 era tranquilizador. En mi caso, hubo tiempos en los que me levantaba a las cinco de la mañana a coser, trabajaba hasta más o menos las dos o tres de la tarde, me comía un sánguche, dormía un rato de siesta, me daba una ducha y me iba a cursar en turno noche. A la vuelta, me quedaba leyendo hasta que me caía rendida, para reiniciar la faena al día siguiente. Los días que no cursaba me pasaba horas poniéndome al día con los textos que no había leído antes, porque no me gustaba llegar en bolas a las clases como hacían tantos de mis compañeros que no habían abierto un apunte en la reputísima vida.
Me iba bien, solo que no me daba el cuerpo para más. De cinco materias que se suponía que uno hubiera debido rendir por cuatrimestre, a veces metía una o dos. Siempre con diez, pero momento, que soy lento. Claro, seguramente si hubiera sido una señorita de los Estados Unidos me hubiera recibido a los veintitrés años como hacen allá. Un poco porque para más años a las familias no les da el cuero, con esos años de estudio les basta y les sobra para endeudar a los graduados para el resto de la cosecha.
Y otro poco porque a ellos cuando tienen dieciocho años los mandan a vivir a un campus donde lo único que tienen que hacer es estudiar a tiempo completo y en los ratos libres experimentar el sexo libre con los compañeritos, emprender viajes psicodélicos en drogas recreativas y poco más. Acá en tus años de estudiante no te levantás ni a la mañana, no cogés ni un resfrío y la plata no te alcanza ni para cigarrillos, menos que menos para las drogas. Pero vos seguís, ilusionado en la idea de que ese camino te conducirá al progreso y el saber.
El ideal mercantilista del liberalismo que pone a la educación en la categoría económica de servicio y no en la categoría ética de derecho se olvida de esta dimensión humana de la cosa. Sí, es verdad que muchos tardan años en recibirse y es verdad que desde el punto de vista meramente económico o economicista sería mucho más rentable cobrar un arancel por la educación, que estudien los que puedan pagar por ello y que los demás se caguen, que los pocos que están en condiciones de pagar se reciban pronto y que pase el que sigue.
Pero mal que les pese a los liberales de toda la vida, este país tiene otra idiosincrasia. Aquí no dejamos al costado del camino al que no puede subirse al carro. Claro que además está el asunto que mencionaba antes de poder elegir más y mejor materia gris que ya destacaba el General Perón en su momento. El problema es que las universidades argentinas están lejos hoy en día del ideal del General y se han convertido en una auténtica máquina de hacer gorilas. Por izquierda y por derecha, es así.
Se entiende por qué, seguro, pero hay que decirlo porque si no la cosa pasa como si estuviera bien, cuando está mal. Es que precisamente por esa idiosincrasia hispana (en esencia, cristiana) y justicialista es que no se nos permite a los argentinos pensar en términos económicos derechos tales como la salud y la educación. Por supuesto que siempre están los gorilitas innatos que con tal de parecerse a lo de afuera son capaces de entregarle el alma al Diablo.
Pero en la enorme mayoría de los casos sucede que para que finalmente naturalicemos la mercantilización de cuestiones elementales como la educación y la salud hace falta todo un proceso de ingeniería social que nos vaya mutando la mentalidad desde el justicialismo propio de nuestro nacionalismo popular hacia el liberalismo individualista. Yo lo he visto en estos años. Estudié durante muchos años, hice dos carreras pero no me recibí en ninguna de ellas.
Abandoné mis estudios por razones personales y jamás los retomé. Fede me suele decir que debería regresar algún día, que seguramente me dará orgullo tener mi nombre en un título. Le contesto siempre lo mismo: no me siento mal por no tenerlo. Por el contrario, él tiene un título que no le sirve para nada y que bien podría hacerlo un rollito y metérselo en el culo, porque ser profesional en la Argentina de hoy no paga a menos que uno sea un garca o bien termine siendo igual de rasca que un albañil.
Así que con estudios completos él es albañil y yo con estudios incompletos hago trabajo de oficina, hace ya una década que colgué las tijeras y nunca más tuve que coser ni un ruedo. La cuestión es que desde que dejé de estudiar me tuve que dedicar por años a desaprender todo lo que había aprendido ahí. Porque la universidad es una auténtica cueva de gorilas. Y tengo ejemplos como para hacer dulce, desde la militancia de izquierda hasta los programas de estudio abiertamente marxistas, antiperonistas y liberales de derecha pero sobre todo de izquierda.
Yo, por ejemplo, que estudié dos carreras relacionadas con las humanidades —Historia y Lengua y Literatura— jamás leí en ninguna cátedra nada que sonara remotamente peronista. Ni siquiera al propio Perón. Pero otros autores, como Scalabrini Ortiz, Arturo Jauretche, ni siquiera Leopoldo Marechal, no existen en los programas ni de una carrera ni de la otra. Se lee mucho a Borges, eso sí. Y está perfecto, pero ahí hay un sesgo.
En la universidad he leído más a Gramsci que a Perón. Y está perfecto también leer al tano, sobre todo en carreras asociadas a la ciencia política. Pero no se entiende por qué, habiendo en la historia del país un presidente que organizó un congreso internacional de filosofía y disertó allí, a ningún iluminado se le ocurrió jamás mandar a leer “La comunidad organizada” en los cursos de filosofía política. Menos que menos se entiende que Gramsci sea una lectura obligatoria en una materia llamada Historia Argentina III, pero no lo sea Perón.
Pero peor: hay muchos autopercibidos militantes peronistas en los centros de estudiantes, pero uno apenas los rasca, abajo son taxi. Todos gorilas. Son de izquierda, porque en realidad tienen la cabeza formada en una mentalidad completamente marxista, con ese énfasis en la lucha de clases que a los peronistas no nos calienta para nada. Esos son más peligrosos que los propios trotskistas, porque estos no se disfrazan de nada, los otros sí.
Parasitan en el peronismo, la van de “nacionales y populares” y en realidad son progresistas o sea, liberales de izquierda. Y vienen desde hace décadas erosionando la mente de las nuevas generaciones, plantando palmeras en la Patagonia. Porque eso es lo que pasa cuando desde la academia te inculcan ciertos lineamientos ideológicos: al cabo de un par de generaciones no hay ningún intelectual que no responda a la mentalidad hegemónica (sí, ya sé, ese concepto es de Gramsci).
Así, para encontrarte a algún profesor que se declare “peronista de Perón” y no meramente kirchnerista con ese sesgo progre de la “inclusión” de las minorías, el feminismo misándrico y el totalitarismo del Estado “que te cuida” tenés que irte a Rosario o a alguna universidad en la región de Cuyo quizá. Acá en la provincia de Buenos Aires eso no hay. Acá si decís que sos católico, nacionalista y justicialista sos un bicho raro y se te burlan porque sos “conservador”, defensor de la Triple A o directamente “de derecha”.
Entonces, para no ser gorila tenés que salir de la universidad pública argentina y desaprender todo lo que aprendiste si no querés que te moldeen para ser liberal. Liberal de derecha o de izquierda, pero liberal al fin. Siendo este un país que institucionalizó su propia doctrina nacional justicialista, popular, humanista y cristiana, nos pretenden enseñar a pensar la sociedad a través de lentes diseñadas en Europa.
Es demencial. Y decir “yo defiendo a la universidad pública” debería implicar necesariamente reclamar esto, que las universidades nacionales formaran a sus profesionales en una mentalidad soberana y nacionalista, con énfasis en la justicia social. Porque si no, es fácil revolear consignas de defensa de los derechos, cuando en el fondo ideológicamente las universidades funcionan de facto como usinas de un pensamiento completamente antinacional.
Es por eso que en la actualidad me cansa tanto el postureo de la progresía frente a las políticas de vaciamiento de la universidad pública por parte del gobierno nacional… O bien por parte de todos los gobiernos nacionales de un tiempo a esta parte, independientemente de la supuesta adscripción ideológica de cada uno. Estoy harta de ver marchas y movilizaciones donde siempre se repitan las mismas consignas, pero jamás se atienda a la problemática de fondo, a ese vaciamiento de sentido social soberano y nacionalista que tuvo desde sus albores la universidad pública cuando Perón estableció la gratuidad universitaria.
Es necesario pensar un país donde los educadores no cobren un salario de subsistencia, por supuesto, pero primero es fundamental pensar una universidad que defienda un modelo de país económicamente independiente y políticamente soberano donde se le reconozca al trabajador su potencial revolucionario por pertenecer a una única clase de hombres: los que trabajan.
A quienes defendemos un proyecto nacional y soberano nos toca hoy jugar de visitantes en nuestra propia casa, ser los “vetustos” y los “fascistas” por privilegiar a las mayorías antes que a las minorías, pelear por una representación en los planes de estudio y en definitiva, nos toca desaprender todo lo que nos enseñan en las universidades nacionales. ¿O deberíamos llamarles universidades antinacionales?

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