Ahora la progresía desprecia a Messi



Es una pregunta que vale hacerse, porque a priori tiene la apariencia de una contradicción. ¿Por qué la progresía siente desprecio por algunas de las expresiones más convocantes de la cultura popular, si precisamente se autopercibe “nacional y popular”? O quizá no sea necesariamente desprecio, tal vez se trate de mera incomprensión.
Como sea, a todos los que vemos la cosa desde fuera tiende a generarnos curiosidad ese comportamiento errático que por momentos separa a la práctica del discurso e impide a cierto sector de la sociedad disfrutar de fenómenos que el pueblo llano (o la masa inorgánica en la que nos hemos convertido) abraza con total naturalidad. Por estos días, el ejemplo por antonomasia es el fútbol.
Así, en el contexto de la Copa del Mundo no es infrecuente encontrarnos a personajes muy concienzudos que se ven en la obligación de manifestar que el fútbol es un opio para el pueblo. Un narcótico pernicioso que cada cuatro años viene a detener una revolución aparentemente impostergable de no mediar la irrupción de ese maldito deporte.
Qué cosa más inoportuna el fútbol, che. Justo que estábamos en eso de sellar nuestra independencia definitiva va y ¡zas!, viene el mundial y lo arruina todo. Y para colmo de males, los argentinos somos más fanáticos del fútbol que cualesquiera otras hinchadas en todas partes del mundo, por lo que los antifútbol deben manifestarse aquí incluso con mayor ahínco que en otras latitudes.
“Mientras ustedes miran a millonarios corriendo detrás de una pelotita, el gobierno desfinancia la universidad pública”, afirman los concienzudos, con una precisión innegable. Aunque bien mirada la cosa, este gobierno y los anteriores venían dejando hacer y dejando pasar incluso (cosa verdaderamente increíble) en los interregnos entre mundial y mundial.
Parecería que entonces no es tan lineal la relación entre desguace de lo público, colonialismo de rodillas frente a poderes concentrados de interés foráneo y el fútbol como elemento distractor de las masas ignorantes como los iluminados nos lo quieren hacer parecer. ¿Cómo es eso posible?
Es un misterio, pero sin embargo, mundial tras mundial se repite la perorata. En la actualidad, además, tomando como blanco de las críticas nada menos que al capitán de la selección argentina, el futbolista más laureado del mundo y uno de los deportistas de toda disciplina más influyentes y exitosos de la historia de la humanidad. Lionel Messi, aquel que tras haberse consagrado campeón del mundo en 2022 parecía haber acallado todos los murmullos y cerrado todos los ortos habidos y por haber.
Pues no, mi ciela. Porque nosotros, los seres de luz que practicamos la empatía, la ampliación de derechos y coso no lo queremos al hormonado ese, capitán de los cipayos y lamebotas del poder. No, no nos interesa que el tipo tenga magia en los pies, no nos importa que cuando la mueve, la amasa, la pisa y la manda a guardar todo el país hierva en alegría, en fervor y en algarabía buena, bonita y barata. No, nosotros, los catadores de ídolos, no damos permiso para que el argentino se sienta orgulloso de llamarse argentino por el solo hecho de que Messi haya nacido acá.
El argentino bien nacido, empático, nac&pop y coso, debe identificarse no sé, con Marcelo Bielsa, por ejemplo. Ese sí que es un ídolo de verdad, de los que no se hincan ante nadie, no se sacan fotos sonriendo ni con políticos y no importa si ganan, pierden o se quedan arafue en primera ronda. Lo que importa es que ellos representan un ideal de persona con conciencia social, conciencia de clase, empatía, resiliencia y todos los otros lugares comunes propios de ese trotskismo cultural al que solemos llamar progresía para distinguirlo del trotskismo político-partidario representado en Myriam Bregman y Nico del Caño.
O bueno: diríamos que el progre canta el himno a los gritos sobreactuando un patriotismo que no siente, mientras que el trosko afirma (como Javier Milei) que la bandera le significa tan solo un muro que divide, en lugar de una insignia que une. El progre es más de criticar a los futbolistas por ser “de derecha” y sin “conciencia de clase” y el trosko propiamente dicho directamente afirma la primera generalidad: “el fútbol es el opio de los pueblos que no permite el desarrollo de la revolución proletaria” o cosa similar. Son dos variantes de la misma cosa, la misma cosa con distinto olor.
Sea como fuere, encima Messi es un blanco fácil, porque el tipo jamás se involucra con nada ajeno a lo meramente deportivo. Lo llevan y lo traen y él se deja hacer sin que en su imaginario pareciera existir contradicción. Un día se saca una foto con las Madres de Plaza de Mayo, otro día baña a Lamine Yamal bebé para una campaña de Unicef y al día siguiente se reúne con Donald Trump en la Casa Blanca, apenas luego de que este autorizara el bombardeo de una escuela en Irán, dejando como saldo a cientos de niñas muertas.
Y entonces los amantes de lo “nacional y popular” arden en cólera. ¿Cómo es posible que un hombre público no tenga la misma concentración en sangre de sobreideologización que nosotros?, se preguntan. ¿Cómo es posible que esta persona no pronuncie nunca repudios ni enarbole pañuelos de colores con consignas muy importantes para la vida en sociedad, como el aborto, la separación entre Iglesia y Estado, el sexo de los ángeles o la retirada de tropas israelíes en territorio palestino?
No parecen ver que en rigor de verdad ellos, los iluminados y los hiperpolitizados son una auténtica minoría dentro de la minoría autopercibida politizada. A la inmensa mayoría de la población del país le importa un reverendo cuerno el discurso político de otro argentino, siempre y cuando ese argentino represente algo digno de imitarse.
Mal que les pese a los buenistas panzallenas y empáticos, defensores de todas las causas justas del universo menos la de la patria, la llamada “grieta” ideológica es un artificio, una construcción destinada a dividir una población que en las márgenes y de abajo hacia arriba, nunca se confunde al identificar sus referentes, sus ideales y sus enemigos. En la base no existe la distinción entre izquierda y derecha, eso solo se ve en el campo de juego.
Volante por derecha, lateral izquierdo. No es ideología, es fútbol. Y Messi se destaca dondequiera que se ponga. Para arquero creemos que le falta altura, aunque en realidad no lo hemos visto debajo de los tres palos. Su historia de superación, de aprendizaje y de crecimiento a pesar de la enfermedad, de la crítica, de la edad y de los títulos que no llegaban no nos representa, pero sí nos colma de orgullo.
Y sí, cómo nos va a representar un hombre así, si es de otro planeta. Messi solo se representa a sí mismo porque Messi habrá uno solo en la historia. Pero quienes lo apreciamos lo hacemos por eso mismo, porque no nos representa un carajo. Los que necesitamos un pulmotor cada vez que corremos el bondi no nos sentimos representados por Messi, nos sentimos bendecidos por ver cómo él hace y deshace a sus anchas lo que nosotros tendríamos que volver a nacer para tan siquiera soñar.
Y eso no va a cambiar porque nos lo pinten como un villano sin conciencia, sin empatía y capaz de sonreír frente a machos y fachos. Hecho que incluso “la nenecha” largamente denunciada por macha y facha ya advirtió y por eso sobreactúa un messismo que tampoco siente, porque los nenes de Milei saben tanto de fútbol como yo sé de microbiología molecular. Es un péndulo más viejo que la injusticia, funcional a la división social.
Si la sociedad se siente incómoda de usar la letra “e” como desinencia en sustantivos y adjetivos para eliminar del lenguaje todo rastro de género femenino o masculino, porque ahora la policía del pensamiento decreta que nadie nace con un género asignado sino que lo elige a partir de una presunta autopercepción o bien lo deja en el limbo de la indefinición, entonces la sociedad se volvió fascista. Si a la sociedad le molesta que mujeres en corpiño y con las axilas peludas defequen en las iglesias como una forma de protestar en contra de la opresión de parte del macho y de la religión (otro opio, porque hay varios) entonces la sociedad se volvió conservadora y reaccionaria.
Y como a nadie le gusta que le digan que es machista, fascista, violento, opresor y reaccionario bueno, naturalmente en la práctica de la vida social tanto progresismo termina provocando hastío y del otro lado de la grieta aprovechan la volteada. Así, asistimos a esa desmedida sobreactuación de moral, buen comportamiento y patriotismo que simulan el libertarismo y “la derecha” para pescar en la pecera de una sociedad que se encuentra virtualmente a la deriva, sin representación política.
De esa forma, una sociedad que en su naturaleza no se equivoca, es a través de un mecanismo de ingeniería social inducida al error. La maniobra se realiza en dos movimientos: el brazo izquierdo provoca cansancio hacia todo lo que suene remotamente a progresista, mientras que por derecha el conservadurismo abraza a todos los “funados” y así, lentamente, la masa va tendiendo a “politizarse” dentro del esquema ordenado verticalmente de derecha a izquierda, en lugar de permanecer explorando la contradicción primigenia y horizontal entre los de arriba y los de abajo.
Por eso los progres desprecian a Messi. Porque desde las usinas de pensamiento que les bajan línea les enseñan a correr el eje desde la división entre los de arriba y los de abajo hacia la “grieta” artificial entre izquierda y derecha. No es aceptable un personaje que no discute, que no pronuncia ni denuncia, que no dice, solo hace y además es una verdadera gallina de los huevos de oro, una marca en sí misma y un producto capitalista que se vende más que las hamburguesas de McDonald’s. No es aceptable porque le está faltando esa cuota de corrección política que se necesita para que la progresía respire tranquila.
En ese estado de situación, los peronistas vemos el “debate” como quien oye llover. No tenemos problema con Messi por ser “apolítico” porque nos basta con verlo jugar, oficiar de embajador del país dondequiera que vaya y ser el tipazo que siempre que puede demuestra que es. Si Messi es el producto que es en el contexto de la sociedad capitalista nos tiene sin cuidado porque el peronismo jamás cuestionó el sistema de producción capitalista, su debate es en torno a la distribución de la renta.
Si Messi tiene o no conciencia de clase nos resbala porque para el peronismo solo hay una clase de hombres, si vota a “la derecha” o no vota en absoluto nos tiene verdaderamente sin cuidado también, porque mejor que decir es hacer y mejor que prometer es realizar. La que define a Messi es su obra, no su discurso ni su ideología. Y la obra de Messi se mide en sonrisas. Se manifiesta en goles, en gambetas, en asistencias, en títulos y en récords, pero se mide en sonrisas.
Eso es indiscutible, si cuando lo vemos disfrutar en la cancha se nos transfigura el rostro, la barriga se nos llena de mariposas y, por un momento, somos felices. Cuando un sector politizado no tiene la capacidad de comprender de qué manera los pobres y los excluídos de la sociedad nos sentimos ante la belleza de cosas sencillas como el deporte, el problema no es la sociedad sino los politizados incapaces de “ascender a pueblo”, como diría el padre Carlos Mugica.
Claro que ellos seguirán autopercibiéndose el faro de la conciencia social, catadores de ídolos y autoridad competente para dictaminar quién nos tiene que gustar a nosotros, los pobres, ignorantes y tristemente poco empáticos de a pie. Pero nos importa un pito. Por fuera de la grieta o acaso a través de ella (como el musguito y el helecho que por esporas crecen entre las piedras) los de a pie hemos entendido de qué va la cosa.
Mientras unos se rasgan las vestiduras atónitos ante esa manía de no politizar hasta el agua de los floreros, otros aprovechan para hacerse pasar por nacionalistas apropiándose de las figuras populares para simular cercanía con la población. El progretaje estrañao’ la mira sin comprender, pero los nenes siguen pidiendo faltar a la escuela para ver al capitán en la tele, siguen soplando velitas en tortas celestes y blancas adornadas con un 10 al dorso y siguen queriendo ir a entrenar todos los fines de semana, soñando parecerse a él.
Debe ser tristísimo no poder darse permiso de disfrutar de Messi en su último mundial por culpa de mezquindades ideológicas. No deja de causar pena la desoladora escena del progre malhumorado intentando evadirse de todas las reuniones familiares, de los encuentros de amigos, de los bares, de las plazas, de todo. Todo para no ver a la selección, ese rejunte de millonarios que nos distraen mientras las universidades se desfinancian.
Debe ser incomodísimo sentirse ajeno a la alegría de tantos que a pesar de la mishiadura sonríen igual, cantan, se ilusionan. Debe resultar una carga demasiado pesada autopercibirse el único vivo entre tanto idiota, el único capaz de verla, el único que no se deja llevar por cantos de sirena, el único que no cede ante la publicidad, la propaganda y el negocio.
El único que no sonríe cuando todos sonríen, el único que no grita goles sino injusticias porque ni siquiera una vez cada cuatro años se puede dar el lujo de bajar un poco la guardia. Es un panorama desolador el del progre iluminado y despierto, solitario en su torre de marfil mientras abajo, en el barro, los oscuros y los dormidos se abrazan todos juntos, en comunión.

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