El mundo sigue girando (aunque hoy, menos veloz)


La Tierra gira, hoy, menos veloz. Como siempre en esos momentos de duermevela que le siguen a un shock. A la muerte del ser amado le sobreviene una percepción defectuosa del tiempo y del espacio que te da esa sensación, justamente, como si la Tierra hubiera bajado la velocidad y la inercia resultante nos provocara mareos. Cuando mi viejo se murió me pasó eso. Y hoy también.

Pasadas veinticuatro horas nadie rompió el espejismo, el mal chiste no fue desmentido y al parecer casi que estamos en condiciones de poder afirmar que el Indio Solari se murió. Se murió el Indio, qué lo parió. Hay que repetirlo y repetirlo porque el Indio era de esas personas magnéticas que parece que tuvieran alrededor un aura especial que modifica las leyes de la física a su alrededor. Uno sabía que don Parkinson le venía pisando los talones pero igual, como en las películas épicas, uno esperaba que de alguna manera gambeteara nomás por obra y gracia de su magia.

Parece que en el final no se salió con la suya, mi amor: alguna de sus vidas intentó matarlo y lo logró. Y entonces ahora es tiempo de que nosotros, los verseros profesionales, nos dediquemos a escribir lacrimógenas crónicas ricoteras sobreabundantes en citas solarianas en estilo indirecto. Porque los ricoteros somos así, no entendemos el concepto de ‘sold out’ ni la mesura en ningún aspecto y entonces si nos toca escribir sobre el Indio nos vemos en la obligación autoimpuesta de dar examen acerca de lo mucho que nos hemos hecho carne su poesía.

Es eso o es que el Indio caló tan profundo en nosotros, en la cultura popular que nos alberga, que ya no sabemos expresarnos si no es a través de las figuras que él pensó. Entonces para referirnos a él sí o sí acudimos a la figura de la gran bestia pop, porque a su pesar, el Indio fue eso. Y fue en consecuencia nuestro héroe, nuestro único héroe en este lío. Un héroe del whisky, sí, pero no uno más, sino el más importante de todos.

La bestia de la convocatoria, un tipo que por la sola fuerza de su presencia ponía a saltar a medio millón de personas sin que mediara un esfuerzo. El pogo más grande del mundo fue su marca registrada y le valió una especie de rivalidad juguetona (y acaso imaginaria) con Mick Jagger, a quien el Indio supo advertir que se hiciera de abajo. Porque si los Stones convocan, los números del Indio no los maneja nadie. Nadie más en todo el mundo.

Los récords monstruosos de asistencia de público que supieron ostentar los Redonditos se los tragó el Indio de un bocado sin que ello pareciera importarle. El amor del público era un misterio para él. Pero claro, no para nosotros. Porque sin saberlo, el Indio nos estaba hablando al oído a cada uno de nosotros. A unos les decía que se podía hacer la revolución con una canción de amor, a otros les advertía que todo preso es político y a otros les explicaba que el futuro llegó hace rato, pero que finalmente es todo un palo.

Cada uno encontraba en las líricas del Indio algo que lo representaba, que lo atravesaba y que tocaba alguna fibra de su sensibilidad más allá de la música y más allá de las palabras. Por eso lo seguíamos como a Jesús por Galilea. Porque a su manera, él traía buenas noticias para el pueblo. Su pueblo. El que lo amó y lo endiosó no por su personalidad huraña y el padecimiento con el que vivía ese amor tan asfixiante, sino porque a través de sus letras nosotros lo sentíamos cerca y nos sentíamos hermanos.

Por eso el Indio está en todas las canchas. Para nosotros los argentinos es un fenómeno de dimensiones rituales idéntico al del fútbol. Es imposible que entendamos uno sin analizar el otro o mejor, sin vivenciarlo en magnitud. Y por eso es lógico que quienes no entienden cómo en Argentina el fútbol trasciende por completo lo deportivo tampoco entiendan de qué manera el Indio trasciende completamente lo musical. Son procesos paralelos rayanos más en el fervor religioso que en lo meramente trivial del deporte y el arte.

El Indio fue cassette regrabado de la radio Rock & Pop, fue CD trucho y hoy es reproducción en YouTube o Spotify todos los domingos en los micros y los coches destartalados en los que los obreros viajan para ver a sus equipos jugar. Es banderas ondeando luzca el sol o no, en todas las canchas, es canción en todas las gargantas. Es tatuaje y es remera, es zapada con amigos, asado, comunión. Donde hay una pelota y un picadito está el Indio de fondo, aullando que el Infierno está encantador esta noche.

Y por eso debe ser que les molesta tanto a algunos a quienes el propio Indio, en su sabiduría, alguna vez les supo decir: “Me cago en tu puta boca”. Les arde que el pueblo elija a sus reyes y que haga sacrificios en su veneración. Que ahorre meses para los pasajes, la estadía y el show, que se gaste el sueldo de meses para ir a ver a un artista que se siente más como una experiencia mística que como un gustito suntuario.

Pasaba lo mismo con Diego. Quienes lo odiaban no tenían reparos en denunciar cómo aquel negro cabeza había llegado a millonario y se compraba Ferraris negras, se paseaba por Abu Dhabi como Pancho por su casa o se codeaba con Putin como si el que estuviera sentado arriba de un arsenal atómico fuera él y no el otro. Del Indio les arde que haya vivido en una mansión, que se instalara en hoteles de lujo o conociera mejor las calles de Nueva York que las de Buenos Aires.

No ven (no quieren ver) que a los de abajo nos da más placer cuando uno de los nuestros llega hasta arriba y se eleva hasta la cumbre del estatus y las glorias. Que uno de los nuestros llegue a lo más alto pero que siga siendo nuestro es un regalo que solo Dios sabe cuánto vale. Si algo nos enseñó el Indio es que cuanto más alto trepa el monito, el culo más se le ve.

Que un monito trepe alto y nos siga dando la mano en vez del culo es un regalo. Por eso amamos a Diego en Abu Dhabi, porque él no era distinto ahí de lo que fue en Fiorito. Por eso amamos a Eva, la única reina que vistió Christian Dior, la que eclipsó en belleza y sofisticación a las damas patricias más refinadas en Buenos Aires y en Europa, pero sin embargo nunca se dejó arrancar el alma que se trajo de la calle y por eso nunca se olvidó de las miserias de su pueblo.

Y por eso amamos al Indio, que les puso palabras a nuestras tribulaciones y nos musicalizó todas las fiestas, todos los cumpleaños y las idas a la cancha. Vos a Maradona lo veías paseándose en pija por las capitales del mundo, cogiéndose a las mejores minas y tomando la mejor falopa y te sentías que uno de los nuestros estaba ahí en la cima del mundo. Al Indio lo veías en un jet privado y sentías que vos estabas ahí con él, porque vos quisiste hacerlo millonario. Vos contribuiste con un tributo a su riqueza y eso estaba bien, porque lo que el tipo te había dado primero era completamente invaluable.

Dicho en pocas y cursis palabras, el tipo te hizo feliz. Te hizo parte de uno de esos pocos movimientos que abrazan a quien sea, te hizo ser uno en una comunión de millones. Ricos, pobres, hombres, mujeres, niños, ancianos. Obreros, comerciantes, empresarios. De Boca y de River, argentinos, uruguayos, chilenos. Como en un carnaval, en las misas ricoteras todos éramos lo mismo, te abrazaba el que fuera y vos recibías el abrazo porque ahí eras un hermano más. La comunidad organizada en ejercicio, a escala micro.

Pero todo eso hay que vivirlo, porque visto desde un palco no se entiende. De lejos se ve a un pelado con pinta de burgués viviendo una vida de excesos que el pueblo al que exprimió para hacerse la guita ni siquiera se puede dar el lujo de soñar. Y entonces sobreviene la indignación, ese capital tan propio de quienes no entienden nunca nada.

Musicalmente, el Indio fue un pionero. Si Van Gogh sintió que quizá estuviera pintando cuadros para un público que aún no había nacido —y la historia le dio la razón— el Indio tuvo ese espíritu aventurero de innovar en un género como el rock que muchas veces peca de conservador. El recurso a los vientos de los primeros discos de Los Redondos, heredado quizá del ska y tomado a préstamo en particular de bandas como Sumo, les imprimió a sus composiciones un tono distinto al del rock de antes, pero al mismo tiempo sentó un precedente que habrían de replicar a posteriori otros fenómenos de masas, como La Renga.

Las texturas de teclados y sintetizadores y los sonidos electrónicos de ‘Último bondi a Finisterre’ y ‘Momo sampler’ nos tomaron por sorpresa a los más ortodoxos de nosotros y fue un poco así, el Indio vivía antes que nosotros, adelantado a su tiempo, componiendo música para hombres que, si ya habían nacido, igualmente precisaban madurar el oído. Como a García, su genialidad le hubiera permitido dedicarse a cualquier género, pero eligió el rock casi como una declaración de principios, para estar cerca de la cultura popular.

Como Borges, fue un tipo que escribió para las masas sin subestimarlas, sin modificar el lenguaje o bajar a tierra en traducciones coloquiales de poca monta ideas e imágenes cuya complejidad requería de una cierta sofisticación. También como Borges supo pecar de pelotudo a veces, al declarar boludeces ingeniosas en su contenido pero deslumbrantes en su formulación.

Se autopercibió peronista, y aunque el peronómetro le daba siempre menos cinco por su sesgo marxista, en la práctica lo que gobernaban sus misas era la justicia social y si algo nos enseñó el General es que mejor que decir es hacer y mejor que prometer es realizar. Tal vez pecó de academicista, se contaminó ideológicamente entre tanto intelectual zurdo y se olvidó de leer a Perón. Pero los peronistas somos amigueros y siempre tenemos la mala costumbre de abrazar a todo el que se diga peronista, porque sabemos que nosotros tenemos la razón y nos gusta pensar que otros compartan con nosotros la verdad.

Como sea, algún defecto tenía que tener para que nos acordásemos de que finalmente era humano. Porque para nosotros no era un hombre, era un ídolo. Un ídolo pagano que igualmente en el sincretismo propio de nuestra sociedad se fundió con imágenes espirituales potentes y poderosas. El rosario y la estampita de la Virgen de Luján no se contradicen con el parlante a las chapas tocando ‘Oktubre’ en la F100 de un laburante. Son la misma cosa, dos formas de vivenciar la espiritualidad y de penetrar el interior de un alma tan compleja como solo puede serlo el alma de un argentino.

Nunca conocimos al hombre, solo conocimos al Indio. Del marido de Viru y del papá de Bruno sabemos poco y nada, porque ellos jamás hicieron de su vida un espectáculo. Nunca le obsequiaron a la prensa buenas noticias ni sabrosas telefotos para tragar sin culpas, porque siempre supieron que los medios detentan ese poder tan pernicioso, el de ejercer la forma de violencia más sutil. Violencia es mentir.

Pero no importa, porque no necesitamos conocer al hombre, necesitamos saber lo que ese hombre hizo por nosotros. Y lo que hizo fue un poco nada menos que enseñarnos a sentir. Si con Diego se murió el niño que fuimos, el cebollita que soñaba jugar un mundial y consagrarse en primera, con el Indio se murió nuestro adolescente interno. El pibe que quería cambiar el mundo, el de las sienes ardientes por todo tesoro.

Nuestros sentimientos íntimos, nuestras dudas y nuestras cavilaciones las expresó el Indio a su manera a veces críptica y otras veces lineal, siempre compleja como complejos solo podemos ser los argentinos.

Y entonces hoy, que no tuvo mejor idea que morirse, nos sentimos solos. Nos deja su obra, sí, pero a la vez nos deja en soledad. Parafraseando a otro héroe de la cultura del rock, nada nos deja más en soledad que la alegría si se va.

Y con el Indio se nos va mucha de nuestra alegría, porque ya es imposible que no se nos clave una espina en el corazón cada vez que intentamos cantar “Juguetes perdidos” o “Nuestro amo juega al esclavo”. Nos sigue conmoviendo como antes la música, pero ahora nos duele también la ausencia. Se nos queda sin interlocutor el corazón. ¿Ahora quién va a tener esa magia de decirnos y sentirnos poniendo melodía a nuestros anhelos, nuestras dudas y nuestras inquietudes?

Se nos va un padre y un amigo, se nos va un amante y un mentor. Se nos va un tipo que se peleó con su propio mito y aun así lo aceptó a punto tal de morirse un viernes para que las bandas organizaran con tiempo las caravanas para llegar a despedirlo. “Yo no sé por qué soy el Indio Solari”, dijo, pero aun así aceptó con responsabilidad las consecuencias de haberlo sido. Vivió como quiso y se nota que a su manera, nos quiso mucho.

Él decía que el mejor lugar del mundo era arriba del escenario porque ahí todo el público está a tu favor. Lo que no sabía es que desde el campo nos pasaba lo mismo. El mejor lugar del mundo para estar era en ese tumulto donde todos eran felices y todos eran hermanos. Sin haberse propuesto más que tocar música y componer canciones, él ahí arriba, girando como un trompo como en los años de juventud o con la gracia de Sinatra como en los últimos tiempos, era el sacerdote que oficiaba la misa más delirante del mundo. Y el pogo más grande del mundo era nada más que una forma más de darnos entre los feligreses el saludo de la paz.

La Tierra gira, hoy, menos veloz. Aunque de a ratos nos parece una injusticia verificar que el mundo sigue girando aun sin su amor. Se nos fue el Indio, carajo. Ahora, que las bandas rajen del Cielo.


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