Hoy me han llegado condolencias de muchas personas y de varias partes del mundo. Es increíble que en momentos de tristeza colectiva, en los que muchos estamos hechos un trapo, a algunos se les ocurra pensar específicamente en uno como para tomarse el tiempo de dedicarle unas palabras de acompañamiento cuando no existe consuelo posible.
Y sin embargo no es extraño, aunque hay que agradecer el gesto. Ellos saben lo que representaba el pelado en la vida de una. Siempre que se muere uno de nosotros, uno de los que nos importa, digo lo mismo: cuántas putas veces en la vida será que uno se puede quedar huérfano, qué lo parió. Pero hoy no me siento huérfana, aunque sí me sienta sola. Lo que me siento es viuda.
Porque antes de esas pajitas tímidas y vergonzantes de niña pensando en algún profesor de Literatura, porque antes de esos polvos maratónicos y catárticos con el gringo con el que no me casé (pero que sería el único por el que rompería ese invicto) estuvo él. El Indio. Cuando mis compañeritas de clase estaban correteándose con Adrián o Ignacio, los “lindos” del curso, yo lo escuchaba a él y apretaba las piernas sin entender muy bien qué era eso que me pasaba en el cuerpo.
Fue mi primer amor, mi virginidad la perdí con él porque con él me sentí mujer por primera vez. Y entonces hoy no me siento huérfana sino viuda, una viuda más de tantas que estarán hoy llorando con la excusa de la música y del artista, pero sabiendo en su fuero interno que en realidad lo que estarán duelando es a un amor.
Todas hemos soñado con esos labios, a todas nos enloquecieron esos jeans bien llenos en la entrepierna y todas vibramos con los graves de “La pequeña novia del carioca”, la sensualidad de “Esa estrella era mi lujo” y “Ella debe estar tan linda”, con la lascivia de “La parabellum del buen psicópata” y “Te voy a atornillar”. Todas hoy somos viudas y por eso somos hermanas.
No por nada Fede vino pisando entre cascaritas de huevo a darme la noticia, a sabiendas de que él, aunque el último y el más importante, no es mi primer amor. Él sabía lo que me iba a pasar al enterarme y quería contenerme en ese momento. Le di las gracias con el corazón, como siempre le agradezco por todo lo que hace por mí. Y me dejó estar triste en paz, porque sabe que me estoy muriendo un poco yo también, esto es la muerte de la piba que fui, la que descubrió que tenía un clítoris porque lo sintió latir gracias a ese hombre misterioso de palabras precisas y voz viril.
Fede es el amor de mi vida. Es el hombre de mi vida y hoy, una vez más, lo demostró. Recuerdo cómo se hizo el boludo como perro que se lo están culiando cuando allá por marzo de 2017 emprendí el viaje a Olavarría para ver al Indio. Estaba con los huevos en la garganta, asustado, pero trataba de disimular. Tenía miedo de que algo malo me pudiera pasar ahí, a mí, la mujercita tranquila a la que no le gustan ni el ruido, ni las muchedumbres ni la intemperie. Él sabía que yo ahí en ese mundo era una alienígena y sin embargo, jamás me cuestionó porque siempre supo lo que significaba para mí ir, participar de esa locura.
Fue la única vez que fui, porque iba a ser la última. Yo, que tengo el “no” fácil, siempre me había negado a meterme en esos lugares, soy más ratón de biblioteca que de campo. Pero esa vez fui porque si una cosa nunca me falla, eso es el poder de adivinación. Siempre supe que aquella era la última vez. La última misa.
Era un poco sacarme la sangre del ojo, cuando fue lo del gallinero en abril del año 2000 yo tenía apenas once años y aunque mis hermanos mayores y mis tíos fueron, a mí ni me tuvieron en cuenta a la hora de sacar las entradas. Mi hermana tenía trece y a ella sí la llevaron. Creo que se sintió un poco culpable y por eso fue quien diecisiete años después, siendo ya ambas mujeres, me invitó a Olavarría.
Fue de los mejores momentos de nuestras vidas. Nosotras, que nacimos del vientre de la misma madre, ese día fuimos hermanas. Y ahora somos viudas las dos, viudas del mismo amante. Sabía que este día llegaría y sabía que me iba a golpear, pero creí que tendría más palabras para dedicarle. Llegado el caso estoy vacía, como si el alma me la hubiera tragado una oscuridad pringosa de brea.
No me salen las palabras, solo me sale el llanto. Lo único que puedo atinar a decir es gracias por todo, Indio. Diré que fue a tu música, pero mi corazón sabe que a quien amé es al hombre. O por lo menos, amé a la mujer que me hiciste sentir que podía ser.
Gracias por haberme enseñado a sentir. Ya se dijo muchas veces, pero es verdad: las despedidas son esos dolores dulces. Duele porque importó. Que Dios te tenga en la Gloria, querido. Y un abrazo a todas las que, como yo, se sienten viudas y todos a los que como con el Diego, se sienten huérfanos.

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