Argentina, el país más racista del mundo



Periódicamente pareciera que hay que tomarse el trabajo de escribir el mismo texto, como si uno viviera en el Día de la Marmota. Es que la Copa del Mundo es una excusa tan buena como cualquier otra para que los medios de desinformación internacionales y los ‘influencers’ globales vuelvan a la carga con el mismo mito: el de una Argentina deleznable, el país más racista del mundo.

Ya durante el mundial de Catar 2022, el diario estadounidense ‘The Washington Post’ publicó una nota titulada “¿Por qué Argentina no tiene más jugadores negros en el Mundial?”, en la que ensayaba una respuesta sesgada y completamente aislada de una comprensión cabal de la sociedad argentina y en particular, de la evolución histórica de su composición racial. En 2026, una personalidad internacional como el actor Samuel L. Jackson retoma la supuesta polémica, atizando enemistades hacia un país que nunca en la vida tuvo el gusto de conocer.

El asunto sería gracioso si no resultara llamativo. Que durante por lo menos un lustro completo haya existido en el hemisferio norte un interés deliberado en retratar un país como racista no deja de ser extraño, sobre todo tomando en cuenta la historia de las potencias occidentales radicadas precisamente en ese hemisferio. Para colmo, que un actor negro como Jackson acuse de racista a todo un país ya es un síntoma, porque internaliza un racismo histórico que el propio Jackson no está viendo… o finge no ver.

Es cierto que en el seleccionado argentino de fútbol no hay jugadores que respondan al fenotipo del África subsahariana. Lo que resulta perfectamente natural, puesto que en la Argentina no existe una representación numérica considerable de descendientes africanos puros, de manera de encontrar en los potreros jugadores de fútbol con rasgos fenotípicos correspondientes a las etnias de origen africano. Si vamos al caso, tampoco hay en la selección argentina jugadores con rasgos orientales provenientes de China, Japón o India, pero eso nadie lo señala.

Es un asunto lógico, la Argentina no necesita importar jugadores de otras regiones del mundo porque Argentina produce jugadores de fútbol. Otros países no pueden decir lo mismo y por eso, entre otros motivos, se ven obligados a nacionalizar jugadores para que integren sus seleccionados, incorporando en el deporte una representación negra que no se verifica en otras esferas de la sociedad. En la constitución de los parlamentos europeos, por ejemplo, no se ven tantos negros como en sus seleccionados de fútbol.

Pero ahí no termina la cosa: países como Francia, Inglaterra, Bélgica, Alemania, España e incluso Italia —aunque no haya participado de las últimas ediciones de la Copa del Mundo— sostienen en la actualidad un problema racial derivado de la cuestión inmigrante producto de la política sistemática e histórica de empobrecimiento del África. Más allá de la nacionalización de extranjeros, en los seleccionados europeos hay negros porque Europa ha recibido importantes contingentes de negros que se ven expulsados de los países africanos y cruzan en patera desde el norte del continente hacia las penínsulas europeas, atravesando el Mar Mediterráneo en condiciones infrahumanas.

El Papa Francisco denunció en reiteradas ocasiones la situación migratoria en el Mediterráneo, al que caracterizó como un enorme cementerio donde miles de seres humanos han perdido la vida sin siquiera gozar del derecho a una cristiana sepultura. Esa es una problemática que atañe al Viejo Continente en la actualidad, no se remonta a siglos de antigüedad en la historia. Y son los medios de comunicación de los países europeos, entre otros, los que denuncian sostenidamente el presunto racismo en nuestro país.

Mientras las sociedades europeas tratan como ciudadanos de segunda categoría a los inmigrantes africanos y tan solo los utilizan para vender una imagen de supuesta inclusión social en el contexto del deporte (y claramente favorecidos por las características físicas privilegiadas de los africanos y sus descendientes), esas mismas sociedades cargan las tintas sobre la Argentina por un supuesto racismo que no se verifica en los hechos. Hablan de moral con la bragueta abierta. Por citar tan solo un ejemplo, en Argentina jamás existieron los zoológicos humanos que se multiplicaron en Europa hasta bien entrado el siglo XX.

“Zoológicos”, sí, donde por definición se expone a animales, pero dedicados a seres humanos en condición de esclavitud. Otro tanto puede decirse de los Estados Unidos, país de origen del indignado Samuel L. Jackson. Allí existieron legalmente baños y transportes exclusivos para negros hasta bien entrada la década de 1960. Para dar un ejemplo comparativo, el infame Bernardino Rivadavia, afrodescendiente y primer personaje de la historia argentina en ocupar el cargo de presidente de las Provincias Unidas del Río de la Plata, gobernó el país en 1826.

El matrimonio entre personas negras y blancas fue ilegal en los Estados Unidos hasta 1967, mientras que la esclavitud se abolió en ese país en 1865. Argentina, por su parte, otorgó prerrogativa constitucional a la abolición de la esclavitud en 1853, aunque ya la Asamblea del año XIII había decretado la libertad de vientres cuatro décadas antes, garantizando la libertad de los hijos de mujeres esclavizadas desde ese año en adelante. En cuanto a los matrimonios mixtos, estos fueron fomentados en época de los reyes católicos en sus territorios de ultramar, cuando la Argentina ni siquiera existía como país.

Las uniones entre peninsulares, nativos americanos y africanos no estuvieron prohibidas en ningún momento de la historia argentina, la corona española las había legalizado oficialmente en 1514. De esa manera, al reconocerles el derecho a contraer matrimonio religioso a personas de origen no europeo, la corona española reconocía a los nativos americanos y a los africanos no solamente su condición de ciudadanos sino abiertamente una humanidad que el resto de Europa les negó hasta entrado el siglo XX.

Vale también preguntarles a indios, pakistaníes y bangladesíes por qué se han enamorado de la Argentina justo después de los goles de Diego Maradona frente a Inglaterra. Los asiáticos que sufrieron en carne propia la reducción a la servidumbre, el racismo y la explotación por parte del Imperio Británico casualmente abrazaron como suya la patria de un futbolista que cometió la irreverencia de gambetear a los ingleses y convertirles un gol con el puño cerrado. Pero claramente los racistas somos los argentinos, donde no existen negros simplemente por mero mestizaje.

En Inglaterra sí los hay y en los Estados Unidos, excolonia británica, también. Muchos de los que hoy acusan a la Argentina de ser un país racista ya habían nacido cuando en los Estados Unidos aún los negros no tenían permitido casarse con población blanca, usar el mismo inodoro o tan siquiera negarse a ceder el asiento en un transporte colectivo de pasajeros. Ese es el caso del amigo Samuel L. Jackson, quien nació en 1948. Y esa es la explicación de por qué Samuel L. Jackson es negro y no mestizo como, por ejemplo, Ayrton Costa.

Claro, hay que mirarlo apenitas para observar que su fisonomía responde en mucho al fenotipo propio del África subsahariana, aunque en el imaginario de los racistas como Jackson, Costa debe ser blanco. No lo es. No es ni blanco ni negro, es argentino. Así se definió a sí mismo el futbolista de Boca Juniors cuando le preguntaron si estaba dispuesto a nacionalizarse caboverdiano para ser convocado a formar parte de la selección nacional de ese país, en virtud de su ascendencia familiar.

La razón por la que Costa se define a sí mismo como argentino y Jackson se identifica primero como negro y después como estadounidense es sencilla: el abuelo de Costa llegó como inmigrante a la Argentina, formó su familia contrayendo matrimonio con una mujer argentina y tuvo hijos argentinos y nietos argentinos. Nunca le preguntaron de qué color era su piel a la hora de aceptarlo como un ciudadano argentino más, como la Argentina no se lo pregunta a nadie. Argentina recibe con los brazos abiertos a inmigrantes provenientes de todos los países del mundo desde que se constituyó como país, aunque proporcionalmente haya recibido más europeos blancos que africanos negros.

De hecho, la Argentina le otorgó carácter constitucional al ‘ius soli’, al derecho de suelo, determinando que argentino es por definición quien desee ser argentino. Así, el preámbulo de la Constitución Nacional garantiza los beneficios de la libertad “para nosotros, para nuestra posteridad y para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino”. El argentino, se sabe, nace donde quiere. Y por lo tanto, la argentinidad responde a todos los fenotipos y a ninguno a la vez, a todas las etnias y a todas las tonalidades de piel, siempre y cuando medie la voluntad de pertenecer a este pueblo.

Es obvio que quien ha sido tratado de negro despectivamente sienta que en la Argentina lo discriminan cuando lo llaman negro, es natural que quien no conoce otra realidad más que la segregación no entienda cómo evoluciona étnicamente una comunidad de seres humanos que ha naturalizado la mixtura. Pero la caracterización de la sociedad argentina como racista responde nada más que al trauma de quien la mira sin conocer la realidad profunda de una sociedad integrada.

Los argentinos no tenemos la culpa de eso y no le debemos explicaciones a nadie que nos juzgue sin haberse tomado el tiempo de estudiar medianamente la realidad social argentina habiéndose quitado previamente las anteojeras de sus propios prejuicios ideológicos. Tampoco tenemos la obligación de someternos a los dictámenes de la corrección política marcados por sociedades con un racismo internalizado, que se lavan la carita llenando de negros sus seleccionados nacionales mientras en la práctica siguen explotando el África, expoliando sus recursos naturales o manejando de facto sus monedas.

El uso y abuso de la exaltación de la negritud como chivo expiatorio para las propias canalladas por parte de los racistas del mundo es un arma que explotan hasta el día de hoy personajes públicos como Samuel L. Jackson, pero también otros como el ‘influencer’ conocido como “IShow Speed”, quien a lo largo de todo el torneo utilizó sus redes sociales para mostrar a la afición argentina como supuestamente racista en el contexto de los partidos de la selección argentina durante la Copa del Mundo.

Utilizando la camiseta de cada uno de los rivales de la Argentina, “Speed” provocó a la hinchada y fue repudiado en los estadios, lo que significó una denuncia por discriminación contra una ciudadana argentina en los Estados Unidos. Lo cierto es que el personaje es negro, pero si hubiera sido rubio y de ojos azules como Erling Haaland o si su tono de piel hubiera respondido a un popular color primario como en Megamente, de todas formas hubiera recibido puteadas sencillamente porque estas no se derivaron de su color de piel sino de su actitud provocativa e irrespetuosa ante la hinchada argentina. Atacan primero como bribones y se defienden como negros después, son completamente intocables y no se les puede decir nada en contra jamás, porque siempre que se critique a un negro se lo critica por negro y no por canalla. Así funciona la doble vara moralista en los países más racistas del mundo.

La operación es un calco del comportamiento como grupo de aquel que no se puede nombrar, pues ataca como Estado, se defiende como religión y goza a su favor de la criminalización de toda crítica que se le dirija. Que la ingeniería de un caso resulte en su funcionamiento idéntica a la del otro no puede ser casualidad, seguramente responde a un mecanismo orquestado y probadamente efectivo cuya finalidad no es otra que demonizar a un determinado grupo social, en este caso a la sociedad argentina.

La pregunta que resta responder entonces, aunque de seguro el lector ya la haya intuido, es por qué y respondiendo a qué intereses los medios masivos de cretinización de masas (en palabras del brillante Juan Manuel de Prada) en Occidente y sus semicolonias han puesto manos a la obra para convencer a la humanidad de que la sociedad argentina es intrínsecamente mala, fea y caca. La sociedad más racista del mundo, deleznable y merecedora de todo lo malo que le pase.

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