Hoy es el aniversario del fallecimiento del General Perón. Estaba revisando mis archivos y me di cuenta de que no tengo ningún texto escrito en alusión a la efeméride, aunque mi memoria me hace pensar que alguna vez escribí sobre esto. Seguramente me estoy olvidando de algo.
De todos modos, como diría Mirtha, el público se renueva y entonces no hay problema alguno en repetir cada tanto las mismas anécdotas como suelen hacer los borrachos. Yo no estoy borracha y soy abstemia, pero los escribidores solemos tener ese vicio de vivir mascullando recuerdos, como si nuestra memoria fuera un libro de consulta.
A mí la muerte de Perón siempre me trae a cuento dos anécdotas. La primera es la de mi mamá con trece años poniendo los ojos en blanco y resoplando de ofuscación, harta de que todo el mundo estuviera llorando por ese viejo a quien ella no conocía y poco le interesaba. Mi abuelo Nino estaba siguiendo los funerales por televisión y ante el gesto irrespetuoso de la hija, su impulso fue revolearle un mate por la cabeza. Fue la única vez que el abuelo cometió un acto de violencia contra ella.
Y le dio, eh. Solo que no la golpeó muy fuerte y no llegó a lastimarla, aunque le generó una impresión que mi madre no se olvidó nunca. Hasta el día de hoy siempre se acuerda y con los años lo fue entendiendo. Que no es lo mismo que justificarlo, pero de a poco (hasta el día de hoy) está empezando a comprender lo que significaba Perón para los de abajo.
Mamá de chica siempre tuvo ese sesgo goriloide propio del alfonsinismo, era lo que había en oferta. Creo que su antiperonismo era hijo directo de aquella reacción de mi abuelo, que ella percibió como excesivamente violenta. Lo fue, claro, aunque en retrospectiva uno puede ponerse en lugar del tipo y si no justificar, por lo menos comprender lo que debe haber sentido.
Porque para los pobres Perón fue como un padre y mi abuelo jamás tuvo la mejor relación con su propio padre, aunque gracias a Perón lo tuvo todo. La casa que construyó con sus propias manos, por ejemplo, bajo cuyo techo su propia hija le faltaba el respeto al General. Claro que ella era prácticamente una niña y no tenía la menor idea de quién era Perón o cuál había sido su importancia, tan solo estaba podrida de tanto melodrama. A los adolescentes les gusta el melodrama únicamente cuando lo protagonizan ellos.
Y mamá era eso, una adolescente, aunque su adolescencia haya durado poco y nada. Por aquel entonces estaba empezando a noviar con papá y apenas tres años después de esos acontecimientos se estarían casando y dando la bienvenida a su primera hija. Aunque supongo que en ese tiempo uno crecería más rápido, qué sé yo. El mismo abuelo que era capaz de reaccionar de manera agresiva arrojando un mate a la cabeza de su hija ante una falta de respeto permitía por acción u omisión el noviazgo de esa misma hija con un muchacho diez años mayor que ella, sin que mediase contradicción alguna.
Pasaron cincuenta y dos años, toda una vida. De hecho, la segunda anécdota viene emparentada con mi papá siendo un muchacho de veintitrés años. Precisamente por el hecho de que televisaron los funerales fue que se dieron cuenta cuando, en su momento, la cámara quedó fija en él y lo siguió en su trayectoria hasta el féretro y luego cuando se retiraba.
Papá lo conoció a Perón como conoció a varios otros presidentes desde Onganía hasta Alfonsín. Era jardinero en la Quinta de Olivos. Pero también era peronista y su congoja se debió a eso, no al hecho de haberlo conocido en persona. Ese joven estaba velando al líder político, no al hombre que junto a su mujer había estado ocupando la residencia donde él trabajaba todos los días.
Es hasta cierto punto gracioso, porque siendo él peronista y el suegro y todos los demás, la novia del tipo era una pendeja gorila. Se ve que no charlaban mucho de política con mamá por aquel entonces. ¿Y qué iban a charlar, si eran dos criaturas? Yo los imagino y no lo puedo creer. Mis sobrinos varones tienen veintitrés, veinticuatro años y no estoy segura de que ya sepan lavar sus propios calzones, pero por aquel entonces mi papá ya era un hombre.
Un hombre incapaz de romper en llanto, pero igualmente con el alma en pedazos. Mi mamá y mis tíos recuerdan la escena con nitidez, el loco en la tele enfundado en un sobretodo, con un pañuelo en la cara tapándose por si se le escapaba una lágrima. Dicen que llovía mucho y hacía frío.
Pero frío en serio, de los de antes, no estas masitas para miedosos y caribeños que tenemos ahora. ¿Viste que cuando sos chico parece que el invierno es una cosa apabullante pero cuando crecés te das cuenta de que es lindo, fácil y acogedor? Debe ser una cuestión de escala, cuando sos chico todo lo que es grande te parece enorme y el invierno tiene eso, que impone respeto.
Aunque también puede ser que no haya cambiado el invierno en sí, sino que uno está en otro lugar atravesándolo y ahí es donde el peronismo se confunde con nuestras vidas cotidianas. El peronismo como realidad, como concreción de un ideal de justicia social. No es lo mismo mi invierno ahora en una casa de ladrillos donde puedo a cualquier hora del día abrir la canilla y darme una ducha caliente, abrir el ropero y saber que ahí hay abrigo suficiente para no pasar frío nunca.
Salgo del baño y me espera una estufa encendida, me seco el pelo con un secador eléctrico y me tomo un café con leche. A la noche, me meto en una cama mullidita, con sábanas frescas, recién cambiadas, y una colcha gorda, suave y calentita. Ni siquiera tengo que pensar en el frío como cuestión, no es un problema a resolver como sí lo fue en otros tiempos.
Eso es el peronismo en acción, en sus efectos. Está tan interiorizado en nuestras almas que ni siquiera somos capaces de diseccionarlo de nuestra realidad de todos los días. Que luego de setenta y un años desde el bombardeo en Plaza de Mayo los laburantes argentinos sigamos pudiendo comer un guiso de lentejas o un arroz con pollo para contrarrestar el invierno es el peronismo enquistado en la matriz productiva, sus efectos residuales que aún no han podido eliminar del sistema los enemigos del pueblo.
Y por eso mi abuelo se enojó cuando mi mamá le faltó el respeto a Perón. Por eso mi papá fue a despedirlo no como un simple empleado de la residencia presidencial sino como un ciudadano más que deseaba presentar sus respetos a un líder de masas. Perón fue especial para estas personas y para otras tantas, cada una tendrá su historia particular.
Perón fue el último representante de la voluntad del pueblo argentino. Fue un auténtico aborto de la historia, el último de los militares patriotas que dio este país o por lo menos el último que llegó a la cima. Y duele verificar eso, porque después de ese grupo de aventureros que se dieron en llamar GOU el enemigo agazapado tuvo que iniciar un trabajo puntilloso de penetración de las fuerzas armadas y de siembra sistemática de ideologías ajenas a la defensa del interés nacional.
El hecho de que hoy a la inmensa mayoría de los habitantes del país le resulte inaceptable la sola idea de que las fuerzas armadas lleguen a tomar protagonismo en la política nació ahí, nació con Perón. Porque fue él quien, abrazando la causa de los padres de la patria, entendió a la milicia como un servicio a la causa de la libertad, se embanderó en búsqueda de la justicia social y comprendió, como buen filósofo que era, que esta solo puede obtenerse si la preceden la independencia económica y la soberanía política.
Fue un hombre extraordinario, claro, en el sentido más estricto y literal de la palabra. Un fuera de orden, fuera de lo común. Por su inteligencia, su tenacidad, su coraje, su carisma y su capacidad de trabajo. Pero no lo fue en cuanto a su visión de unas fuerzas armadas patrióticas como árbitros de la verdadera democracia, la que en sentido estricto y literal significa el gobierno del pueblo para la defensa del interés popular.
Ya no existen milicos patriotas y no es por accidente, sino porque hubo quienes se encargaron trabajosamente de que esto fuera así. Por supuesto que en el medio hubo un bombardeo a civiles en una plaza, el que la escuela y los medios de difusión ocultan sistemáticamente a la hora de contabilizarlo como el principal atentado terrorista en la historia de nuestro país. Hubo un trabajo serio de adoctrinamiento de las fuerzas armadas cuyo corolario más sangriento fue la muerte y la desaparición de miles de personas durante la última dictadura militar.
Desde entonces, la colonización pedagógica nos explicó que ser militar es necesariamente sinónimo de ser estúpido, sometido, asesino y cipayo. Y nos lo creímos, nos creímos el verso mientras dejábamos indefenso nuestro territorio (el mismo que tenemos invadido por una potencia extranjera desde 1833), descuidábamos nuestros recursos y permitíamos el desguace de nuestro patrimonio nacional, afirmando que con la democracia de come, se cura y se educa.
Democracia como sinónimo mentiroso de participación electoral en el marco de una república partidocrática. En desmedro obviamente del interés nacional. Nos hicieron creer que el peronismo estaba ahí, en un partido político y no en obras, en un esquema de producción capitalista que privilegie a los trabajadores y a la producción por sobre la especulación y la renta.
Y todo ese proceso me remite a mi papá otra vez, a cómo “en democracia” lo echaron como un perro de la Quinta de Olivos para achicar personal, de cómo durante el menemismo lo echaron como un perro de la fábrica de galletitas donde trabajó después. “Revolución productiva y salariazo”, le habían prometido.
En cambio, lo tiraron a la calle siendo padre de seis hijos y lo dejaron morirse de una neumonía en enero, tirado en un pasillo de hospital, como un perro. Todo tiene que ver con todo, con Perón murió ese aborto de la historia que hoy llamamos peronismo y comenzó la decadencia, una que aún no ha logrado revertir del todo los efectos multiplicadores del peronismo pero que avanza lenta e inexorablemente, a punto de convertirnos en el país que los poderosos decretaron que hubiéramos debido tener, de no haber aparecido en el medio Juan Perón, el último patriota.
Si hoy escribo esto frente a un calefactor, bajo un techo digno y bebiendo un mate caliente con bizcochitos en lugar de haber seguido laburando en la calle pateando muerta de frío. Si pude estudiar y puedo escribir, en última instancia, es gracias a Perón. Mi abuelo lo sabía bien porque él vivió las dos etapas: vivió el esfuerzo de laburar como un asno y no ver progreso alguno y el otro momento, el de ver por primera vez en la historia cómo trabajar duro y dignamente rendía sus frutos.
Claro que mi mamá era demasiado joven para darse cuenta de ello. Y la insolencia le valió un chichón. Pero cincuenta y dos años después, creo que ha comenzado a entender por qué.
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