Mi amigo Lionel Messi

 


Es difícil hablar después de una derrota y no hablar desde la rabia obvia, porque somos argentinos y no nos gusta perder ni jugando a las bolitas. Pero esto no se siente como un fracaso, es apenas una derrota. Y tenía que llegar, todos sabemos que no se puede ganar indefinidamente. Claro, el tema es que acá no se podía tocar fondo y salir a flote como contra Arabia Saudita. Acá si perdías te quedabas sin la Copa.

Pero no sin mundial. Fue un ciclo extraordinario como yo no lo había visto en toda mi vida. Yo crecí y llegué a ser una mujer adulta sin haber visto a la Selección jamás ganar ningún título, ni siquiera a nivel continental. Me ilusioné en 2014 con un plantel que no era descollante pero llegó a la final con Messi siendo el mejor jugador del torneo (Messi +10, decíamos) y justo ahí, a nada de alcanzar el sueño, se nos escapó de las manos.

Las dos finales de Copa América perdidas contra Chile y por penales también han sido una espina dolorosa. ¡Chile! Dios mío, qué sal. Y Messi creyó que no daba más, sintiendo que la responsabilidad por los fracasos era suya —y seguramente inducido a creer eso debido a que todo el mundo, en la tele pero también en la calle, todos le daban con un caño—. Entonces renunció y se fue a su casa, frustrado.

Eso sí fue un fracaso. No supimos traducir la derrota en una política de remontada y en ese sentido, fracasamos. Alguna vez escuché al Negro Dolina decir que a él no le parecía mal quedarse fuera de un mundial en primera ronda, en octavos o en cuartos, que la mayoría de los seleccionados se van quedando en esas instancias y que nadie permanece en la competencia más tiempo del que merece. “Tal vez lo que sucede es que nos creemos mejores de lo que en realidad somos”, dijo Dolina. Tal vez no somos un equipo de semifinales o final, sino uno de primera ronda, octavos y cuartos.

La historia le dio la razón. Porque pasaron cracks, DT estrella y de los otros, pasaron ciclos y ciclos y la cosa no caminaba, hasta que un día caminó. Entonces se vio que hay grupos que hagan lo que hagan no avanzan, mientras que a otros es imposible matarlos. La Scaloneta fue eso, fue un grupo inmortal que supo seguir ganando después de ganar y eso no es poca cosa. Lástima que justo haya visto una derrota hoy, cuando todos queríamos otra cosa. Pero bueno, es lo que hay.

No haber ganado la final no se siente como fracaso, decía, porque Argentina jamás dio una imagen de apatía o falta de hambre. Siempre buscó, incluso saltando en una pata. Jugó en este mundial ocho partidos y ganó siete. En circunstancias digamos “normales”, con el viejo formato de treinta y dos equipos, esa dinámica le hubiera valido el título y hubiera sido un justo campeón. Pero bueno, si mi abuela hubiera tenido pija en realidad en lugar de ser mi abuela hubiera sido mi abuelo y si hubiera tenido piloto hubiera sido un calefón.

Lo que quiero decir con esto es que la campaña que hizo Argentina es extraordinaria. Vamos, que ni siquiera el campeón llegó a la final habiendo ganado todos los partidos. España empató 0 a 0 con el mismo Cabo Verde que en dieciseisavos de final le hizo un partidazo a Argentina, lo llevó a alargue y resultó siendo la revelación del mundial. Claro que en la final Argentina se quedó sin nafta y bueno, jugó un mal partido, lo perdió y fue entonces un justo subcampeón.

Yo siempre tengo en buena estima a los subcampeones, más allá de la chanza de “segundo Francia” de la otra vez, porque es cierto, no es moco de pavo llegar a jugar los ocho partidos de un mundial. Es un laburo enorme, un esfuerzo extraordinario e implica quedarse en el torneo hasta el último día, cosa que no todos pueden hacer. Y después, los partidos hay que jugarlos, como decía mi papá. Nadie tiene ganado nada antes del silbatazo inicial y nadie es campeón antes del pitazo final.

O eso es lo que creemos nosotros los argentinos, por lo menos. Es nuestra idiosincrasia: los partidos hay que jugarlos, son siempre once contra once, todos tienen piernas, empieza cuando el árbitro lo comienza y el árbitro dice cuándo se termina. No se habla antes, no se boquea y la superioridad se manifiesta con fútbol dentro de la cancha. Así vivimos el fútbol nosotros y nos cae un poco como el orto que se hable antes o que el rival se ande bordando estrellas en la camiseta de antemano como lo hicieron los españoles.

Claro, eso calienta una previa porque nosotros no hacemos eso y lo tomamos como una subestimación y una falta de respeto. Entonces eso es lo que sí molesta de esta derrota, no haber sido capaces de cerrarles bien el ojete y que las agujitas las tuvieran que usar no para bordar camisetas sino para suturarse el hoyo. Creo que la rabia de todos viene más que nada por ese lado e intuyo que la bronca misma de los jugadores pasó más que nada por ahí.

De hecho, a Otamendi se lo vio molesto después del partido diciendo esa clase de cosas: que hablaron antes y que lloraron también, lo que predispone que una final entre naciones que supuestamente son hermanas se haya calentado más de lo necesario. El llanto de los jugadores fue un poco eso, me parece, como el de la Tana Ferro cuando se quebró por haber tenido que pedirle perdón a esa pendeja cara de puta. Lloraron (lloramos) de bronca porque no les pudimos cerrar el orto a esos amargos.

Que jugaron mejor, sí, aunque con ese fútbol espantoso y aburrido que hacen siempre. En lo personal estaba segurísima de que el derrotero del partido iba a ser el que fue: cansino, con alargue, eterno. También estaba segura de que el Dibu iba a ser figura porque ellos patean al arco, mientras que a ellos no les patea nadie porque su fuerte es una defensa que cierra los caminos. Siempre conversamos con papi que queríamos que perdiera Francia pero que al mismo tiempo estábamos seguros de que ganarle a España iba a ser para Argentina mucho más difícil que ganarle a Francia. Era un desafío, aunque no uno imposible.

La buena noticia era que en la semifinal contra Inglaterra Argentina se había reencontrado con el fútbol y que si le jugaba a España de esa misma manera, tenía buenas chances de ser campeón. No se dio el caso y aquí estamos. Seguramente el mal juego de Argentina se puede explicar por el planteo del rival, por la sobrecarga física de unos jugadores que habían llegado en muchos casos al mundial con lo justo (incluso abiertamente lesionados) y quizá por el planteo innecesariamente defensivo con el que encaró el partido el cuerpo técnico.

Pero qué carajo les podemos reprochar. Ahora nos enteramos de que Paredes, el mejor jugador de esta selección 2026 luego de Messi, jugó los últimos tres partidos con una lesión, al igual que Licha Martínez y Cuti Romero. El Dibu Martínez jamás ocultó que llegaba con un dedo roto y que todos los especialistas le recomendaban operarse, pero él no quiso porque prefería competir así, aunque todos los días le doliera la mano. Aun así, fue la figura de la final.

Scaloni, por su parte, siempre se caracterizó por hacer cambios que muchos de nosotros no entendíamos y sin embargo, siempre nos tapó la boca. De alguna manera que nos escapaba, siempre le salieron bien. ¿Que yo hubiera metido a Lautaro en lugar de a Senesi? Seguro. Lautaro, Paz, Barco. Perdido por perdido, cualquiera que encare hacia el área, no un defensor. Si estás perdiendo, ¿qué es lo peor que puede pasar, que te hagan el segundo? No, amigo, no te cuidés, hay que ir siempre a la carga, Barracas.

Como cuando te quedás sin laburo y en lugar de reventar a full la tarjeta comprando de todo y ganando cien años de perdón te empezás a cuidar en los gastos y al final la bicicleta se corta y ¡pum! Estás igualmente endeudado porque cortaste la cadena de pagos, igual te quedás sin crédito en el futuro e igual vas a parar al veraz. ¡Pero reventala, querido! Por lo menos estarás en el veraz con cama y heladera nueva o con aire acondicionado. Ahora estás, por pasarte de cauteloso, igualmente endeudado pero con la cama que se le saltan los resortes y cocinándote en verano en tus propios jugos.

En fin. Por algo Scaloni ganó cuatro títulos con la selección y yo soy una gorda Boca Juniors sentada delante de un teclado. Qué sé yo. No siento que tenga nada que reprochar a nadie. Solo dar las gracias por el nivel que este grupo sostuvo a lo largo de los últimos cinco años. Me hubiera gustado ver otra cosa ayer pero como dije antes, no por mí sino por ellos. Por los muchachos.

Porque yo puedo decir que soy messista desde Cemento y que sí lo banqué siempre a Leo, incluso cuando todos le daban con un caño. Y no me olvido, porque los he tenido de frente repitiendo las mismas pelotudeces que decían los Toti Pasman en la tele. Que no cantaba el Himno, que era un pechofrío, que se borraba cuando la selección lo necesitaba, que si no era en el Barcelona no jugaba a nada, que era llorón y mil otras cosas que, creía yo, habían quedado sobradamente zanjadas.

Ahora empiezan a salir de las covachas, se ve que estuvieron agazapados durante mucho tiempo, sobándose las manos, esperando a que una derrota les terminara por dar la razón. Es así: cuando la riada sube, los soretes salen a flote. Y ahora es fácil apuntar los dedos hacia el capitán, pero yo no me olvido. No me olvido de todo lo que me hizo sentir, no me olvido de que todo lo que mi papá supo decir de Maradona yo lo vi cuando lo vi jugar a Messi.

A los que nos gusta el fútbol más allá de mirar cada cuatro años los partidos del mundial, haber disfrutado por veintipico de años de este tipo dentro de una cancha es un regalo que sentimos que nos lo dio la mano misma de Dios. Y eso no se borra por un mal partido, aunque haya sido una final. Este grupo le dio a Messi lo que necesitaba para ser un líder positivo, para sentirse feliz y libre otra vez y le permitió ganar. Se dejó el alma y la carne en la cancha por él y eso es para destacarlo.

Ahora es fácil empezar a especular con internas palaciegas, arengas que ocultan mensajes subliminales y peroratas, porque Argentina vende y el periodismo es históricamente un hijo de puta que huele carroña y se regocija. Pero lo que yo vi fue un partido en el que ninguno se sacó chispas, al merecido campeón le costó llegar al 1 a 0 y ganó bien, aunque no le haya sobrado nada. No hubo baile y una Argentina muy mermada físicamente estuvo a nada de llevar la cosa a penales.

Aguantó a puro huevo con un hombre de menos y algunos como Tagliafico, con una pierna de menos. E incluso con cinco defensores en cancha, lo buscó. Otamendi de 9 estaba. Y no me gusta llorar, pero la verdad que el arbitraje fue bastante favoritista, si a un jugador argentino lo desparramaban era “siga, siga”, pero cuando le rozaban la virulana a Cucurella ya les estaban pitando a ellos. Por lo menos yo lo vi así, no sé.

Y eso desgasta anímicamente cuando ves que necesitás entrar por la vía aérea y no tenés ni siquiera un tiro libre a favor, incluso cuando lo mereciste. En fin. Pero el fútbol es esto, estamos acostumbrados a que a veces dé la casualidad de que sistemáticamente se te equivoquen en contra. Cuando algunas veces se te equivocan a favor lo aceptás, entonces, a llorar a la iglesia. Son las reglas del juego.

Dije antes que el partido más importante para los argentinos fue contra Inglaterra y lo sostengo. Dije que si queríamos ganarle a España era más que nada por no ver al Capitán retirándose de los mundiales con una derrota. Sostengo todo eso y solo puedo agradecer. Lo que mi papá decía haber sentido al ver a Diego levantando la Copa lo sentí en Catar gracias a Messi, Scaloni y sus muchachos. Lo que papá decía haber sentido al ver a Maradona gambeteando a los ingleses lo vi el miércoles pasado y entonces no puedo pedirle más al fútbol.

No lo merezco. ¿Por qué si mi viejo se murió sin haber visto a Argentina bicampeona del mundo, a mí me tendría que tocar hacerlo? No, está bien así. Las despedidas son, decía el Indio, esos dolores dulces. Y esta es una despedida. Es dulce porque todo el camino fue hermoso y es dolorosa porque en el fondo sabemos lo que hubiera podido ser y no fue y también sabemos que va a pasar mucho tiempo para que se repita.

Este año me tocó perder muchas cosas. Al país le tocó perder también. Mi abuela se murió sin que, por mezquindades propias y ajenas, la haya podido despedir como me hubiera gustado y como ella lo hubiera merecido. Se nos fue el Indio y hasta el día de hoy no lo puedo superar. Era, lo dije antes, mi primer amante y mi primer amor. Y ese amor no se olvida. Fue quien, en la desesperanza, nos prendió una mechita de esperanza: “¿Qué tal si ganás un Campeonato del Mundo más? Estás para eso, viejo. Estás para eso”.

Porque un trauma tan grande, un dolor social tan inmenso solo lo podía paliar una alegría tal que solo el fútbol sería capaz de dárnosla. Y nos aferramos a esa frase como un mantra, sintiendo que ahora el Pelado estaba allí, de donde no se vuelve, haciendo fuerza por nosotros. Con Diego, los dos bosteros de alma y otorgando a la selección esa épica bostera que sostuvo durante todo el torneo, aunque no le alcanzó en la final.

Este año nos tocó a todos perder muchas cosas, pero a pesar del ninguneo de propios y ajenos, de los lloros y de las teorías de la conspiración que restaban mérito a nuestros guerreros, durante cincuenta días fingimos demencia y siempre fuimos felices. Cincuenta días menos uno, nada menos. Fuimos rebeldes, ruidosos, irreverentes, orgullosos y según algunos, soberbios: argentinos hasta los huevos. Con las piernas destrozadas y el corazón roto, terminamos el juego con la frente en alto. Y eso a mí que siempre rescato el valor de un subcampeonato aunque no me guste ser Cebollita subcampeón, me basta.

Vi a mi capitán haciendo tres goles en un partido, vi a mi selección remontar partidos que hubo quienes daban por perdidos, vi a un loco de casi 40 yendo a buscar y buscar como a veces no los veo a los pibes de 20. Vi por primera vez a un país feliz en la derrota por no entenderla como un fracaso sino como un resultado posible. Vi exaltar la causa Malvinas a un seleccionado al que muchos criticaban su presunta “apoliticidad” perniciosa. Vi a un arquero con las manos rotas y los ojos encharcados diciendo que deseaba que el legado de esta selección sea el ser recordada como una banda de laburantes que se ganaron todo a fuerza de trabajo.

Vi a un loco llorando por “no haber podido ayudar a sus compañeros” y al mismo loco sacando pelotas imposibles en una final del mundo, luego de haber dicho que esperaba ser un ejemplo para las nuevas generaciones, un ejemplo de resistencia, trabajo y entrega. Vi un tipo como yo, un marplatense, advirtiendo a los chicos que se acerquen a un club y se alejen de la noche.

Y finalmente, vi a un tipo que no se rindió nunca, un pibe de 39 años, volando por los aires, vivado por sus compañeros que también han sido sus amigos. Si llegamos a tres finales, si en mi vida adulta pude oír tres veces el himno de mi país en una final del mundo, fue por él. Porque después de haber perdido la primera volvió y tocó el cielo con las manos. Y con él, todos nosotros. Podría haberse quedado ya en su casa entonces, cómodo y siendo el deportista más importante de todos los tiempos, pero no se rindió.

Siguió jugando por sus amigos. Y si algo nos enseñó Nuestro Señor Jesús de Nazaret es que no existe un mayor acto de amor que el de dar la vida por los amigos. Eso hizo Messi, el más grande de todos: nos dio su vida. Y a veces fue vejado, escupido y crucificado, pero siempre regresó con gloria. Nuestro Messías.

Queríamos verte feliz en este día, pero no se dio. Ojalá el fútbol, que es un deporte hermoso pero también puede ser un hijo de puta, te hubiera devuelto algo de todo lo que le diste vos, campeón. Por mi parte, lo único que tengo son palabras de amor, de agradecimiento y un orgullo que me hincha el pecho y me lo desborda de lágrimas, porque la verdad que es incontenible.

Me dice alguien acá que hoy es el día del amigo. En lo personal me cago en esa clase de efemérides, pero ya que estamos, me gustaría decir que yo tuve la suerte de tener un buen amigo que se llamó Lionel Andrés Messi Cuccittini. Fue mi amigo por más de veinte años y aunque él no me conoció en persona, me dio muchas más alegrías que muchos de los que se llaman amigos en la vida real.

Él nunca me pidió nada, nunca me defraudó y nunca me traicionó, solo me hizo feliz, me causó admiración y asombro y me demostró lo que se puede lograr siendo un tocado por la mano de Dios, sí, pero también un laburante de pura cepa, un hombre de bien y un cristiano de ley. Hoy sería mucho más fácil defenderlo si la Copa estuviera en nuestra vitrina, pero los amigos somos así. Nos metemos con vos hasta dentro del cajón, no te tiramos en la puerta del cementerio.

Feliz vida, campeón. Y gracias.

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