Con la adrenalina apenas bajando veinticuatro horas después de los hechos, por fin se puede empezar a hablar con cierta objetividad de la cosa. Argentina ganó un partido para el recuerdo y ganó bien. Que la cuenten como quieran. Estamos en cuartos de final y la enorme mayoría de los que nos tienen resentimiento van a seguir mirando la Copa por TV.
Sin tomarme el trabajo de estudiar los números (esas son cosas de varones y yo soy mujer, sentimiento puro y matemática cero) no hace falta ser un analista de fútbol para darse cuenta de que ayer Argentina tuvo todo el tiempo la pelota. Solo basta haber mirado el partido. Hacés memoria y todo lo que te viene a la cabeza son jugadas de Argentina, salvo tres excepciones.
Egipto llegó virtualmente tres veces, las tres veces la metió. Una de ellas, terminando en gol anulado y tiro libre para Argentina. A llorar a las pirámides. En lo personal, apenas dos días antes de que se jugara el partido había escrito una cosa que sigo pensando: cada uno utiliza las armas que tiene. No voy a cambiar el discurso porque eso me convenga.
Nunca me gustó jugar frente a equipos que se tiran atrás y te la meten de contragolpe, pero esa es una propuesta válida y tan legítima como cualquiera, sobre todo en el caso de equipos con un físico privilegiado como suelen serlo los equipos africanos. Es la antiquísima discusión futbolística entre el ‘jogo bonito’ y el ‘catenaccio’, dos filosofías diametralmente opuestas sobre las cuales han corrido ríos de tinta.
Acá tenemos nuestras propias reversiones de ese debate, encarnadas en el bilardismo y el menottismo que en lo personal encuentro perfectamente legítimas a partes iguales. Evidentemente funciona una cosa y funciona la otra, si ambas nos valieron una Copa del Mundo cada una. Será que por peronista soy pragmática y en ese sentido respeto que cada uno haga lo que pueda con lo que tiene. A veces se puede salir a buscar y otras veces hay que defenderse. No es lo ideal, pero la vida real no es ideal.
Dicho eso, tampoco puedo cambiar de discurso en este sentido: soy anti-VAR desde Cemento precisamente porque no estoy de acuerdo con esa pretensión de perfección que no es tal. Se trata de un sistema probadamente falible que muestra aires de objetividad cuando no la hay. Prefiero, siempre he preferido, que haya un juez en la cancha y que su palabra sea ley, a cara de perro. Pero el sistema está y se viene implementando ya por segunda vez consecutiva.
Y entonces me cae como el culo que una captura de pantalla o un video de una jugada de hace un minuto termine rompiendo la dinámica del partido, de la misma manera que no termino de entender por qué ahora los jueces de línea levantan la bandera metros adelante de un fuera de juego o incluso cuando la pelota termina en gol y hay que invalidarlo. Pero es lo que se viene usando, unas veces ese mecanismo favorece a unos y otras veces favorece a otros. Hay que fumársela en pipa cuando es en contra de uno porque uno celebra cuando es a favor. Son las reglas del juego.
Así que Lola, el gol anulado estuvo anulado a partir de los mismos parámetros con los que se viene manejando el arbitraje a lo largo de todo el torneo. Seguro que generará impotencia, pero eso no significa necesariamente ni una animosidad en contra de un equipo ni un favoritismo en favor del otro.
Después de eso tenés las incontables oportunidades en las que la pelota (que por algo le llamamos “la caprichosa”) se negó a entrar o bien el arquero egipcio la sacó, porque al campeón del mundo todos le juegan el partido de su vida. Hay una de Enzo Fernández que se va apenas desviada, otra de Alexis Mac Allister, el penal contra Tagliafico y una falta en la puerta del área que termina pegando en el palo luego del tiro libre de Messi. Ah, y el golazo de Julián que el arquero la desvía de milagro y después se tira en el área a hacer tiempo por lo que nos pareció una eternidad.
Todo eso pasó en el primer tiempo, incluso con Argentina abajo e incluso luego de un penal mal ejecutado por el capitán, que el arquero no tuvo dificultades en contener. La pelota no entraba y no entraba, pero el juego no era de Egipto, era de Argentina. Claro que con algunas imprecisiones, pero siempre con la pelota.
El primer gol egipcio vino luego de una jugada de tiro de esquina jugado corto, un centro y un cabezazo que uno hubiera tenido la impresión de que el Licha Martínez hubiera debido desviar. No estuvo tan afilado como contra Cabo Verde, Lisandro, esa es la verdad. Otros, como Mac Allister, Nahuel Molina e incluso De Paul se ven incómodos, no están tan equilibrados como en Catar.
A veces daría la sensación de que la lentitud con la que juega Argentina por momentos es estratégica para enfriar partidos contra rivales rápidos y superiores en lo físico, otras veces el miedito es que quizá no sea una lentitud impostada sino más bien real, porque los jugadores no se encuentran en el mismo estado atlético que hace cuatro años. Y todo eso es verdad, ya se insinuó con Jordania, se vio con Cabo Verde y lo explotaron ayer los egipcios, a qué negarlo.
Pero sin embargo, el fútbol no es atletismo ni es gimnasia, es un deporte mucho más completo porque implica lo físico pero también lo emocional, lo psicológico y lo colectivo. E implica las bolas. Ayer lo que se vio fue a once guerreros peleando por el honor, jugando con el corazón incluso cuando el cuerpo parecía que se negaba. Lo que vimos todos en la cancha luego lo dijo Leandro Paredes a la prensa: “No queríamos que Él se fuera así del Mundial”. Y con las mayúsculas basta para que todo el mundo sepa de quién hablo. Pongo mayúsculas adrede porque ese hombre es hoy el dios viviente del deporte.
El deportista más importante de la historia de la humanidad. No, no, no, no dije el mejor futbolista. Dije el deportista más importante de la historia, de toda disciplina. A llorar a la apostasía, que la cuenten como quieran. Es ese tipo tan pero tan excepcional que medio mundo se creyó la supuesta existencia de una conspiración a su favor para verlo ser nuevamente campeón. El líder del equipo y el alma del grupo, ese hombre por el que (dicho por ellos mismos) los jugadores serían capaces de dar la vida.
Messi. El capitán de Argen-FIFA, el líder de VARgentina. El tipo a quien todo el que lo odia lo odia tan solo porque no está en lo humanamente posible llegar a parecerse a él. Ahora también se le dice que es una mascota del sionismo y que por eso los arbitrajes lo “favorecen”. El tipo tiene treinta y nueve años y no juega a nada, por eso es el máximo goleador del torneo con 8 tantos, uno por encima de los marcados por pibes de veintipico como Haaland y Mbappé.
Por eso es el único jugador clasificado a cuartos de final de esta Copa del Mundo en haber jugado seis mundiales de corrido. Por eso es el único jugador en la historia del torneo en haber marcado goles en nueve partidos seguidos, incluida una final del mundo de la que salió campeón. Por eso cuenta más goles y asistencias que cualquier otro jugador en la historia del torneo. Todo eso es porque se lo regalaron, si es un perro. No juega a nada.
Sus compañeros lo idolatran y desean que no se vaya de los mundiales llorando de tristeza sino de alegría porque es un mal tipo, un rastrero y una mascotita del sionismo, no como el DT de Egipto que denuncia el genocidio en Palestina. Messi no, él se junta con Gianni Infantino a mendigar balones de oro y penales a favor. Penales que después falla, porque no sirve ni para hacer trampa.
En fin. Lamentable, como se ve. Y sin embargo, la mascotita del sionismo tiene tatuado a Cristo y agradece a Dios cada vez que hace un gol. “Sabía que Dios me iba a regalar un Mundial”, dice, mientras viaja a todos lados con una figura de la Virgen de Luján. La mascotita del sionismo es católico, sus compañeros se bañan en agua bendita para torcer el resultado de un partido trabado y todo un país reza al unísono para contrarrestar brujerías que le hacen a Argentina, porque la fe en Cristo mueve montañas.
Y sin embargo, hay quienes no lo entienden. En lo personal, como alguna vez dijo Roberto Fontanarrosa por Diego Maradona, no me importa lo que Leo Messi haga con su vida, me importa lo que hizo con la mía. Y Leo Messi me hizo feliz. Me devolvió la fe. Fe en Dios por sobre todas las cosas, pero también fe en mí. En lo que soy capaz de hacer. Como diría otro Roberto, Arlt, por prepotencia de trabajo.
Porque Messi fue cuestionado, difamado, negado por propios y por ajenos. Fracasó, renunció y sin embargo, volvió y ahí está. Insistir, resistir, persistir; nunca desistir. El tipo les enseña a miles de nenes todos los santos días de Dios que vale la pena seguir yendo al club a entrenar, que vale seguir confiando en su familia, en sus amigos y en Dios por sobre todas las cosas. No necesita envolverse en ninguna bandera extranjera ni defender en el discurso todas las causas justas de la galaxia menos la causa de la patria. Lo único que necesita es seguir jugando.
Yo lo veo y me inspiro. Yo, que soy una pobre costurerita hija de un jardinero pobre y otra costurera, lo veo a Messi y me siento a escribir. Lo único que sé hacer en la vida es escribir, lo único que me hace feliz. Y tanto tiempo dejé de hacerlo porque nada me tocaba el corazón, nada me parecía digno de expresarlo. El país, la realidad social, política, económica, geopolítica. Todo me parecía una mierda y me provocaba hastío, no quería saber nada y no tenía nada para decir. Pero por Él, escribo.
Por Él los chicos madrugan. Por Él Paredes cruza al egipcio en una réplica de la parada del Dibu contra Kolo Muani. Por Él estos pibes no pierden, porque no lo quieren ver perder a Él. Y el tipo la busca, viendo que lo tienen acorralado entre tres se tira a un lado para jugar por la banda en vez de plantarse en el área chica y esperar el centro como hacen otros que no buscan la victoria colectiva, buscan la estadística personal. Otros a quienes el máximo logro de sus carreras es que los hayan comparado con Messi. Qué honor, la puta madre.
En fin. Decían que “no había espíritu mundialista” los mismos que en el fondo deseaban que no lo hubiera porque el argentino en estado de Mundial es esto que vimos ahí: un pueblo que no se da por vencido ni cuando parece que ya está vencido, que saca fuerza de donde no tiene para salvar el honor de sus amigos. Aun jugando feo, tosco, sin la elegancia de Catar.
Si algo nos enseñó Jesús de Nazaret es que no hay mayor acto de amor que el de dar la vida por los amigos. Leo, cargándose la crítica, los fracasos, las conspiraciones por casi veinte años en la selección nos dio su vida y hoy sus compañeros se la devuelven en esta racha de victorias, porque no lo quieren ver retirarse en un clima de derrota. Pero también se la devuelvo yo, rezando con el rosario de cuentas de sándalo que me trajeron de Roma, bendecido por el papa Francisco en persona. Francisco, el papa futbolero y de San Lorenzo.
Los nenes en las casas pintándose la cara, las brujitas quemando sahumerios y todos los amantes del fútbol que no lo queríamos ver llorar de tristeza.
Por eso hemos ganado el partido contra Egipto, por eso seguimos ganando. Porque la felicidad que nos dio, la fe, la esperanza, el ejemplo de superación y de amor por el oficio que nos inspira, todo eso se lo queremos devolver. No lo vamos a dejar en banda como Él nunca nos dejó a nosotros, incluso cuando no merecíamos su amor. Ese es el valor objetivo de un caudillo, ¿ven? Que la cuenten como quieran, estamos en cuartos de final y a los que les duela eso que la chupen. Que la sigan mamando de parte de Diego Armando Maradona que nos mira desde el Cielo y por supuesto, le sonríe a nuestro Messías.

Comentarios
Publicar un comentario