Pasado virtualmente un mes desde la final de la Copa del Mundo realizada en los Estados Unidos, Canadá y México, un fenómeno que no ha mermado al finalizar el campeonato de fútbol es la campaña de desprestigio dirigida contra los argentinos sobre todo en las redes sociales, pero también en medios de comunicación de diversos países, entre los que destacan dentro de los hispanoparlantes México y España. Las acusaciones de “tramposos”, “soberbios” y “mimados de la FIFA” que se multiplicaron a lo largo de todo el torneo dirigidas hacia los jugadores del seleccionado nacional y extendidas primero a la afición y más tarde a toda la sociedad argentina han virado conforme se aleja del horizonte la competencia deportiva, pero no por ello dejaron de abundar.
De los argentinos se ha dicho de todo: desde que compramos el mundial hasta que somos racistas y xenófobos, que nos comportamos agresivamente, que somos malos ganadores, malos perdedores, soberbios, agrandados. Nos gusta hacer trampa y tenemos las prioridades cambiadas pues anteponemos el fútbol a cualquier otra esfera de la realidad, podemos comer carne de burro tranquilamente siempre y cuando la selección siga ganando y al mismo tiempo nos anestesiamos mirando fútbol mientras nuestros gobernantes entregan el país, pero cuando los jugadores de la selección muestran una bandera defendiendo la legítima soberanía de nuestro país sobre las islas Malvinas debemos ser castigados por haber politizado el torneo.
Un día somos demasiado apolíticos y al día siguiente nos pasamos de politizados, pero hagamos lo que hagamos, sea lo que sea, es para repudiar. Y a priori el asunto no parecería ser del todo descabellado, al fin y al cabo España se quedó con el trofeo, su club más popular mantiene una histórica rivalidad con el capitán de la selección argentina Lionel Messi por su pasado “culé” y una de las principales figuras del Real Madrid a lo largo de las últimas dos décadas, Cristiano Ronaldo, ostenta un considerable número de seguidores entre los aficionados al fútbol tanto en España como en México.
Esos fanáticos tienden a demonizar al astro argentino y por extensión a todos los argentinos en virtud de la rivalidad deportiva que los medios de comunicación han atizado entre el delantero portugués y el rosarino. Entonces se puede considerar aceptable la burla hacia un Messi derrotado y supuestamente fracasado que jugó tres finales del mundo representando a la selección de nuestro país y tan solo obtuvo una de ellas por los caprichos del fútbol. Lo que no deja de sorprender incluso semanas después de la coronación española es la masividad de las burlas, que en principio parecerían deberse al volumen del público que atraen Lionel Messi, la Argentina y los argentinos.
Claro, hablar sobre Argentina vende y eso queda demostrado en el sinnúmero de reacciones, comentarios y enlaces compartidos cada vez que a algún influencer español y sobre todo a algún mexicano se le ocurre hablar sobre Messi, la Argentina o los argentinos de un modo general. Si el argentino se siente aludido, el argentino responde y a menudo lo hace con virulencia, haciendo gala de la altivez criolla de quien siente que nadie está por encima de él, porque la dignidad no se resigna.
Esa altivez, el orgullo reactivo que caracteriza al argentino es el que se confunde a menudo con soberbia o arrogancia y causa disgusto en quienes conociendo al argentino por encima, se dejan llevar por las primeras impresiones y tienden a creer que por no bajar la mirada ante nadie el argentino se cree más de lo que vale y mira a todo el mundo por arriba del hombro. No es cierto, simplemente el argentino conoce exactamente su valor y no lo resigna ante nadie.
Al argentino no lo manda nadie, eso es algo que puede resultar chocante a quien fue educado para obedecer o bien para aceptar cualquier mandato e incluso la tropelía de parte del más poderoso. En ese sentido viene a colación aquel viejo chiste repetido en la serie mexicana de comedia de la década de 1970, El chavo del 8. Cada tanto, cuando el “Chavo” interpretado por Roberto Gómez Bolaños respondía de manera grosera a un llamado de parte de sus adultos —generalmente tratándose del genial Ron Damón, interpretado por Ramón Valdés— estos lo reprendían severamente: “No se dice ‘¿Qué?’, se dice ‘Mande’”.
Y esa es toda una declaración de principios. A más de una generación de niños y adultos mexicanos y de todo el mundo hispano se les enseñó que no ser maleducado consistía en dejarse mandar y aceptar el mandato. De parte del adulto siendo niño, del instruido siendo analfabeto, del dueño siendo inquilino, del jefe siendo empleado, del rico siendo pobre. Pero los argentinos venimos vacunados de fábrica ante esa pedagogía de la obediencia, porque los argentinos somos rebeldes por naturaleza.
Los orígenes de esa desobediencia quizá se puedan ubicar temporalmente en la irrupción del peronismo, el que algún trabajador describió con un “Con Perón todos éramos machos” en una entrevista con el historiador británico Daniel James. De hecho, al empresario, senador y gobernador salteño Robustiano Patrón Costa se le atribuye una frase igualmente contundente que define a la irreverencia argentina desde el punto de vista del resentimiento oligarca: “Lo que yo nunca le voy a perdonar a Perón es que durante su gobierno y luego también, el negrito que venía a pelear por su salario se atrevía a mirarnos a los ojos. ¡Ya no pedía, discutía!”.
Lo mismo sucede en todas las esferas de la sociedad. En Argentina no está naturalizada la obediencia ciega de los hijos frente a los padres, de la mujer frente al varón o de cualquier ciudadano ante cualquier figura de autoridad. En Argentina son legítimos el cuestionamiento y el debate, el argentino solo obedece cuando le explicaron por qué debía hacerlo y la explicación lo convenció.
Tampoco la fuerza o la amenaza funcionan a la hora de doblegar al argentino. En 1806 se vio cómo ante la irrupción violenta del enemigo inglés en territorio por entonces perteneciente al virreinato del Río de la Plata el pueblo llano era capaz de defender su soberanía a los piedrazos y los baldazos de agua caliente, si fuera necesario. La organización silvestre de las milicias que defenderían la ciudad un año más tarde, comandadas por Santiago de Liniers, es otro ejemplo de ese espíritu combativo que no se deja imponer a través de la violencia, por mucho que el enemigo se muestre a sí mismo más poderoso.
El caso Malvinas es paradigmático: a la ocupación en enero de 1833 le siguió en agosto de ese mismo año la gesta del gaucho Rivero, que demostró ya por entonces la renuencia por parte de los argentinos a aceptar una derrota impuesta por la fuerza. La guerra de 1982 es un capítulo aparte, pues demuestra que un siglo y medio después de la ocupación ilegal el pueblo argentino insistió en su convicción soberana sobre el archipiélago.
Dentro de la misma disputa se encuadran los goles de Diego Maradona frente a Inglaterra por los cuartos de final de la Copa del Mundo de México 1986. El pueblo argentino tomó como un acto de justicia incluso divina (de ahí el nombre con el que Maradona bautizó el célebre gol convertido con un puño cerrado, “la mano de Dios”) el haber ganado utilizando “malas artes” un partido frente al seleccionado nacional representante de la potencia extranjera que venía de sostener una ocupación histórica sobre el territorio soberano, además de haber cometido crímenes de guerra contra los soldados argentinos que habían luchado en defensa de la legítima soberanía sobre Malvinas.
“Estos hijos de puta nos mataron a nuestros pibes, a nuestros amigos y vecinos”, dijo Diego en su arenga previa al partido contra los ingleses, plenamente consciente de su rol histórico como capitán de una selección de fútbol que venía a reparar simbólicamente una herida abierta en el orgullo nacional de su pueblo. Y otro tanto puede decirse de Lionel Messi, Emiliano Martínez, Enzo Fernández y compañía en la semifinal del mundial 2026.
El despliegue de la bandera malvinera a manos de los jugadores de la selección fue un acto simbólico de rebeldía ante el poderoso que la Argentina abrazó con un fervor inusitado, porque el país no se resigna a dar el brazo a torcer en torno a una cuestión de la que se sabe a sí mismo portador de la verdad. A ninguno de los jugadores se le ocurrió esconder ese símbolo o renegar de él, porque en el ADN del argentino está escrito que al argentino nadie lo manda y el argentino no se doblega, no obedece y no se amilana.
No es el caso de otras sociedades a las que, a fuerza de machacarlas con aquello de que “No se dice ‘qué’, se dice ‘mande’” se les ha enseñado a bajar la cabeza, sacarse el sombrero y aceptar lo que venga. “Ya está”, piensan los individuos nacidos y criados en esa lógica. “Ya perdieron la guerra, las Malvinas son inglesas, los ingleses ya se las han ganado por el derecho que impone la fuerza”. Y a otra cosa mariposa, no se les ocurre cuestionar los fundamentos de esa apropiación ilegal porque están adiestrados para obedecer a la imposición.
De hecho, el pueblo-nación mexicano perdió por el derecho que impone la fuerza más de la mitad de su territorio frente a los Estados Unidos sin que en la actualidad ello parezca significarle un trauma. “Alpiste, perdiste”, parecen decir, no se les ocurre poner el grito en el cielo. Algo semejante puede decirse de los españoles a quienes sus propios compatriotas tachan de “fascistas” si osan declararse nacionalistas, enorgullecerse de su bandera por fuera del estrecho límite del decoro que se permite durante el campeonato de fútbol o declarar públicamente que Gibraltar es español y está ocupado ilegalmente por Gran Bretaña.
Esa pasividad que ofende a la idiosincrasia argentina porque el argentino no tolera las muestras de debilidad es la misma que pinta como tramposo y desleal al argentino ante esas otras sociedades, debido a que la rebeldía que nosotros consideramos un activo se toma como indeseable en aquellas otras latitudes. “Quiero volver a robar un gol al ladrón como el Diego y el Narigón”, coreaba la hinchada argentina antes del partido frente a Inglaterra, pero ese robo se tomaba como un acto de reparación y justicia.
Ladrón que roba a ladrón, reza el sentido común popular, tiene cien años de perdón. Al fin y al cabo, ganarle al enemigo histórico es siempre un placer, pero también es hermoso humillar a quien ganó su única Copa del Mundo con un gol que no cruzó la raya final. ¿Por qué cuando la potencia mundial hace trampa se tolera y se justifica la ofensa, pero cuando el tramposo es un país más débil hay que vilipendiarlo? La respuesta es sencilla: los otros igualmente débiles no quieren mirarse en el espejo de un par al que no tienen el valor de imitar.
Y entonces prende, pintar a la Argentina como un país que se cree más de lo que vale prende porque ese espíritu rebelde genera en el otro una reacción hija de las cosmovisiones encontradas. El argentino es racista porque no se pierde en eufemismos y llama negro al negro. Es homofóbico porque llama puto al puto y xenófobo porque al boliviano le dice boliviano y al paraguayo, paraguayo. Es soberbio porque dice “¿Qué?” en vez de “Mande” y se retoba frente a cualquiera que intente imponérsele.
Incluso cuando la ofensa proviene de su propio gobierno, por lo menos en cuestiones sensibles como la soberanía nacional el argentino sigue mostrándose rebelde, saliendo a la calle con pancartas de “La patria no se vende” aun cuando en la práctica la cosa no pinte del todo bien, porque la llamada “dirigencia política” ha traicionado al pueblo y opera en las sombras en favor de esa misma venta. Esa rebeldía remanente es una buena noticia, aquí hay un pueblo que nunca termina por darse por vencido, nunca se termina de rendir, ni siquiera cuando aparenta estar del todo derrotado.
La mala noticia es que tanto la campaña de desprestigio de la sociedad argentina como la venta de la patria en sí misma guardan mucha más relación de la que a priori parecerían guardar. Y que ante este pueblo que nunca se da por vencido la única vía para replicar escenarios de catástrofe cuya referencia podría ser Palestina parecería ser el genocidio. Porque al argentino no lo manda nadie, para vencerlo hay que matarlo y rematarlo.

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