Nos autopercibimos politizados




En los últimos días me tocó recibir el mismo tenor de comentarios dos veces por parte de dos personas distintas. Me dijeron que algo me pasaba, que por algo había dejado de escribir sobre política. “Pero qué cosa más extraña”, pensé yo. “Si no escribo sobre otra cosa”.

Entonces hice un repaso mental acerca de los últimos textos que escribí, por lo menos de aquellos que se pueden considerar textos en sí y no apenas textículos o meros posteos para las redes sociales. Mil quinientas palabras para arriba, digamos. Quería corroborar si efectivamente era así, si era cierto que no estoy escribiendo sobre política.

Me encontré un texto acerca de la campaña de desprestigio de la cultura argentina que redunda en un rechazo generalizado hacia la sociedad argentina, proceso observable de un tiempo a esta parte pero que recrudeció claramente durante el pasado mundial de fútbol. Ahí lo que había era política: la hipótesis es que resulta funcional a un proceso de ocupación de nuestro país la demonización de nuestra cultura y, por extensión, de los individuos que conforman nuestra sociedad. El día que vengan a por nosotros, sostenía, nadie va a levantar un dedo en nuestra defensa porque de antemano se nos colocó en el lugar de los malos de la película.

En ese sentido, hasta los palestinos tienen una ventaja respecto a nosotros: debido a que como sociedad jamás se metieron con nadie, el genocidio del que están siendo víctimas por parte del anglosionismo se denuncia esporádicamente aquí y allá, incluso en los medios hegemónicos y en los países centrales. Pero el día que vengan por los argentinos, ese día todos van a aplaudir porque los argentinos somos la peste del mundo.

Esa es claramente una hipótesis política y más precisamente referida a lo que Juan Perón llamó la verdadera política, que es la política internacional o la geopolítica. Entonces no se corrobora la acusación. Toca analizar otro texto.

Y ahí me encuentro con otro en el que analizo las implicaciones en la vida política cotidiana de nuestro país de la cultura de la irreverencia que caracteriza a nuestra sociedad. “Al argentino no lo manda nadie”, expresé, y me tomé el trabajo de buscar ejemplos de cómo la cultura de la rebeldía hunde sus raíces en lo más profundo de nuestro ser nacional, atravesando la vida de cada uno de nosotros en nuestra praxis social esto es, política.

El hecho de que la noción primigenia de soberanía esté tan arraigada en nuestra cultura que a nadie en este país se le pase tan siquiera por la cabeza negar que las Malvinas son argentinas o reconocer el resultado de un conflicto bélico ilegítimo para dar el archipiélago por perdido, eso surge directamente de la cultura de la rebeldía argentina, la que se manifiesta públicamente por Malvinas tratándose de la soberanía pero también se pone en práctica en el laburo de cada uno de nosotros toda vez que nos negamos a trabajar en condiciones de semiesclavitud.

“Por acá pasaron Perón y Eva”, parecemos decir, incluso el más gorila de nosotros tiene incorporado en su corazoncito que el trabajo se debe regir por horarios determinados, con derecho al descanso, a los viáticos, a las vacaciones y demás cuestiones que los argentinos tenemos naturalizadas cuando en países vecinos, sin ir muy lejos, jamás llegaron a practicarse. Eso es la política en acción, por cierto, una política que moldea la cultura.

Claro que también es político el proceso inverso, el de insectificación del ser humano a través de la aplicación de un modelo liberal a ultranza que otorgue al zorro la libertad de cazar en el gallinero y obligue a las pobres gallinas pelearse entre ellas por la libertad de ser la última en morirse de hambre. El modelo Rappi, el modelo Uber, son políticos también, independientemente del signo partidario de cada uno de los gobiernos que los haya establecido como regla.

Y claro que esa rebeldía natural instalada en nuestro ADN social dificulta un proceso de ocupación pacífica, porque los argentinos no estamos preparados para aceptar una derrota así como así, sin mover un dedo por defendernos. Tanto el ataque a nuestra soberanía como el desmantelamiento de nuestras condiciones materiales de vida traen aparejado el conflicto, que solo se podrá evitar si primero nos derrotan culturalmente esto es, si logran imponernos una pedagogía de la obediencia que nos induzca a aceptar pasivamente la derrota como ya lo hacen otros pueblos, con México y España a la cabeza entre los hispanoparlantes.

Finalmente, el último texto que escribí se refiere a un proceso más de implosión de nuestra sociedad, paralelo a la castración cultural, al genocidio por goteo y a la lobotomización social generalizada: el del envilecimiento de la sociedad, que coloca a los individuos en el lugar de enemigos los unos de los otros mientras exacerba el comportamiento de turba para resolver las diferencias al interior de la comunidad. El resultado es la desconfianza mutua, la atomización social y en definitiva, la imposibilidad de construir un acuerdo social mínimo que permita encontrar puntos de armonía y comunidad.

En pocas palabras, cada uno de estos procesos políticos que vengo describiendo pretende demostrar que como sociedad estamos servidos en bandeja para una ocupación definitiva, total y fulminante que nos borre del mapa o bien nos obligue a pelear por nuestra supervivencia. La observación de cada uno de ellos se basa en una hipótesis geopolítica clara y en presupuestos que se pueden argumentar, le gusten al lector las conclusiones o no.

Lo que no se puede decir es que no sean cuestiones políticas las que estuve tratando, todo lo atinente a la organización de la sociedad es político por definición porque por etimología política es todo lo propio de la pólis, la sociedad. El problema acá es el entrecruzamiento de conceptos que desvirtúan el significado de los conceptos, asignando categorías que no corresponden porque no hacen a la cosa.

Yo escribo sobre política mucho más que aquellos que se pasan el día hablando de Fulanito o Menganito, del partido, de la interna, de los cargos y del chimento. Que si uno se hace caca encima o mata a su perro de una patada y acusa a sus cocineros de haberlo envenenado, que si otra baila en un balcón o si uno no se sabe si se está metiendo merca en las narinas durante una sesión parlamentaria o en realidad se está escarbando el pupo con el capuchón de una Bic para luego olfatear sus propios efluvios.

Todo eso es de lo que se habla, nada de eso es la política. Pero cuando alguien decide cortar por lo sano y dejar de hacer crónica del chimento para empezar a pensar la política, entonces ese alguien “se despolitizó” y se dedica al chiquitaje en lugar de a la política grande, la que verdaderamente importa.

Porque claramente saldremos de este atolladero en el que nos han metido si y solo si nos tomamos el tiempo para individualizar al diputado que esnifa (sea coca, sea pelusa de ombligo), a la expresidenta presidiaria y al exfuncionario que ahora se baja los pantalones frente a Trump. La política es eso, chimento y rosca al interior de un sistema republicano de representación que no se representa sino a sí mismo, donde cada uno de los que integran los partidos políticos confunde servicio con servilismo a los intereses foráneos y bien común con interés personal, particular e individual.

Nos autopercibimos politizados porque nos pasamos el día frente a una pantalla indignándonos por la pelada pintada de uno, los pañales cagados de otro y vivando a la señora que se olvida de vestirse antes de asomarse al balcón para contemplar el bochornoso espectáculo de un bufón que se siente líder y en el mejor de los casos da lástima. “Qué buena está la señora del toallón”, decimos. “Todos somos la señora del toallón”.

Y así nos autopercibimos politizados mientras por detrás de nosotros sucede la política real sin que nosotros apenas la sospechemos, porque a los pobres idiotas, los contados idiotas que intentan señalar por dónde está pasando la política ahora les reclamamos que se han despolitizado, porque ya no hacen nombres ni aluden a partidos y más bien se cagan bien cagados en el sistema republicano de representación, pues ya han terminado el duelo y asumieron la dolorosa realidad de que no existe res-pública, el pueblo nada tiene que ver en los asuntos de la administración del Estado. Y no existe démos-kratia porque no se gobierna desde el pueblo ni se gobierna para el pueblo. La política está donde se verifique la verdadera discusión acerca de la organización social.

Lo que a nadie se le ocurre decir es que la verdadera democracia está allí y solo allí donde gobiernen la voluntad y el interés popular y el peronismo, ya que estamos, está solo donde se enaltezcan como pilares la independencia económica, la soberanía política y la justicia social.

Hay, por lo tanto, más peronismo en un solo empresario pyme que achique la producción o pida un préstamo para no tener que echar a sus empleados; en una profesora que se lleve un block de hojas extra y una caja de lapiceras al aula para convidar a los chicos cuyos padres no les compran los útiles; en una madre que invite a los amiguitos de sus hijos a merendar con la excusa de la amistad, pero sabiendo en realidad que lo hace porque los papás de esos nenes no están en casa por el trabajo y porque aun así nunca les alcanza para comer algo rico a la merienda.

Hay mucho más peronismo en el más ideológicamente gorila de nosotros que actúe en la práctica como buen cristiano, justo y solidario, que en todo el aparato del Estado, en sus dependencias y en todo el andamiaje partidario del Partido Justicialista. Hay mucha más democracia en unos vecinos que se juntan en la esquina a organizar la reparación de un bache en la avenida o la celebración del Día del Niño o del Estudiante para los chicos del barrio que en el ejercicio repetitivo y sistemático de asistir cada dos años a participar de elecciones ficticias en las que no se elige nada en absoluto, porque ninguna de las opciones representa el interés común a las mayorías populares.

Y hay mucha más política en la observación de los procesos de descomposición social que en la repetición al infinito del chisme semanal sobre el diputado, el presidente o el exfuncionario. Quizá sea tiempo de asumir que hacemos más por nuestro país y por nuestro pueblo negándonos a envilecernos, practicando el amor y la ternura como horizonte y siendo tan buenos cristianos como nos sea posible, procurando hacer oídos sordos a la propaganda, al ruido y a los mecanismos de distracción.

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