“Tiene que ir preso y no salir más, adentro que le pisen la cabeza todos los días, que sufra hasta que se vaya de este mundo”; “Hay que darle de su propia medicina, cagarlo bien a palos para que sienta en carne y hueso el dolor que se siente”; “Si son sus vecinos échenlos del barrio”. Estos son algunos comentarios reales de personas anónimas, copiados textualmente de una publicación en redes sociales en la que se relataba una noticia viral.
El hecho narrado es aberrante: una cámara de seguridad capta la secuencia exacta en la que, habiendo mirado a los costados para asegurarse de que nadie lo estuviera observando, un adolescente vestido en uniforme escolar se pone en cuclillas, acaricia un gato que había estado tomando sol en la vereda y tras ponerse en pie, le asesta un violento pisotón que, de haberlo alcanzado de lleno, hubiera podido causarle la muerte. Una vez perpetrado el acto, el animal corre asustado y el chico sigue camino tranquilamente como si nada hubiera pasado.
Horas después y ante la incesante difusión del video registrado por las cámaras de seguridad de una vivienda cercana, usuarios de redes sociales logran identificar al adolescente, publican su nombre, edad, escuela y domicilio e inician una ola de repudios y escraches que incluyen la vandalización de la casa de los padres del menor, las amenazas de muerte, el repudio de la comunidad educativa en la escuela donde cursa el chico y finalmente los comentarios que se citan más arriba. Así funciona la turba en la era de las telecomunicaciones.
Este es un ejemplo como cualquier otro del efecto contagio que provoca la difusión indiscriminada a través de internet, pero también representa el estado de situación en una sociedad que poco a poco se envilece, integrada (o desintegrada) por individuos que se ven mutuamente como enemigos, se vigilan entre ellos y practican el ostracismo social unas veces digital y otras veces efectivo, como se ve en este caso. Cada vez con mayor frecuencia el comportamiento de la turba de redes sociales se traslada a la vida real y comporta consecuencias tangibles, a menudo rayanas o incurriendo abiertamente en la violencia física.
Cada vez resultan más frecuentes los casos de personas que, ante una presunta ofensa real, imaginaria o virtual, llevada a cabo en la vía pública, registrada en cámaras de seguridad o con dispositivos móviles y posteriormente viralizada o bien perpetrada en el contexto de las propias redes sociales a través de internet, inician una investigación para hacer públicos datos reales de los acusados de manera de suscitarles toda clase de repudios e inconvenientes. A esta práctica se la conoce como “doxeo” y es común tanto entre ciudadanos de a pie como propiciado por influencers, militantes políticos en redes sociales y toda clase de fauna variopinta.
La característica principal del doxeo radica en presentarse a sí mismo como una suerte de acto de justicia y escarmiento frente a rencillas e infracciones que no tienen representación en el sistema penal o bien se remiten a discusiones meramente ideológicas y que por lo tanto no son punibles. Se doxea a otro con la intención de lograr que reciba un castigo presuntamente merecido, improbable de esperarse por el Estado ante una falta de elementos o competencia.
En el caso del chico y el gato las reacciones en redes sociales cobraron tanta virulencia, intervinieron tantos sujetos y el doxeo se aplicó con tal celeridad a la hora de identificar al implicado que incluso el propio colegio al que asiste el menor se vio en la obligación de repudiarlo para no verse envuelto en un escándalo, de la misma manera que su familia tuvo que salir a brindar disculpas públicas, afirmando que a pesar de esas disculpas el adolescente llegó a recibir amenazas de muerte o atentados diversos contra su integridad física. La difusión de los datos personales del menor, no obstante, jamás se detuvo y por el contrario, ha tendido a escalar.
Dicho en criollo, se fueron al carajo. Aunque bien mirada la cosa no hay forma de que el resultado sea otro, la turba se define precisamente por su impulsividad y violencia. Cierto es que a cualquier persona con un poco de sangre en las venas le resultan escalofriantes las imágenes de un chico ejerciendo un acto de maldad tan brutal sin motivo aparente, pero al mismo tiempo resulta apabullante la reacción ante esos hechos de los sujetos que se autoperciben buenas personas, cuerdas y adecuadas a la ley y la moral. En lo personal antes de desear que a un chico de catorce años lo encarcelen y le pisen la cabeza sistemáticamente por el resto de su vida para que aprenda lo que se siente, prefiero preguntarme qué motiva a un chico a cometer esa misma clase de actos en contra de un animal indefenso.
Siendo casi un niño es muy probable que haya estado experimentando a ver qué pasaba, lo he pensado mucho a lo largo de los últimos días y me puse a analizar el comportamiento de muchos niños en edad escolar. Probablemente ni siquiera fuera consciente de estar en posición de provocar mucho daño o incluso llegar a matar al animal.
En ese sentido me declaro culpable, de niña yo también les abría la barriga a los bichos bolita para que parieran las crías que albergaban ahí. Yo también quemé hormigas con una lupa y las desculaba a cambio de la moneda que me prometía mi abuelo Nino en pago por esa acción. Ni siquiera me daba cuenta de que estaba torturando a seres vivos que quizá también sientan dolor de la misma manera que puede sentirlo un gato.
Sin ir muy lejos, mi loro Silvestre se llama así porque nació en libertad y fue salvaje, aunque un mal día a unos chicos del barrio se les ocurrió la triste idea de bajarlo de un árbol a gomerazo limpio. Le rompieron un ala y la cola y aunque lo rescatamos y sobrevivió, nunca más pudo volar, por lo que vive en cautiverio y seguramente debe odiar cada minuto de su miserable vida. “Ustedes no salvaron mi vida, arruinaron mi muerte”, debe pensar el pobre Silvestre, por eso cada vez que le metemos la mano en la jaula para llenar con semillas de girasol el platito que antes fuera una lata de atún nos tira un tarascón con un odio visceral demasiado intenso para caber en ese cuerpito desplumado.
Debo confesar que también me enloqueció el video del chico y el gato, aunque horas después supimos que aquel no era gato sino una hermosa gatita atigrada que por la Gracia de Dios se encuentra en perfecto estado de salud. Pero nunca se me ocurrió escrachar al chico, agarrarlo de las pestañas y darle un poco de su propia medicina, más bien el episodio me dolió con ese dolor agudo que solo provocan las injusticias, me generó tristeza. ¿Qué pudo motivar a una criatura a cometer ese acto intempestivo de maldad?, me pregunté.
Y me quedé rumiando por días. Podría haber sido un impulso de curiosidad, me dije, el mismo que me incitaba a mí a torturar a los pobres bichos bolita y también a los caracoles, a los grillos topo o a los renacuajos, que los metía en un frasco de aceitunas para observarlos en su metamorfosis. Pero también podría ser algo más, algo serio. Podría tratarse de un individuo enfermo, un psicópata antisocial, un misántropo en potencia que se estimule con el sufrimiento de alguna criatura más indefensa que él.
Puede que hoy en día y saliendo apenas de la pubertad experimente con una gata, pasado mañana se ensañe con otros niños en la plaza y en un futuro quién sabe adónde podría dirigirse esa mente perturbada. Uno ha visto demasiados documentales basados en la vida de asesinos seriales como para tomarse a pecho la tortura animal en niños. Jeffrey Dahmer, Ed Kemper y Richard Kuklinski arrancaron maltratando animales, luego se animaron a matarlos y si hoy nos resultan tristemente célebres ha sido porque su comportamiento criminal no se detuvo allí. Como adultos ante esa clase de casos privilegiamos la indignación por sobre la preocupación y en consecuencia no nos ocupamos.
Simplemente dejamos hacer y dejamos pasar, porque esta clase de historias finalmente terminan en la turba y poco más. Si ese chico necesita ayuda para sobrellevar una enfermedad mental o bien si le está faltando un poco de orientación y educación en valores de manera de discernir como innecesario lastimar a otros por el solo hecho de encontrar la oportunidad, jamás lo sabremos porque nos hemos limitado no a resolver sino a castigar. Es un comportamiento sistemático.
Jamás llegaremos a saberlo porque la demanda de una satisfacción inmediata a la que nos hemos estado acostumbrando llega hasta la puteada, el doxeo y el escrache, no más allá. Scrolleando apenas por unos minutos ya encontraremos otra(s) historia(s) viral(es) por las que indignarnos y poder hacer catarsis. En rigor de verdad nunca nos importó tanto la gata ni tampoco nos importa encontrar una explicación a la maldad repentina de un niño que quizá esté llamando la atención en busca de ayuda.
Lo que nos importa es más bien eso, la satisfacción inmediata de nuestra demanda de emociones intensas, sean de placer, de indignación, de odio, de alegría o de lo que hemos decidido llamar justicia. Un chico es malo con un animal, lo puteamos, lo doxeamos y lo escrachamos. Un personaje polémico de público conocimiento se muere, corremos a escribir en todos lados que era un canalla, un nefasto y a poner risitas. Un muchacho pide monedas en el subterráneo a cambio de piruetas con un patín y le ponemos los pies para que caiga y se rompa los cuernos.
Encontramos adolescentes reunidos en las plazas y librando competencias de la gracia de moda (sea esta semana bailar como “floggers”, sea “farmear aura”, sea el ‘breakdance’, el ‘hula hula’ o lo que sea) y nos vemos en la obligación de mandarlos a “agarrar la pala” burlándonos de ellos y humillándolos porque en ese momento nos sentimos justos, nos sentimos superiores. Lo que se nos pasa ver es que más allá de esa satisfacción instantánea hija de la autopercibida superioridad moral, intelectual, ética, estética o lo que fuera en realidad nos estamos envileciendo.
Sí, es vil el chico que aplasta al gato por placer pero también es vil la militante proteccionista que publica en todos los foros a los que tiene acceso la cara y el nombre de un menor de edad para que todo el que se lo cruce en frente lo putee y lo lastime. No existen dos procesos distintos, es el mismo proceso de envilecimiento que incluye una acción e incluye la otra. Hemos aprendido a vanagloriarnos no solo de nuestro individualismo sino también de nuestra maldad y la pregunta que debe surgir entonces es a qué se debe eso, hasta dónde es casual que pasemos a comportarnos sistemáticamente como una turba, actuando impulsiva y violentamente y viendo siempre en el otro a un enemigo que combatir.
Si el liberalismo y el neoliberalismo en lo económico nos han conducido a un estado de desesperación, desesperanza y desconfianza que impone la ley de la selva y el sálvese quien pueda obligando a cada uno a cuidar tan solo de su rancho y a los suyos, en oposición a la idea de comunidad; el liberalismo en lo social, el abandono de los valores morales propios de una comunidad cristiana nos están conduciendo a la desintegración en tribus enemigas, incapaces de unidad y solidaridad. Pero también hay un componente de locura, la vorágine de la sociedad posmoderna nos empuja a actuar sin reflexionar, a castigar en lugar de analizar los orígenes de los desvíos.
En una sociedad envilecida no es posible la búsqueda del bien común y entonces no parece casual que los medios de difusión, las redes sociales y los agentes de la subversión social se dediquen a atizar un comportamiento de turba. Lo más triste del caso es que nadie está exento de tomar parte en el proceso, porque todos formamos parte de la misma dinámica.
No podemos salir de ella cuando nos incluye, somos parte de esta sociedad envilecida y por lo tanto cada uno de nosotros es culpable en mayor o menor medida de incurrir o haber incurrido eventualmente en esa clase de comportamientos. Y por eso es tan difícil revertir semejante estado de situación, es virtualmente imposible pretender que de la noche a la mañana mecanismos tan instalados y arraigados en el imaginario colectivo como la interacción en redes sociales vayan a ser cuestionados por las mayorías, de manera de operar un cambio tangible en la lógica de funcionamiento de estos procesos.
Es infinitesimal en relación con el promedio el número de individuos que pueden permitirse parar la pelota y encarar concienzudamente un ejercicio de rebeldía tan caro y trabajoso como el de hacer fuerza por no perder la sensibilidad, la capacidad de análisis y la solidaridad en tiempos de satisfacción inmediata mediante el recurso a las micromaldades cotidianas. La conclusión necesaria entonces es que no existen las casualidades, alguien o algún sector se está beneficiando de este proceso, atizándolo, manejándolo a través de la ingeniería social y sacando rédito por sus consecuencias.
La única manera de luchar contra el envilecimiento consiste en hacer toda la fuerza del mundo por abrazar el amor y la ternura como filosofía de vida. Seguro eso implique el ostracismo también o la valoración de todo el resto hacia el rebelde e idealista como un idiota y un estúpido sin carácter. Pero si algo nos enseñó el viejo Platón es que no siempre tener la razón se corresponde con el reconocimiento ajeno. Permanecer en la caverna sabiendo que lo que vemos no son realidades materiales sino sombras que otros nos proyectan sería una forma de avalar el mecanismo de manipulación al que decimos estarnos oponiendo.
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