Uno de los fenómenos que quedaron en evidencia una vez más a partir de la victoria de Luiz Inácio “Lula” da Silva en la segunda vuelta electoral en Brasil fue la utilización aquí en Argentina de la categoría “peronismo” tanto para un barrido como para un fregado. Las desmedidas manifestaciones de euforia por parte de la autodenominada dirigencia peronista frente a la remontada lulista son un botón de muestra de la laxitud con la que el concepto se amolda al interés de quienquiera que lo utilice, independientemente del contenido con el que se llene la caja.
Esa imprecisión semántica que se resume en llamar “peronismo” a cualquier cosa es patrimonio de toda la denominada “dirigencia política” argentina, se autoperciba peronista o no. Si uno se autopercibe peronista le llamará peronismo a cualquier adefesio que desee defender independientemente del contenido expresado en la praxis política del adefesio en cuestión y si uno se autopercibe gorila hará exactamente lo mismo, pero en sentido inverso: todo lo malo, retorcido y rastrero se les atribuirá al peronismo y a los peronistas, independientemente del contenido, con la intención de asimilarlos con la encarnación del mal absoluto.
Así, peronismo será un día sinónimo de pobrismo asistencialista con orientación geopolítica judaizante e ideología globalista, de acuerdo con la definición del progresismo vernáculo autodenominado peronista, y al día siguiente será un estilo de vida delincuencial con gusto por la marginalidad, culto al delito y preferencia por los baldes antes que por las cloacas a la hora de defecar, eso siempre desde la perspectiva del gorilaje de toda la vida. Peronista puede ser hoy Lula da Silva, aunque ayer lo fueron por igual Donald Trump y Victoria Villarruel. Un día es “compañero” el genocida Netanyahu y otro día es “compañero” el genocida “Juan Domingo” Joe Biden.
Sergio Massa es peronista, Axel Kicillof puede serlo, incluso Myriam Bregman por momentos seduce a un sector que no deja de autopercibirse peronista. El victimismo villerista de una Natalia Zaracho es aplaudido por un sector de la autodenominada dirigencia peronista y no ha faltado quien defendiera el peronismo de los miembros de la Suprema Corte de Justicia. Los ejemplos se pueden contar por cientos y promueven, de arriba hacia abajo, desde la llamada dirigencia hacia la sociedad que se autopercibe politizada, un desorden generalizado en las categorías que permite su uso sistemáticamente tanto para un barrido como para un fregado, tanto a favor como en contra.
“Una victoria del Partido de los Trabajadores en Brasil es la garantía de la vuelta del peronismo al poder en Argentina a partir de 2027”, afirman pletóricos los periodistas especializados en política que gritan consignas progresistas en los canales de televisión mientras largan por la boca espumarajos de satisfacción. Y esa clase de afirmaciones temerarias no dejan de replicarlas los propios afiliados al Partido Justicialista desde sus roles de exfuncionarios, legisladores, gobernadores o intendentes. “Triunfó la democracia por sobre el fascismo oscurantista”.
Bien mirada la cosa, vale la aclaración, todas las categorías sirven hoy tanto para un barrido como para un fregado, porque nadie al interior del sistema de representación republicano llamado democrático se toma el trabajo de utilizarlas con precisión semántica y más bien sucede todo lo contrario. Menos que menos se toman el trabajo de explicarlas a sus seguidores los políticos profesionales, de manera de evangelizar en doctrina a la población llana. Tanta torpeza no puede ser una casualidad.
La pregunta que nadie parece estarse haciendo es una obviedad: si peronista es Lula y peronista es Netanyahu; si peronistas son Sergio Massa, Alberto Fernández y Juan Grabois; si el “peronismo internacional” puede un día adjudicársele a Joseph Biden y años después a Donald Trump, ¿qué carajo es el peronismo? Claramente, en la práctica, no es otra cosa que una caja vacía que se llena con lo que sea que quien habla pretenda meterle.
En ese sentido retoma cierta actualidad ese aburridísimo debate doctrinario que semanas atrás azoró a tantos peronistas a partir de las expresiones de algún pensador de la filosofía política. “¿Cómo van a decir que el peronismo está muerto, atorrantes, compadritos, ahijuna gran sietes, si yo soy peronista y estoy vivo, porca miseria?”. Como dijo el trovador catalán, nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio. Duele asumir una verdad incómoda y la reacción habitual frente a la incomodidad tiende a ser la violencia.
Pero a un lingüista no le costaría del todo identificar el caso, pues así como existen lenguas vivas también las hay muertas, aquellas que ya no tienen hablantes nativos, que no se transmiten a través del ejercicio cotidiano de la comunicación oral de generación en generación y que sin embargo aún existen y se utilizan en determinados ámbitos específicos por estudiosos puntuales. El latín es una de ellas y se distingue de las lenguas extintas por poseer aún un cierto espacio de existencia.
El peronismo bien entendido es una lengua muerta —aunque no extinta—, lo que sucede es que sus hablantes en muchos casos no se dan cuenta de que cuando ellos dicen independencia económica, soberanía política y justicia social el interlocutor en la mayoría de los casos no está entendiendo un pepino. A un sacerdote no se le ocurriría ir a hablarle en latín al mozo de un bar en el que pretende tomarse un café con leche y un tostado, pero al peronista aún le cuesta comprender que el mozo del bar no entiende por peronismo lo mismo que él.
Porque el mozo está muy probablemente atravesado por su propia experiencia como ciudadano y entenderá por peronismo cualquiera o cualesquiera de la infinidad de definiciones silvestres a las que la ciudadanía llana accede en la actualidad, más por ósmosis que por pedagogía. En el pandemónium puede que justo ese mozo haya accedido a una definición de peronismo adecuada a su sentido original de doctrina de independencia económica y soberanía como fundamentos y garantía de la justicia social.
Pero también es posible que su idea de peronismo sea más bien un zafarrancho. Putismo, pobrismo, ideología de género y otros tantos etcéteras. Globalismo, nacionalismo de campanario, falso garantismo, sionismo, todo lo que hoy es señalado en un determinado momento y por un sujeto particular como peronista en los medios de comunicación, las redes sociales y eventualmente en los escasos discursos pronunciados por los llamados líderes del llamado peronismo, absolutamente todo tiene poco y nada que ver con aquel movimiento nacional justicialista nacido al calor de la revolución patriótica del GOU.
Y los pocos hablantes de la lengua muerta que aún se niegan a contaminarla con barbarismos y extranjerismos necesarios se sorprenden ante el escenario de un teléfono descompuesto, porque no se dan cuenta de que lo que ellos llaman peronismo (bien entendido) es en realidad en la práctica general una jerigonza que se parece cada vez menos a sí misma. Ellos hablan de peronismo y entienden las tres banderas y las veinte verdades, mientras los demás se llaman peronistas sin tener siquiera una idea certera de qué significa ser una patria genuinamente soberana, con una independencia económica que le permita llevar adelante la justicia social que organiza a la comunidad.
El peronismo está muerto porque es una lengua que quienes la hablan con propiedad solo la hablan entre ellos, por lo tanto cuando “el peronismo retome el poder” a partir de 2027 solo lo hará muy entre comillas, como caja vacía que se llenará con el confeti de ocasión. El problema es entonces más complejo que el de los curas con el latín, porque un cura sabe bien que nadie habla latín en el bar, mientras que el peronista guarda la esperanza de que aquello que todos nombran por peronismo sea en realidad peronismo y no tan solo una caja que se usa tanto para un barrido como para un fregado.
“Pero si el lulismo es probritánico y globalista, defensor de la agenda de George Soros”, advierten. O bien: “El peronismo no va a ganar en 2027, si no existe dentro del mainstream partidario ningún representante genuino del interés nacionalista popular, son todos sionistas o globalistas”. Y entonces se sorprende al observar cómo las categorías que él comprende claramente se desdibujan y nadie las entiende, como si estuviera hablando en otro idioma.
La diferencia es que mientras las lenguas muertas como el latín fueron cayendo en desuso por su derrotero histórico, las variaciones regionales y los giros idiomáticos provenientes del choque de la lengua invasora con los dialectos locales, de anterior uso, al peronismo como a las categorías políticas en general se lo ha venido vaciando de significado de manera deliberada, como una estrategia de paralización. La muerte del peronismo, entonces, no responde a causas naturales. Su utilización tanto para un barrido como para un fregado es consecuencia directa de la necesidad por parte del poder real de neutralizar el potencial revolucionario de un movimiento nacional capaz de poner en cuestión el orden establecido.
La Argentina, en tanto que semicolonia, ha perdido el derecho a decidir sobre sus recursos, su orientación económica y su postura geopolítica. Por eso el peronismo bien entendido no puede existir y, por mucho que se insista desde los medios de comunicación en una próxima victoria del peronismo apalancada por la remontada lulista, victoria encarnada en cualesquiera de los nombres citados en este texto u otros, de todas formas lo que habrá en 2027 será algo similar al progresismo asistencialista de 2019, vendido en una caja forrada de azul y blanco y decorada con la cara de Perón y Evita.
Eso es así porque en las semicolonias no existe (no puede existir) la política, solo existe la administración por parte de gerentes locales de los recursos del país para beneficio de los verdaderos propietarios de la tierra. Lo que en las semicolonias como Argentina se llama política es un juego de humo y espejos para ocultar frente a las masas populares el hecho cabal de que no existe la política.
Y en ese contexto se realizan sufragios en los que la población no elige, tan solo opta entre versiones más o menos “humanistas” —desde lo discursivo— dentro de una interna entre dos facciones de corte igualmente liberal que tienden a alternarse en la administración de la dependencia ocupando cargos ejecutivos en el Estado. En ese contexto, es de esperar por supuesto que una caja tan grande, tan llamativa y tan bien adornada como lo es el peronismo como significante no puede quedar ajena a esa operación de democracia simulada.
No se la puede destruir a esa caja y menos que menos conviene hacerlo, porque sigue siendo tan vistosa que más bien hay que saber aprovecharla. Vaciarla completamente de significado y llenarla con lo que sea, siempre y cuando sea útil para polarizar a la sociedad, para ofrecerle a esta una apariencia de politización y, en definitiva, para eliminar desde el germen todo conato de organización real que permita poner en cuestión el sistema, ese sistema fraudulento en el que el pueblo opta sin elegir, participa sin intervenir y cree estar decidiendo cuando otros han decidido de antemano un proyecto de país.
La degradación del peronismo desde un movimiento político fuerte con contenidos y banderas doctrinarias precisas hacia una caja vacía que se utiliza en época electoral para llenarla con cualquier clase de contenidos responde a la misma lógica de dominación que equipara a la democracia con el sufragio independientemente de si ese sufragio acarreará como efecto necesario un gobierno del pueblo para el pueblo. No existen las casualidades.
Mientras los mozos sigan pensando que peronismo es lo que les dicen en TN o en C5N que es, mientras los de a pie sigan confiando en las próximas elecciones como medio para “tomar el poder” y “que vuelva el peronismo”, mientras no exista una dirigencia política que realmente dirija al pueblo ejerciendo una pedagogía real de la doctrina peronista, la categoría seguirá siendo utilizada tanto para un barrido como para un fregado y el “peronismo” que “triunfe” el próximo año será tan solo una facción en una interna liberal.
El panorama es siempre abrumador, aunque una lengua muerta no es lo mismo que una lengua extinta. El peronismo no se extingue mientras haya aún alguno que otro que lo sepa hablar.

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